Estrecho de Gibraltar: los caminos del exilio —ya en el año 818—

Mouna Hachim.

El 05/09/2026 a las 11h19

ColumnaEn el año 818, la represión de una revuelta en Córdoba arrojó al exilio a parte de sus habitantes. Algunos llegaron hasta Creta, mientras que otros atravesaron el Estrecho para refugiarse en Fès o Bhalil.

Ha sido testigo del paso de seres humanos desde la noche de los tiempos.

Ha visto cruzar ejércitos y transportado a comerciantes, viajeros y sabios.

Hubo hombres que lo atravesaron para conquistar, comerciar, aprender o gobernar.

Otros lo hicieron porque ya no tenían elección.

Porque también estuvieron los vencidos, los desterrados, los refugiados, aquellos a quienes las guerras, las revueltas y las decisiones de los poderosos obligaron a buscar en otra tierra lo que acababan de perder en la suya.

Ya en el año 818.

Aquel año estalló una revuelta en Shaqunda, un arrabal —rabad en árabe— que se extendía en la otra orilla del Guadalquivir, muy cerca de la Gran Mezquita y del palacio de los emires.

Al-Ándalus estaba entonces gobernado por el omeya Al-Hakam I. En su capital, las tensiones llevaban varios años gestándose. El poder se enfrentaba a una parte de los doctores de la ley, muy numerosos en el arrabal, mientras que el descontento de sus habitantes crecía alimentado por los agravios sociales y la presión fiscal.

Solo hacía falta una chispa.

De acuerdo con el relato transmitido por las fuentes árabes, un soldado de la guardia del emir entregó su espada a un artesano del arrabal para que la limpiara. Molesto por la demora, el soldado tomó su arma y mató al artesano. La noticia corrió rápidamente por el populoso rabad. Sus habitantes mataron a su vez al guardia, se congregaron, cruzaron el puente pese a la resistencia de los soldados y marcharon hacia el Alcázar.

Pero el emir consiguió darle la vuelta a la situación. Mientras los insurgentes mantenían sus posiciones, una parte de sus hombres alcanzó el arrabal por un flanco y prendió fuego a varias viviendas.

Al ver las llamas, numerosos rebeldes abandonaron sus posiciones para intentar salvar a sus familias y sus bienes.

Sus filas se descompusieron. Las tropas del emir aprovecharon la confusión y lanzaron el asalto.

La represión fue terrible. Durante tres días, el arrabal quedó a merced de las matanzas, los saqueos y los incendios. Varios de los principales insurgentes fueron ejecutados y crucificados. Sus habitantes no tardaron en ser expulsados, el barrio fue destruido y se prohibió terminantemente levantar allí cualquier nueva construcción.

Las excavaciones arqueológicas realizadas posteriormente en el yacimiento confirmaron esta ruptura. La ocupación del barrio está documentada hasta el año 818, de acuerdo con la cronología transmitida por las fuentes escritas.

Para los supervivientes comenzó entonces otro drama, el de la partida.

Los relatos los muestran abandonando Córdoba con sus mujeres y sus hijos, llevándose cuantos bienes podían, antes de que algunos volvieran a ser despojados durante el camino.

Después, sus rutas se separaron.

El historiador marroquí medieval Ibn Idhari al-Mourrakouchi relata que los habitantes del rabad se dispersaron por al-Ándalus. Varios miles llegaron a Toledo, mientras que otros encontraron refugio en distintos lugares de la península.

Y después quedaba el mar… El Estrecho que Tariq ibn Ziyad había cruzado en sentido contrario al frente de sus tropas.

Recordemos las legendarias palabras atribuidas al general bereber que dirigía los ejércitos musulmanes acantonados en la región de Tánger y que, según la tradición, mandó quemar sus propias naves para arrebatar a sus hombres cualquier esperanza de regresar:

—«El mar está detrás de vosotros y el enemigo, delante. ¿Existe alguna escapatoria?».

