El diagnóstico procede precisamente de una organización que ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a mejorar la producción agrícola. Las conclusiones del balance de AGRA, publicado el 31 de agosto de 2026 con motivo del vigésimo aniversario de la organización, reconocen los avances registrados en el sector, pero también advierten de que estos no se han traducido suficientemente en prosperidad para las zonas rurales. La cuestión económica pasa así de las toneladas cosechadas a los ingresos que los agricultores consiguen realmente conservar.
El informe, elaborado con motivo de los veinte años de AGRA, reúne evaluaciones independientes, estudios de investigación y datos propios de seguimiento. La organización presenta su trabajo como una contribución entre muchas otras. Junto con sus socios, señala haber apoyado a 118 empresas de semillas y una red de más de 25.000 distribuidores de insumos agrícolas. Estas iniciativas facilitan el acceso a los medios necesarios para producir, pero no garantizan por sí solas la rentabilidad de las explotaciones.
La brecha se refleja especialmente en la producción económica por trabajador agrícola, que alcanza los 1.500 dólares en el África subsahariana, frente a una media mundial de 4.300 dólares. AGRA señala que la diferencia se ha ampliado desde el año 2000. Es decir, aunque la producción total ha aumentado, la riqueza generada por cada trabajador agrícola sigue estando muy por debajo de la media mundial.
No obstante, este dato debe interpretarse con cautela. El valor añadido por trabajador mide la productividad económica y AGRA lo utiliza como referencia para aproximarse a los ingresos, pero no equivale al beneficio neto que recibe cada agricultor. El informe tampoco ofrece una serie homogénea que permita medir directamente la evolución de los ingresos de los productores a escala continental.
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Esta diferencia permite entender el problema de fondo. Los resultados de una explotación dependen de la cantidad que consigue vender, del precio obtenido y de los costes asumidos. Una cosecha más abundante puede generar pocos ingresos adicionales si requiere mayores gastos o si el productor se ve obligado a venderla a un precio desfavorable.
AGRA no sostiene, por tanto, que aumentar la productividad haya dejado de ser importante. Al contrario, considera que los niveles actuales siguen siendo insuficientes y subraya la necesidad de garantizar una producción estable y capaz de resistir las perturbaciones. Pero el informe identifica otros dos obstáculos: la dificultad para transformar una mayor producción en valor económico y las carencias de las instituciones y servicios necesarios para lograrlo.
Una parte de los ingresos se pierde después de la cosecha
El primer problema puede aparecer incluso antes de que los productos lleguen al mercado. El programa de la FAO para 2025-2026 sobre las pérdidas alimentarias en varios países africanos pone el foco en factores como la falta de instalaciones adecuadas de almacenamiento, las limitaciones de las cadenas de frío y la precariedad de determinados equipos.
Los productos que se deterioran ya han requerido trabajo, agua e insumos, pero terminan sin generar los ingresos previstos.
Reducir estas pérdidas permite, por tanto, obtener un mayor rendimiento económico de un esfuerzo productivo que ya se ha realizado. La FAO señala, entre otras soluciones, los sistemas de almacenamiento hermético, las cámaras frigoríficas alimentadas con energía solar y la conexión directa entre productores y compradores. Su eficacia económica depende, sin embargo, de que estas herramientas sean accesibles y estén adaptadas a las necesidades de cada sector.
Incluso cuando el producto llega al mercado, su transporte puede absorber una parte considerable de su valor. En un informe sobre transporte y seguridad alimentaria en África, presentado en mayo de 2025, el Banco Mundial señala que las cadenas de suministro pueden representar hasta el 45% del precio de determinados productos básicos. Esta cifra máxima no constituye una media aplicable a todos los productos.
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Aun así, ayuda a explicar por qué los consumidores pueden enfrentarse a precios elevados mientras los agricultores reciben una remuneración reducida. Una parte del precio final corresponde a los costes acumulados entre la explotación agrícola y el lugar de consumo. Mejorar los ingresos de los productores pasa, por tanto, también por hacer más eficientes estos circuitos y reducir esa brecha.
La posibilidad de decidir cuándo vender también resulta determinante. Un análisis de J-PAL y CEGA, actualizado en enero de 2025, explica que las necesidades de liquidez pueden obligar a los productores a vender sus cosechas precisamente cuando la abundancia estacional provoca una caída de los precios. Tener un almacén no basta si la familia no dispone de dinero suficiente para esperar a que las condiciones del mercado mejoren.
Burkina Faso ofrece un ejemplo de cómo afrontar este problema. Un experimento recogido en ese análisis combinó sistemas de almacenamiento seguro con créditos respaldados por los cereales almacenados. Los participantes retrasaron la venta de sus cosechas y obtuvieron unos ingresos agrícolas un 15% superiores a los de los agricultores que no tenían acceso al sistema. El resultado corresponde a esa experiencia concreta, pero demuestra cómo el acceso a financiación puede mejorar los ingresos sin necesidad de aumentar primero la productividad.
Transformar los productos localmente no garantiza que los agricultores se queden con los beneficios
El almacenamiento permite conservar los productos y esperar un momento más favorable para venderlos. La transformación abre una perspectiva más amplia: crear nuevos mercados, prolongar el periodo de comercialización y generar actividad económica más allá de la explotación agrícola. AGRA sitúa precisamente la conexión entre producción, transformación, comercio y empleo en el centro de lo que denomina el «círculo de la creación de valor».
Para el agricultor, la cuestión fundamental sigue siendo cuánto puede beneficiarse de ese valor generado. Una cadena de producción puede crear más riqueza sin que todos sus participantes reciban una parte proporcional de ella. Por ello, el precio de compra, los estándares de calidad exigidos y las condiciones comerciales son tan importantes como la existencia de una planta de transformación.
El balance de AGRA no cuantifica qué porcentaje del precio final corresponde a los productores en cada sector. Sí plantea, en cambio, la necesidad de analizar conjuntamente las condiciones de producción y comercialización. Contar con compradores estables, tener acceso a los mercados y poder cumplir sus requisitos son factores determinantes para convertir una mejora técnica en ingresos sostenibles.
Para ampliar las oportunidades comerciales, el análisis también reclama una mayor integración regional y subraya que los avances en productividad no podrán aprovecharse plenamente sin mercados más amplios y mejor conectados. Para las cadenas agrícolas africanas, producir, transformar y comercializar deben avanzar, por tanto, de forma conjunta.
