Asmae El Mahdaouy: de las noches de Laâyoune al campus de Saclay
Todo comenzó con un ritual nocturno en una azotea de Laâyoune. Bajo el cielo del Sáhara, la pequeña Asmae El Mahdaouy pasaba horas observando las estrellas. No era solo una ensoñación infantil, sino una llamada. «Me apasionaba la astronomía desde muy pequeña», recuerda. «Podía quedarme horas esperando a que el cielo se iluminara.»
En esa fascinación no estaba sola. Su padre convirtió esa curiosidad en un camino: primero llegó un telescopio, como una promesa, después los libros sobre el cosmos que fueron llenando su habitación. El punto de inflexión llegó con el concurso «The Race to Space». Para ayudarla a destacar, su padre movilizó su entorno, improvisó como asistente y la acompañó incluso en sus primeros montajes de vídeo. Ese apoyo, más potente que cualquier motor, se convirtió en su verdadero impulso: para Asmae, si la ambición empieza a ras de suelo, nunca está destinada a quedarse allí. Para ella, el cielo no es un límite, sino su terreno.
Sin embargo, el acceso a la excelencia no depende solo del talento. Al integrarse en la vía de Matemáticas-Física (MP) del LYMED, Asmae encontró el entorno que necesitaba para desarrollarse. Aquí no se apuesta por el aprendizaje mecánico, sino por el pensamiento crítico, la expresión y la apertura internacional. Esa combinación le permitió enfrentarse sin complejos a la exigente competición de los concursos franceses.
Hoy, estudiante en CentraleSupélec, en el prestigioso campus de Saclay, se mide a un nivel de exigencia extremo. «Te obliga a dar mucho más de ti», reconoce. Pero Asmae no pierde de vista su origen. Inspirada por la dinámica de innovación que vive Marruecos, ya proyecta su regreso para contribuir al desarrollo de la investigación nacional y demostrar que el talento marroquí no tiene fronteras.
Oussama Akar: de la «Ciudad Azul» a la élite de Polytechnique
Oussama Akar lleva consigo la serenidad de las calles azules de Chefchaouen. De su infancia en el norte conserva la sencillez de la gente y una hospitalidad que forma parte de su carácter. Pero tras esa calma, durante mucho tiempo convivió con la duda. Alumno de la escuela pública, en el liceo Moulay Rachid se sentía «inferior» frente a los estudiantes de centros privados, como si su destino estuviera limitado.
Sin embargo, en su familia nunca se rehúyen los retos. Animado por unos padres que hicieron de las matemáticas y las ciencias un desafío cotidiano, Oussama accedió al LYMED tras el bachillerato. Es en Martil, entre clases exigentes y evaluaciones constantes, donde se produce el cambio. La ambición, al principio tímida, acaba imponiéndose: «Después del LYMED, me dije que podía entrar en Polytechnique.»
El momento decisivo llegó en París, durante las pruebas orales. Al recorrer los anfiteatros cargados de historia de la X, marcados por nombres ilustres, el vértigo desapareció. Ya no era intimidación, sino certeza. «Sentí que ese era mi sitio», afirma hoy.
Convertido en estudiante de Polytechnique, Oussama no olvida sus raíces, pero tiene claro su camino. Si pudiera hablar con el joven que fue, solo le diría una cosa: «Confía en ti.» Un consejo que ya no necesita repetirse.
Ali: superar la distancia gracias a la fuerza del colectivo
Para Ali Boughazi, Casablanca no es solo una ciudad, es un punto de equilibrio. «Es mi casa, mi familia, mis amigos. Su energía me ayudó a no venirme abajo», explica. De niño prefería la intensidad del sprint a la resistencia, pero sobre todo le apasionaba el debate. Amante de la oratoria y de las simulaciones de la ONU, siempre ha encontrado en la palabra su motor.
Fue en el LYMED donde ese perfil encontró su verdadero lugar. En la exigencia de las clases preparatorias, Ali no solo adquirió conocimientos, sino también un sentimiento de pertenencia. Marcado por el apoyo de antiguos alumnos, acabó asumiendo responsabilidades hasta convertirse en presidente de los estudiantes. «Son como una familia», resume. Para él, el éxito solo tiene sentido si se comparte.
Hoy, en Grenoble, en la ENSIMAG, se enfrenta a un desafío distinto: el de vivir lejos de casa. Entre clases exigentes, la nostalgia de «Casa» aparece a veces, acompañada de dudas propias de la vida en el extranjero. «¿Estoy a la altura?», se pregunta en ocasiones.
Pero el LYMED le ha dejado algo esencial: una base sólida. Allí no solo se aprende a resolver problemas complejos, sino a desenvolverse con autonomía y a apoyarse en los demás. Ali ha aprendido a convertir la duda en impulso y a demostrar que, incluso lejos de casa, el apoyo colectivo sigue siendo clave.
Nada de esto es fruto del azar. Impulsado por la Fundación Tanger Med, el LYMED se ha consolidado como un auténtico motor de excelencia. En 2026 fue clasificado como la mejor clase preparatoria fuera de Francia por L’Étudiant y, según Le Figaro, la segunda en admisiones a Polytechnique en los últimos tres años.
Pero el proyecto va más allá de la formación académica. Ghita Abdelmoula, directora de RSE y Gobernanza en Tanger Med, lo resume con claridad: «Nuestra misión es restablecer la igualdad de oportunidades a través del mérito, independientemente de las barreras sociales, culturales, geográficas o económicas.»
Para lograrlo, el LYMED apuesta por una pedagogía a medida. El profesor Maymoun Ahmed, docente de Física y Química en la vía MP, subraya la importancia de un ecosistema dinámico: el contacto constante con antiguos alumnos y profesores de Francia permite afinar la preparación hasta convertir los concursos en algo casi familiar.
Más allá de los conocimientos, lo que se forja en Martil es una forma de estar en el mundo. Según Ghita Abdelmoula, estos jóvenes aprenden pronto «a gestionar la complejidad, a perseverar y a adaptarse». Pero el mayor valor es intangible: «Una confianza interior. La convicción de que tienen su sitio, incluso en los entornos más exigentes.»
Este éxito trasciende lo académico y se convierte en una historia profundamente humana. Se refleja en las familias, en el orgullo de los padres y en ese «ridat lwalidine» (la bendición de los padres) que impulsa a estas nuevas generaciones.
Y, sin embargo, el ascenso no implica ruptura con sus raíces. «La movilidad no aleja necesariamente. También puede reforzar el vínculo con el origen», apunta Abdelmoula.
Asmae, Oussama y Ali no son solo tres estudiantes brillantes. Son la prueba de que un modelo que combina exigencia y acompañamiento puede proyectar el talento marroquí hacia las mayores cotas… sin que pierda su anclaje en su tierra. La nueva élite ya está aquí. Y ya no teme brillar.