Un siglo más tarde, fue precisamente hacia ese mar adonde dirigieron la mirada algunos de los proscritos de Córdoba.

Se cree que unos quince mil pusieron rumbo a Egipto «llorando por su amada patria». Tras desembarcar en los alrededores de Alejandría, aprovecharon los disturbios que sacudían el país para apoderarse de la ciudad y permanecer en ella durante varios años.

Tiempo después, cuando el poder recuperó el control de la situación, los andalusíes sitiados terminaron negociando su partida. Sin embargo, se les impuso una condición: no buscar refugio en ningún territorio sometido a los abasíes.

Así fue como algunos de los desterrados, liderados por Abu Hafs Omar al-Ballouti, pusieron rumbo a Creta, entonces en manos de los bizantinos. Se apoderaron de una parte de la isla y establecieron allí un poder musulmán que perduró durante más de un siglo, con capital en Al Khandaq —«el foso» en árabe—, la actual Heraclión.

Paralelamente a este exilio, iniciado en un arrabal de Córdoba y culminado, tras el desvío por Alejandría, con la fundación de un emirato en el otro extremo del Mediterráneo, otros cordobeses habían tomado el camino del Magreb al-Aqsa. Un viaje que, para algunos, podría haber sido incluso un regreso.

El historiador y académico Mohamed Haqqi señala a este respecto que buena parte de los bereberes llegados poco antes a Córdoba se había establecido precisamente en el rabad. Un testimonio posterior, el de Ibn Hazm, confirma la presencia de viviendas bereberes en los arrabales cordobeses. Algunos de los desterrados de 818 pudieron recorrer así en sentido inverso una ruta transitada poco antes por ellos mismos o por sus familiares.

Su dispersión por Marruecos dibuja, en cualquier caso, una geografía de la que han dejado constancia varios textos. El geógrafo andalusí Al-Bakri vincula a los exiliados del rabad con Aghigha, cuya fundación les atribuye. Una familia de los Beni-Mouça, descendiente también de los desterrados de Córdoba, se habría establecido en Ouazzakour, un importante centro idrisí de acuñación de moneda situado en una región que actualmente corresponde a los alrededores de Khénifra.

No todos estos asentamientos fueron definitivos. Tras ser expulsados nuevamente, algunos refugiados habrían proseguido su camino hacia Aghmat, mientras que otros se habrían dirigido a Oualili, la antigua Volubilis.

Sin embargo, los textos sitúan en Fès el asentamiento más importante, estimado por algunas fuentes en unas ocho mil familias procedentes de Córdoba. La ciudad era entonces muy joven. De acuerdo con la cronología tradicional, apenas había transcurrido una década desde que Idris II emprendiera su construcción. A ambos lados del río se desarrollaban dos núcleos urbanos que durante mucho tiempo formarían dos ciudades diferenciadas.

A aquella Fès todavía en formación llegaron los desterrados de Córdoba. Se establecieron en una de las orillas del río, que recibiría el nombre de ʿAdwat al-Andalus, la orilla de los andalusíes, mientras que en la otra se instalaron los kairuaneses. Durante siglos, ambos núcleos conservaron su identidad propia, hasta que los almorávides los reunieron dentro de una misma muralla en el siglo XI.

A esta geografía del exilio, el historiador y arabista francés Évariste Lévi-Provençal añade otro lugar inesperado, Bhalil, en los alrededores de Sefrou.

Allí, la memoria de los expulsados del arrabal podría haber dejado una huella todavía más singular en un topónimo, Chkounda. Lévi-Provençal percibió en ese nombre el eco de Shaqunda, el arrabal cordobés cuyo recuerdo habrían llevado consigo.

Si aceptamos esta relación, los exiliados no solo se llevaron a sus familias y sus bienes, sino también el nombre del lugar que acababan de perder.

El Estrecho, por tanto, no se había limitado a permitir el paso de aquellos hombres. Con ellos había transportado hasta la otra orilla un pedazo de Córdoba.

Por Mouna Hachim
El 05/09/2026 a las 11h19