Crecer sin TikTok ni Instagram, la decisión que estas familias no lamentan

El 06/09/2026 a las 13h00

«¡Me estáis aislando del mundo!». Estos padres no cedieron ante las lágrimas de sus hijos adolescentes. Hoy, sus hijos leen, practican deporte, tocan música y se lo agradecen. Estos son sus testimonios.

No son tecnófobos ni nostálgicos. Sin embargo, todos tomaron la misma decisión: nada de redes sociales para sus hijos, ni ahora ni durante mucho tiempo. Tuvieron que soportar lágrimas, reproches y comentarios de quienes los rodeaban. Ahora cuentan a Le360 por qué lo hicieron, cómo aplicaron esa decisión y, sobre todo, qué ha cambiado desde entonces.

¿Quedan muchos padres en Marruecos dispuestos a plantar cara a TikTok e Instagram? Una encuesta del Centro Marroquí de Investigaciones Politécnicas e Innovación, citada por el Consejo Económico, Social y Medioambiental (CESE) en su informe sobre el entorno digital de los niños, revela que el 80 % de los jóvenes de entre 8 y 28 años utiliza Internet habitualmente y que el 70 % frecuenta las redes sociales.

El informe confirma lo que muchos ya sospechaban. Cerca de uno de cada dos jóvenes duerme mal o ve cómo empeoran sus notas, mientras que el ciberacoso y las filtraciones de datos causan estragos. Pero los padres entrevistados no esperaron a conocer estas estadísticas para tomar una decisión.

Samira, de 45 años y madre de tres hijos de 13, 15 y 17 años en Rabat, no actuó por impulso. Todo empezó cuando el mayor comenzó el segundo curso de secundaria. «La presión del grupo se volvió muy intensa y la petición de tener una cuenta de Instagram se repetía todos los días», recuerda.

Antes de decidir, ella y su marido se tomaron un tiempo para observar lo que ocurría a su alrededor, tanto en la familia como entre los amigos de sus hijos. «Observamos detenidamente el comportamiento de los niños de nuestro entorno y las consecuencias eran evidentes: falta de sueño, peores resultados escolares y un nerviosismo permanente», relata.

«Decidimos imponer una regla estricta y negarles rotundamente el acceso a estas aplicaciones», explica. Para evitar que sus hijos quedaran aislados, la pareja adoptó algunas soluciones prácticas. «Elegimos un teléfono convencional sin acceso a Internet para cuando salieran de casa y un ordenador familiar instalado en medio del salón, reservado exclusivamente para las búsquedas escolares», señala.

¿Consiguieron mantener la norma? «Los primeros meses estuvieron marcados por las negociaciones y los reproches, pero la firmeza de nuestra postura terminó dando sus frutos», cuenta Samira. «Hoy, nuestros hijos han desarrollado autonomía para estudiar, leen habitualmente y preparan sus exámenes sin la distracción constante de las notificaciones. Incluso terminaron creando un club de lectura y ajedrez con otros compañeros del barrio», añade sonriente.

Cuando un ingeniero informático dice no

Karim, de 39 años, vive en Tánger y es padre de dos niñas de 11 y 14 años. Habla con conocimiento de causa. «Trabajo en el sector de la ingeniería informática y soy un lector apasionado, por lo que conozco bien los mecanismos psicológicos y los algoritmos diseñados específicamente para captar la atención y generar adicción entre los usuarios jóvenes. Para mí era absolutamente impensable dejar a mis hijas indefensas ante estas herramientas», explica.

¿Fue fácil conseguir que lo aceptaran? Karim no pretende hacer creer que lo fuera. «Cuando la mayor cumplió 12 años, negarle el acceso a Snapchat provocó crisis de llanto y un sentimiento de exclusión respecto a sus compañeras de clase, que pasaban allí las tardes», reconoce. En lugar de ceder, la familia decidió invertir tiempo y dinero en otras actividades. «Optamos por dedicar muchos recursos y mucho tiempo a sus verdaderos intereses. Las apuntamos al conservatorio de música y al club de natación, y organizamos salidas al aire libre todos los fines de semana», señala.

Para Meriem, de 48 años y madre de un adolescente de 16 años en Marrakech, «el detonante fue enterarnos de que una alumna del centro de mi hijo había sufrido un grave caso de ciberacoso después de que manipularan unas fotografías suyas en Snapchat».

