Sobre el estado de los recursos mundiales de suelo. Titulado «Status of the World’s Soil Resources 2026», este exhaustivo documento de 850 páginas, cuya elaboración comenzó en 2021, ofrece un diagnóstico «científicamente riguroso» de las prácticas de gestión de los suelos que se aplican actualmente en todo el mundo, de su impacto sobre las amenazas que pesan sobre estos recursos y de las tendencias en la adopción de una gestión sostenible de los suelos (GSS) a escala mundial.
El informe, que llega a su segunda edición tras la primera publicada en 2015, dedica un capítulo completo a la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA). La zona es descrita como una de las más expuestas del mundo a las presiones sobre la tierra y el agua, con una aridez creciente prevista como consecuencia del cambio climático. Según el documento, más del 43% de su superficie es desértica, otro 40% corresponde a zonas secas o semiáridas y solo el 17% del territorio regional recibe una precipitación anual igual o superior a 300 milímetros, umbral en el que se concentra la mayor parte de la actividad agrícola y de la producción de alimentos.
A escala regional, alrededor de un tercio de las tierras están clasificadas como agrícolas, entre cultivos y pastizales, pero la superficie realmente cultivable no supera el 5%, señala el «Status of the World’s Soil Resources 2026», elaborado también con la contribución del Grupo Técnico Intergubernamental sobre los Suelos (ITPS), órgano científico y técnico consultivo de la Alianza Mundial por el Suelo (GSP), cuya secretaría está alojada en la FAO.
El resto del territorio se reparte entre zonas urbanas y desiertos. Esta escasez estructural de tierras cultivables sitúa a Marruecos en una trayectoria comparable en algunos aspectos, pero también diferenciada en otros, respecto a sus vecinos del norte de África.
En cuanto a la evolución de las tierras cultivadas, Marruecos figura entre los pocos países de la región que registraron una expansión significativa entre 2015 y 2022, señala el informe. Sudán encabeza la clasificación, con un aumento de 0,91 millones de hectáreas, seguido de Egipto (+0,27 millones de hectáreas) y Marruecos (+0,24 millones de hectáreas). En cambio, Siria perdió 0,29 millones de hectáreas de tierras cultivadas durante el mismo periodo, lo que supone un descenso del 5%, mientras que Palestina registró una reducción del 26,2% de su superficie cultivada.
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En materia de regadío, el informe indica que las superficies equipadas experimentaron su mayor crecimiento en Egipto (+0,23 millones de hectáreas) y Arabia Saudí (+0,18 millones de hectáreas), mientras que Marruecos completa el podio con un aumento de 0,16 millones de hectáreas entre 2015 y 2022. Egipto sigue siendo, no obstante, el país donde el regadío cubre la mayor proporción de las tierras agrícolas, con el 98,3% de su superficie agrícola equipada, frente a una media regional muy inferior, subraya la FAO.
Por otro lado, la agencia de Naciones Unidas señala que la agricultura de conservación, un sistema de cultivo que permite prevenir la pérdida de tierras arables y, al mismo tiempo, regenerar las superficies degradadas, sigue siendo marginal en toda la región. En 2018-2019 apenas cubría 387.200 hectáreas en el conjunto de la zona MENA, alrededor del 0,4% de las tierras cultivadas a escala regional. Irán concentra la mayor parte de esta superficie, con 300.000 hectáreas, muy por delante de Siria (30.000 ha), Túnez (14.000 ha) y Marruecos, que cuenta con apenas 13.000 hectáreas de agricultura de conservación, seguido de Irak (12.000 ha) y Sudán (10.000 ha).
La erosión, un riesgo mayor
En este diagnóstico, los autores del «Status of the World’s Soil Resources 2026» identifican varias amenazas que afectan a los suelos de la región MENA. La primera es la erosión del suelo que, tanto en su modalidad hídrica como eólica, constituye la principal causa de degradación de las tierras agrícolas en el conjunto de la región.
El informe señala tasas de pérdida de fertilidad del suelo que superan con frecuencia las 100 toneladas por hectárea y año en las zonas montañosas del oeste de la región, una característica compartida por Argelia, Irán, Líbano, Marruecos, Siria y Túnez. En Egipto, determinadas zonas registran pérdidas todavía mayores, de entre 200 y 550 toneladas por hectárea y año.
