Hubo un momento en que Juan Goytisolo dejó de mirar Marruecos como un extranjero. No ocurrió de golpe ni en una fecha concreta, sino lentamente, al ritmo de las callejuelas de Marrakech, de las conversaciones interminables en los cafés de la plaza Jemaa el-Fna, de las voces árabes y bereberes que acabaron filtrándose en su escritura y en su manera de entender el mundo. El escritor barcelonés, una de las figuras más influyentes de la literatura española del siglo XX, terminó encontrando al otro lado del Estrecho algo que decía no haber hallado nunca del todo en España: una forma de libertad.
Cuando murió en 2017 en Marrakech, la ciudad donde había vivido durante décadas, su entierro en Larache, junto a la tumba del escritor francés Jean Genet, tuvo algo de declaración final. Como si incluso después de muerto quisiera seguir afirmando aquello que sostuvo durante gran parte de su vida: que la identidad española no podía comprenderse sin su dimensión árabe, musulmana y mediterránea.
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El escritor explicó en numerosas ocasiones que Marruecos le permitió mirar España desde otra perspectiva y reconciliarse con la dimensión árabe y mediterránea de su propia cultura. No hablaba únicamente de geografía. Hablaba de memoria, de lengua, de cultura y también de disidencia.
El exilio como punto de partida
Nacido en Barcelona en 1931, en una familia burguesa conservadora, Juan Goytisolo creció marcado por las heridas de la Guerra Civil. Su madre murió durante un bombardeo franquista sobre la ciudad y la España de posguerra acabaría convirtiéndose para él en un espacio asfixiante, política e intelectualmente. A mediados de los años cincuenta abandonó el país y se instaló en París, donde trabajó para la editorial Gallimard y entró en contacto con círculos literarios y políticos profundamente antifranquistas. Pero Francia tampoco terminaría siendo su lugar definitivo.
A partir de los años sesenta comenzó a viajar con frecuencia al norte de África y, poco a poco, Marruecos fue ocupando un lugar central en su vida. Primero Tánger y después Marrakech dejaron de ser simples destinos para convertirse en espacios de pertenencia emocional y literaria. En ellos encontró una mezcla de culturas, lenguas y tradiciones que contrastaba con la visión homogénea y cerrada de España que denunciaba desde hacía años.
En más de una ocasión explicó que Marruecos le permitió mirar España desde fuera y comprender mejor sus silencios históricos. Especialmente uno, el de la expulsión de musulmanes y judíos y la negación posterior de la herencia andalusí. «La cultura española es impensable sin el aporte islámico y judío», afirmaba. Aquella idea atravesó buena parte de su obra.
Marrakech, una patria literaria
Si París fue el lugar del exilio político, Marrakech acabó siendo el territorio de la libertad íntima y creativa. Goytisolo se instaló allí durante largas temporadas desde los años noventa y terminó integrándose profundamente en la vida cultural de la ciudad. Defendió con fuerza la plaza Jemaa el-Fna cuando la UNESCO todavía no había desarrollado plenamente el concepto de patrimonio cultural inmaterial y alertó del riesgo de convertir la ciudad histórica en un decorado turístico vacío.
Veía Marrakech como un espacio vivo, popular, oral y mestizo. Justamente lo contrario de las identidades rígidas que siempre combatió. En entrevistas y artículos insistía en que Marruecos conservaba algo que Europa estaba perdiendo, que es la vida en la calle, la transmisión oral, la convivencia entre distintas capas culturales y una relación menos mecanizada con el tiempo. «Hay que pasear lentamente sin la esclavitud del horario, siguiendo la mudable inspiración del gentío. Perdido en un maremágnum de olores, sensaciones, imágenes, múltiples vibraciones acústicas», decía.
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Aquella fascinación no estuvo exenta de contradicciones ni de críticas. Goytisolo jamás idealizó completamente Marruecos y escribió también sobre la pobreza, la desigualdad o el conservadurismo social. Pero rechazaba con firmeza la mirada paternalista o exotizante con la que muchos europeos observaban el país. Para él, Marruecos no era un decorado orientalista. Era un interlocutor.
Marruecos en su obra
La presencia marroquí atraviesa buena parte de la literatura de Goytisolo, tanto de manera explícita como subterránea. Obras como Makbara, Paisajes después de la batalla, Las virtudes del pájaro solitario o Juan sin Tierra incorporan referencias constantes al mundo árabe, al islam, al mestizaje cultural y a la crítica de las identidades nacionales cerradas.
Pero quizá fue en sus ensayos y textos autobiográficos donde habló de Marruecos de manera más directa. En Crónicas sarracinas o De la Ceca a la Meca, por ejemplo, explora el universo musulmán desde dentro, alejándose deliberadamente de los clichés occidentales. No buscaba describir Marruecos como un viajero clásico. Quería desmontar la frontera mental entre Europa y el mundo árabe.
Esa obsesión intelectual lo llevó también a reivindicar permanentemente Al-Ándalus como una herencia negada por el nacionalismo español tradicional. Para Goytisolo, España había intentado borrar una parte esencial de sí misma al negar su legado andalusí y musulmán. Aquella postura le valió admiración y críticas. Para algunos era uno de los intelectuales españoles más lúcidos de su generación; para otros, una figura incómoda que cuestionaba demasiados consensos culturales y políticos. Él parecía sentirse cómodo en esa incomodidad.
El final de su historia marroquí terminó escribiéndose en Larache, ciudad atlántica del norte del país donde reposan también los restos de Jean Genet, otro escritor marginal y profundamente unido a Marruecos. Allí fue enterrado Juan Goytisolo en junio de 2017, lejos de Barcelona, lejos de Madrid y lejos de los grandes homenajes oficiales españoles que siempre observó con cierta distancia.
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La imagen tenía una fuerza simbólica evidente, uno de los grandes escritores españoles contemporáneos descansando definitivamente en suelo marroquí. No era un gesto improvisado. Era la prolongación lógica de toda una vida intelectual construida contra las fronteras rígidas, contra las identidades únicas y contra la idea de una España aislada de su dimensión árabe y mediterránea.
Quizá por eso Marrakech nunca fue simplemente la ciudad donde vivió. Fue el lugar desde el que decidió mirar el mundo.
