Entrevista. Irene Vallejo reivindica en Rabat la herencia común del Mediterráneo

El 10/05/2026 a las 13h00

La aclamada escritora española Irene Vallejo se encuentra esta semana en Rabat, la capital marroquí, con motivo de la designación de la ciudad como capital mundial del libro. En su primera visita al país norteafricano, la autora del exitoso ensayo literario «El infinito en un junco» reflexiona sobre los profundos vínculos culturales que unen a las orillas del Mediterráneo, la resistencia del formato físico frente a las pantallas y los orígenes íntimos de su vocación narrativa.

Nacida en Zaragoza en 1979, Irene Vallejo se ha consolidado como una de las voces más relevantes de la literatura contemporánea en lengua española. Filóloga clásica de formación y galardonada con el Premio Nacional de Ensayo en su país natal, la autora alcanzó reconocimiento internacional gracias a El infinito en un junco, una obra monumental que relata la milenaria historia de los libros y que ya ha sido traducida a más de cuarenta idiomas.

Sin embargo, sus primeros pasos hacia la escritura comenzaron de forma modesta en el seno de una familia ajena al mundo artístico. Durante su infancia en la capital aragonesa, la condición de hija única la llevó a encontrar en la literatura un refugio natural y un juego constante.

Sus padres fomentaron esta temprana inquietud llevándola a museos y teatros, pero, sobre todo, relatándole historias antes de dormir e invitándola a que ella misma imaginara las continuaciones. Este estímulo forjó las bases de una carrera que la llevaría a curtirse publicando artículos en la prensa escrita local, diseñando su propia ruta hasta lograr dar el salto al competitivo mundo editorial.

Le360 : Es su primera vez en Marruecos. ¿Qué impresiones le ha dejado Rabat?

Irene Vallejo: Lo que he podido ver de Rabat me ha parecido sumamente hermoso. Ya había recorrido Marruecos a través de la literatura gracias a autores como Mohamed Chukri, pero estar aquí confirma que el país posee una tradición cultural literaria muy poderosa.

Reconozco inmediatamente un sustrato profundamente mediterráneo que compartimos, el cual se manifiesta en la arquitectura, en la vida en las calles, en el temperamento y en el amor por la palabra oral.

Las narraciones más antiguas del mundo y las grandes civilizaciones provienen de estos territorios.

A menudo el sur sufre de cierto desprestigio en el contexto global contemporáneo, pero no podemos olvidar que los cimientos de la filosofía, el teatro y la democracia surgieron en los alrededores del Mediterráneo.

En Marruecos siento que estoy en un lugar distinto pero que al mismo tiempo es nuestro hogar, especialmente por la enorme huella que la cultura islámica ha dejado en España a lo largo de los siglos.

¿Cómo nació su pasión por escribir y qué siente al ver que sus libros se leen hoy en todo el mundo?

La realidad es que ningún libro mío se había traducido hasta la publicación de El infinito en un junco. Comenzaron a traducirse en el año 2020 y actualmente la obra ha llegado a más de ochenta países.

Resulta ser un sueño porque nunca imaginé que mis letras llegaran tan lejos, especialmente viviendo en Zaragoza y alejada de los grandes centros neurálgicos de la edición.

Al provenir de una familia donde nadie se dedicaba a tareas artísticas, me parecía un mundo inalcanzable. Mi vocación nació en la infancia gracias a mis padres, quienes me contaban historias antes de dormir y me invitaban a continuar el relato. Sin ser conscientes de ello, estaban creando mi camino.

Como nadie te hace un examen para ser escritora, tuve que inventar mi propia ruta a través del periodismo. Empecé a publicar en periódicos, jugando con lo literario dentro de la prensa, para forjarme un nombre y finalmente dar el salto a los libros.

Para el público que aún no lo haya descubierto, ¿qué universo se esconde en las páginas de El infinito en un junco?

El libro responde a mi propia curiosidad infantil sobre el origen material de las historias. Indaga en quiénes inventaron los libros, cómo fueron las primeras bibliotecas y qué formas ideó la humanidad para derrotar al olvido.

Antes de que se inventara la escritura, que no es otra cosa que el acto de dibujar los sonidos, el mundo oral era sumamente frágil y todo estaba condenado a perderse.