En el caso concreto de Marruecos, el rendimiento anual de sedimentos, un indicador utilizado para cuantificar la magnitud del fenómeno de la erosión del suelo, se estima entre 100 y 4.620 toneladas por hectárea, dependiendo de las cuencas hidrográficas, sobre una muestra de 38 cuencas estudiadas. La erosión hídrica está considerada intensa en el Alto Atlas, mientras que el Anti-Atlas presenta un riesgo entre bajo y medio. A modo de comparación regional, Túnez tiene un 6,4% de su territorio expuesto a una pérdida anual de suelo muy elevada, superior a 30 t/ha, y otro 4,2% sometido a pérdidas elevadas, de entre 20 y 30 t/ha. En Egipto, por su parte, mediciones realizadas en determinadas zonas del noroeste del país han registrado pérdidas puntuales de hasta 563 t/ha.
Marruecos también presenta una elevada exposición a la erosión eólica, subraya el informe, que lo sitúa entre los países más afectados de la región, junto con Egipto, Irán, Libia, Arabia Saudí y Túnez.
Durante el periodo 2015-2022, alrededor del 70% al 74% del territorio regional fue clasificado como zona de riesgo alto o muy alto de erosión eólica. Los valores más elevados del índice de erosividad climática (CE) se registraron en Argelia, Mauritania, Marruecos y Sudán.
El informe identifica otra amenaza para los suelos de la región. Se trata de los grandes incendios asociados a la sequía y a las altas temperaturas, un factor adicional de degradación de la cubierta vegetal destinada precisamente a limitar la erosión.
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En cuanto al carbono orgánico del suelo (SOC), que mejora su estructura, facilita la circulación del agua y alimenta a los microorganismos, el informe señala que la región MENA concentra apenas el 4,1% de las reservas mundiales, pese a representar el 18% de la superficie terrestre del planeta. El contenido medio de carbono orgánico en la capa superficial, entre 0 y 30 centímetros, se estima en 37 toneladas por hectárea, mientras que alcanza 78 toneladas por hectárea en un perfil de un metro de profundidad. Se trata de una debilidad estructural vinculada al predominio de suelos de zonas secas con un bajo contenido de materia orgánica.
En Marruecos, un estudio realizado en Sidi Bennour, en la llanura de Doukkala, registró un contenido medio de materia orgánica del suelo (MOS) del 1,4%, con concentraciones más elevadas en los vertisoles y más bajas en los suelos inmaduros. La misma región de Doukkala, una de las principales zonas de regadío del país, fue objeto de otro estudio que mostró que la incorporación de nuevas tecnologías agrícolas tuvo un efecto negativo sobre la calidad de los suelos, especialmente debido a la pérdida de materia orgánica.
Por el contrario, otro estudio citado en el informe constata que, en Marruecos, la adopción de la siembra directa o agricultura sin laboreo permitió aumentar el contenido de carbono orgánico del suelo respecto al laboreo convencional, un resultado coherente con las recomendaciones regionales de la FAO sobre prácticas de gestión sostenible de los suelos.
En cuanto a la biodiversidad del suelo, el informe de la FAO clasifica las zonas costeras que se extienden desde Casablanca hasta Túnez entre los sectores del norte de África donde la amenaza potencial está considerada «muy elevada». La misma categoría se aplica a las zonas urbanas de Trípoli y Bengasi, en Libia, y al delta del Nilo, en Egipto. El principal factor de esta amenaza, explica el documento, sigue siendo el riesgo de desertificación, mientras que las zonas desérticas de la región, sometidas a una menor presión humana directa, presentan paradójicamente un bajo riesgo de pérdida de biodiversidad del suelo.
Una agricultura mayoritariamente de secano
El informe estima en 8,4 millones de hectáreas la superficie cultivable de Marruecos, de la que más del 80% corresponde a agricultura de secano. También señala que el 70% de las explotaciones agrícolas marroquíes son pequeñas propiedades de menos de cinco hectáreas, a menudo divididas en parcelas dispersas.
Entre 1990 y 2022, los rendimientos de cuatro cultivos de cereales analizados por el informe, maíz, cebada, sorgo y trigo, registraron una fuerte variabilidad en Marruecos. El trigo presenta el mayor rendimiento, seguido de la cebada, el maíz y el sorgo. Los insumos utilizados están dominados por los fertilizantes nitrogenados, seguidos del fosfato y el potasio.