«Aquel incidente destrozó a esa familia. Mi marido y yo establecimos inmediatamente unos límites firmes: no permitiríamos ninguna cuenta personal en ninguna red social», recuerda.

Eso no significa que quisieran aislarlo de sus amigos. Meriem distingue cuidadosamente entre la mensajería, utilizada como herramienta de coordinación, y las redes sociales, convertidas en escaparates de exposición. «No hemos apartado a nuestro hijo del mundo digital moderno porque somos conscientes de la importancia que tiene la comunicación entre los jóvenes. Puede utilizar WhatsApp en un teléfono compartido, pero únicamente para organizar sus actividades deportivas o sus trabajos en grupo».

Omar, de 42 años y padre de tres hijos de 9, 12 y 14 años en Agadir, ha convertido la prohibición de las redes sociales en uno de los principios de una vida familiar deliberadamente sencilla. La casa ha sido organizada en consecuencia. «Decidimos no tener televisión en el salón y los dispositivos electrónicos están completamente prohibidos durante el fin de semana hasta última hora de la tarde», explica.

«Siempre hemos apostado por la pedagogía, explicándoles el valor de la vida privada y los peligros de la dependencia de las pantallas», asegura. El tiempo liberado no ha sido ocupado por otra pantalla.

«En lugar de pasar las tardes deslizando vídeos cortos, mis hijos han aprendido a hacer surf, pintan y se inician conmigo en el bricolaje», señala.

El error con la mayor y la lección para la pequeña

Latifa, de 50 años y madre de dos hijas de 15 y 18 años en Casablanca, reconoce abiertamente que primero cometió un error. «Con nuestra hija mayor nos equivocamos al permitirle acceder a las redes sociales desde los 12 años, pensando que formaban parte natural de su desarrollo», admite. Las consecuencias no tardaron en aparecer.

«Pronto vimos cómo se deterioraba su salud mental: pérdida de autoestima, obsesión por su aspecto físico, trastornos del sueño y un descenso repentino de sus notas. Necesitamos meses de diálogo y acompañamiento para ayudarla a alejarse progresivamente de esa dependencia y conseguir que cerrara sus cuentas», lamenta.

«Después de aquella dolorosa experiencia, aplicamos una política de tolerancia cero con nuestra segunda hija. Desde el principio, la prohibición se estableció como una norma innegociable para proteger su equilibrio. La diferencia entre nuestras dos hijas a la misma edad es asombrosa. La menor está creciendo con mucha más confianza en sí misma, sin la necesidad constante de buscar la aprobación de desconocidos. Dedica su tiempo libre al dibujo y al deporte, lejos de los estándares irreales impuestos por las plataformas», explica.

Lo que Meta acaba de admitir

Cada una a su manera, estas familias se adelantaron a las medidas que los organismos reguladores apenas comienzan a imponer. A mediados de agosto, en pleno proceso judicial, Meta aceptó pagar hasta 17.000 millones de dólares y restringir Instagram y Facebook para los adolescentes de unos cincuenta estados y territorios estadounidenses. El acuerdo fue alcanzado con sus fiscales generales y algunos lo comparan con el histórico pacto impuesto a las tabacaleras en 1998.

En concreto, el grupo se compromete a limitar a dos horas diarias el uso de sus redes entre los menores de 18 años y a bloquear el acceso entre la medianoche y las seis de la mañana. Solo uno de los padres podrá flexibilizar estos ajustes. Texas anunció inmediatamente después su propio acuerdo, valorado en más de 1.000 millones de dólares y acompañado de restricciones similares, lo que eleva la factura total por encima de los 18.000 millones. TikTok, Snap y YouTube, mencionados en el acuerdo, fueron llamados a asumir compromisos comparables.

Al día siguiente, Bruselas exigió medidas similares para los menores europeos. «Corresponde ahora a la empresa proponer estos compromisos dentro de la Unión Europea para proteger también aquí a nuestros hijos», afirmó el portavoz de la Comisión Europea para asuntos digitales, Thomas Regnier.

El alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, celebró el acuerdo, aunque reclamó normas aplicables a todo el sector. «Los niños no deberían tener que esperar a que se emprenda una acción judicial para poder navegar de forma segura por Internet», declaró, instando a los gobiernos a «tomar la iniciativa en lugar de esperar a que actúen los tribunales y las empresas».

Por Hajar Kharroubi
El 06/09/2026 a las 13h00