La obra se acerca al ensayo desde la óptica de la novela, narrando la gran aventura de salvación de las palabras protagonizada por viajeros, mujeres pioneras y copistas que a menudo eran esclavos.

Las aventuras no residen únicamente en las ficciones literarias, sino en la lucha histórica por proteger estos objetos cotidianos de la destrucción y de las hogueras.

Además de ensayo histórico, escribe literatura orientada al público infantil. ¿Existen vasos comunicantes entre ambas facetas?

Disfruto mucho situándome en la frontera de los géneros. En mis libros infantiles me gusta sumergirme en las mitologías y en las antiguas tradiciones de diversas culturas, porque allí residen las narraciones fundacionales de la humanidad.

El reto consiste en rescatar esa sabiduría milenaria y trasladarla al presente de los niños. Es un proceso similar al que realiza el cine contemporáneo con sagas como Star Wars o universos como Harry Potter, donde los autores beben directamente de arquetipos narrativos clásicos.

Estas historias ancestrales siguen reviviendo porque son la plasmación exacta de nuestros miedos, nuestros duelos y nuestras pasiones, demostrando que podemos comunicarnos universalmente a través del mito.

En una época marcada por el consumo de vídeos cortos y la hiperconexión, ¿de qué manera se puede convencer a los jóvenes del valor intrínseco de un libro frente a la pantalla de un teléfono móvil?

No creo que debamos plantear una guerra entre las pantallas y los libros. De hecho, plataformas actuales albergan comunidades de jóvenes que recomiendan lecturas con enorme pasión.

Los libros siempre han estado rodeados de un cierto pesimismo sobre su presunto final, pero prefiero mantener una postura optimista porque hoy existen más ferias, bibliotecas y editoriales que en cualquier otro momento histórico.

Aunque es evidente que el ritmo frenético de las redes sociales puede distraernos, la literatura nos ofrece una profundidad muy diferente.

En internet impera una exhibición constante de felicidad y éxito, mientras que en los libros los adolescentes encuentran el refugio necesario para comprender que todos nos sentimos solos, frágiles o desubicados en algún momento de la vida.

Además, la lectura antes de dormir reduce el estrés, frente a la luz azul de los dispositivos que fomenta el insomnio. Los libros actúan como un contrapeso esencial para nuestra higiene mental.

Aludiendo a la evolución técnica, ¿cómo valora la convivencia del formato tradicional en papel con opciones digitales como los lectores electrónicos o los audiolibros?

El libro siempre ha sido pura transformación. A lo largo de los siglos ha mutado desde las tablillas de arcilla y los rollos de papiro hasta llegar al pergamino y al papel.

Los libros electrónicos y los audiolibros son sencillamente nuevas manifestaciones que se encuentran al mismo nivel de legitimidad.

Cualquier formato que amplíe las posibilidades de leer es bienvenido, ya sea para escuchar una obra mientras se conduce o para facilitar la lectura a personas con problemas de visión.

Sin embargo, el libro de papel sigue atesorando un valor incalculable porque no requiere batería, no depende de una conexión a internet y posee una cualidad material irreemplazable.

Te permite guardar una dedicatoria personal, albergar recuerdos familiares y disfrutar de la experiencia táctil de sus páginas. Todas las formas de lectura se complementan maravillosamente y enriquecen nuestras opciones en el mundo contemporáneo.

¿Considera que eventos como esta capitalidad mundial del libro en Rabat ayudan a combatir las divisiones?

Completamente. Creo que es vital reivindicar lo que nos une frente a la creciente tendencia a la confrontación.

Esta capitalidad mundial del libro nos habla de los caminos que confluyen y de la necesidad de acercarnos a otros países con la mente abierta, dispuestos a aprender.

En Occidente sucede con demasiada frecuencia que nos instalamos en un sentimiento de superioridad infundado. Para alguien que ha estudiado los clásicos de Grecia y Roma como yo, resulta imposible entender la transmisión de esos saberes sin la cultura islámica, que los leyó, los enriqueció, los tradujo y los devolvió a Europa junto con innovaciones como el papel.

Nuestra cultura sería mucho más pobre sin ese diálogo constante y sin la humildad para reconocer que dependemos inmensamente los unos de los otros.

Por Soufiane El Hassouni
El 10/05/2026 a las 13h00