Un estudio sobre los efectos de la aplicación de fertilizantes en el rendimiento del maíz en Marruecos determinó que el fosfato explica la mayor parte de la variación del rendimiento, con un coeficiente de determinación cercano al 7%, frente a un efecto marginal de apenas el 0,14% en el caso del nitrógeno. Una tendencia similar se observa en la cebada, el trigo y el sorgo, donde los fertilizantes fosfatados superan sistemáticamente al nitrógeno y al potasio en su contribución al aumento de los rendimientos.
En cuanto al balance de nutrientes, Marruecos forma parte, junto con Argelia, Irán, Irak y Sudán, del grupo de países que en el pasado experimentaron un agotamiento de las reservas de fósforo del suelo, pero cuyos balances actuales de nitrógeno, fósforo y potasio se sitúan ahora cerca de cero o incluso en niveles positivos. El Reino también aparece, junto con Jordania, Líbano, Libia, Sudán y Túnez, entre los países cuyos balances son globalmente equilibrados, aunque el nivel general de aportes sigue siendo bajo.
En materia de salinización de los suelos, Marruecos presenta una evolución atípica, según el informe. Mientras que la mayoría de los países de la región MENA experimentaron un aumento de la superficie de suelos salinos entre 1980 y 2018, con incrementos anuales significativos en Yemen (+1,2%), Irán (+0,49%), Egipto y Palestina (+0,55% cada uno), así como en Arabia Saudí y Siria (+0,39% cada uno), Marruecos figura entre las pocas excepciones que presentan una tendencia descendente, con una reducción anual del 0,39%, comparable a la registrada en Túnez (-0,26%) y Sudán (-0,98%).
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En proporción a su territorio, Marruecos se encuentra, no obstante, junto con Túnez y Libia, en el grupo de países del norte de África donde entre el 10% y el 20% de los suelos son salinos. Se sitúa por detrás de Argelia, que presenta la tasa más elevada de la subregión, con un 26,3%, y por delante de Egipto y Sudán, donde esta proporción es inferior al 10%.
En el caso de las tierras de regadío, consideradas las más expuestas al riesgo de salinización, el informe sitúa a Marruecos y Argelia en una horquilla de entre el 20% y el 30% de superficies irrigadas afectadas por la sal, frente al 30%-40% en Siria y Egipto y hasta el 50% en Túnez. Un estudio específico realizado en Marruecos y citado en el informe señala que alrededor del 30% de la superficie irrigada del país está salinizada, con pérdidas de rendimiento que pueden alcanzar el 50% en las zonas más afectadas. Más de 37.000 hectáreas de tierras de regadío ya estarían afectadas por este fenómeno.
Desde el punto de vista económico, la FAO recuerda que las pérdidas anuales relacionadas con la salinización en el conjunto de la región MENA son estimadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente en unos 1.000 millones de dólares, entre 1.600 y 2.750 dólares por hectárea afectada. Una magnitud que permite medir la dimensión económica del reto que supone la reducción de la salinización observada en Marruecos.
Las soluciones recomendadas por la FAO
Al término de esta evaluación, los autores del informe formulan una serie de recomendaciones para avanzar hacia una gestión sostenible de los suelos en la región MENA, incluido Marruecos. Para combatir la erosión hídrica y eólica, abogan por reforzar la cubierta vegetal mediante la plantación de especies adaptadas a las condiciones locales, ya sean árboles, arbustos, gramíneas o plantas perennes de raíces profundas.
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Para mejorar la materia orgánica y la biodiversidad del suelo, proponen incrementar el uso de aportes de carbono orgánico, estiércol animal, compost elaborado en las explotaciones y subproductos orgánicos procedentes de las industrias agrícolas. Para ello, consideran necesario formar previamente a los agricultores en técnicas de compostaje de residuos orgánicos.
El informe también reclama generalizar una gestión racional de los nutrientes, basada en datos de seguimiento de los suelos y en la elaboración de mapas completos de fertilidad para cada país de la región. Al mismo tiempo, recomienda garantizar el acceso a fertilizantes a precios asequibles, especialmente en las zonas afectadas por situaciones de inestabilidad.
En cuanto a la salinización, la FAO recomienda establecer sistemas de gestión integrada para limitar su propagación. La evolución favorable que Marruecos ya ha registrado en este ámbito, tal como queda documentada en el informe, constituye precisamente un ejemplo del tipo de resultados que este enfoque puede permitir alcanzar.
