En la geopolítica, la narrativa desempeña un papel central, no se limita a registrar los hechos, sino que los interpreta, jerarquiza y los transforma en “historias legítimas” sobre quién tiene razón, quién es aliado o enemigo y qué vínculos o alianzas resultan deseables. En otras palabras, la narrativa se erige en un instrumento de poder en manos del Estado, capaz de configurar percepciones, consolidar legitimidad y justificar la acción internacional.
En este sentido, conviene matizar que la opinión pública en un país democrático puede desarrollar una narrativa no solo “distinta” sino estratégicamente contraria a la narrativa oficial, lo que se vuelve especialmente relevante en una geopolítica contemporánea, donde la competencia ya no se da solo en el terreno diplomático o militar, sino en el plano cognitivo, redes sociales, medios de comunicación vienen a ser escenarios donde compiten narrativas rivales sobre quién es amigo y quien es enemigo.
Geopolítica por abajo
En un contexto democrático, esa distancia entre discurso estatal y percepción ciudadana no solo expresa pluralidad de opiniones, sino que también se transforma en un factor estratégico que afecta la legitimidad interna del gobierno, la cohesión social y el peso de ese país en la escena global. La opinión pública democrática, mal informada, anclada en percepciones emocionales y prejuicios consumidos a través de la cultura mediática y de movimientos sociales y redes digitales, puede construir una narrativa alternativa que cuestione la versión oficial, modifique la lectura de conflictos internacionales y ejerza un tipo de “geopolítica por abajo” promovida esencialmente por actores no estatales, que logran ejercer una notable influencia en la actitud del Estado en términos de presión mediática y chantaje electoralista.
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Este fenómeno de “geopolítica desde abajo” se refleja con especial claridad en la narrativa mediática española sobre el conflicto del Sáhara, donde persiste una notable disonancia entre los marcos interpretativos predominantes en la opinión pública y la posición actualmente asumida por la política oficial del gobierno de Pedro Sánchez. En efecto, mientras la postura del Ejecutivo ha evolucionado de manera explícita hacia el reconocimiento de la propuesta marroquí como base para la resolución del conflicto, acompañado de una profunda reconfiguración de la relación con Marruecos, la narrativa estatal, respaldada por una parte significativa de la élite política e institucional, ha debido reajustarse a este nuevo marco estratégico.
Sin embargo, una parte considerable de la opinión pública española, canalizada a través de organizaciones no gubernamentales, diversos medios de comunicación y sectores de la izquierda radical, sigue creyendo que existe un “pueblo saharaui” aferrado a su derecho inalienable a la autodeterminación y que Marruecos actúa como potencia ocupante, manteniendo así una narrativa delirante y obsoleta, que no resiste frente a las realidades geopolíticas actuales, ni se ajusta a la nueva correlación de fuerzas regionales y a la lógica de alianzas que hoy orienta la política exterior de España.
Aunque cada vez menos visible en la agenda oficial, esta narrativa sigue ejerciendo presión mediática, condicionando la percepción de la acción exterior y generando exigencias de coherencia ética frente a lo que se percibe como un histórico giro del Estado español hacia Marruecos. En ese sentido, la “geopolítica por abajo” se manifiesta en la forma en que la opinión pública española, moldeada por un discurso rígido heredado de otra época, desborda o tensiona la narrativa oficial del gobierno, incluso cuando este ha reconocido la importancia de la cuestión del Sáhara para Marruecos, y se ha comprometido a abrir con él una nueva etapa de amistad fortalecida, transparencia y respeto mutuo.
Cualquier observador de este caso concreto de “geopolítica por abajo” no puede evitar preguntarse cómo una narrativa logra resistir con tanta tenacidad a la realidad, o más bien cómo se transforma un relato saturado de falacias y alucinaciones en un pensamiento único, en un sistema de sentido cerrado que filtra los hechos a través de estereotipos y mitos fundacionales.
Mitos fundacionales
La narrativa española sobre el Sáhara Occidental se presenta, en su forma más extendida, como un relato continuo de retirada fallida y responsabilidad pendiente, en el que los acontecimientos de 1975 ocupan un lugar fundacional. Todo comienza con la percepción de una “entrega” del territorio a raíz de los Acuerdos de Madrid de 1975, interpretados no como un proceso legítimo de descolonización, sino como una cesión precipitada y huida vergonzosa, en un contexto marcado por la crisis del régimen del dictador Franco en sus últimos días.
Lo que constituye en realidad una descolonización tardía del Sahara marroquí, es evocado en esta narrativa como una retirada rápida y desordenada de la administración española, en paralelo a la presión ejercida por la Marcha Verde. En este punto, el relato insiste en la idea de que España no organizó una transición conforme a los estándares internacionales, dejando tras de sí un vacío político. Ese vacío se convierte inmediatamente en abandono, en la medida en que el territorio y su población quedan expuestos a un nuevo escenario de conflicto sin garantías ni protección.
De ahí se desprende la noción de traición, que da cohesión emocional a toda la narrativa, España no solo habría retrocedido, sino que habría roto un vínculo previo con el llamado pueblo saharaui, configurado como un sujeto político singular. Este pueblo, percibido ingenuamente como representado por el Frente Polisario, pasa a situarse en el centro del relato como víctima de una doble dinámica: la retirada de España y la posterior “conquista” u “ocupación” por parte de Marruecos.
La concatenación de entrega‑huida‑abandono‑traición, repetida literalmente en varias portadas de libros publicados en España sobre el tema, da lugar a un sentimiento persistente de culpa, que en la esfera pública española se transforma en la idea de una deuda histórica. Esta deuda no se formula únicamente en términos morales, sino también como una responsabilidad política no saldada, vinculada al hecho de que España no habría culminado el proceso de descolonización conforme al principio de autodeterminación, tal como lo enmarcan las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas.
Así, la narrativa española no se limita a describir hechos, sino que los encadena en una secuencia coherente que va de la retirada a la responsabilidad, una historia en la que la salida del Sáhara no se cierra en 1975, sino que permanece abierta en forma de deuda política y moral hacia el supuesto pueblo saharaui, cuya autodeterminación sigue siendo presentada como la promesa incumplida que estructura todo el relato.
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En efecto, en la narrativa española clásica sobre el Sáhara marroquí, la autodeterminación funciona como una promesa incumplida que adquiere, con el tiempo, una dimensión casi mítica, no solo es un principio jurídico invocado en el marco de la Organización de las Naciones Unidas, sino también un horizonte moral que organiza retrospectivamente el relato (lo que España “debió hacer” y no hizo).
Esa promesa se convierte en un punto de condensación simbólica, explica la culpa, legitima la idea de deuda y da coherencia a toda la secuencia narrativa. Así acaba la autodeterminación funcionando en el relato español, menos como un mecanismo político concreto que como un principio casi normativo absoluto, o un hechizo mágico difícil de cuestionar sin poner en riesgo toda la arquitectura moral del relato.
Para comprender mejor la obsesión crónica de este binario culpa‑deuda que estructuran la narrativa española, puede resultar pertinente recurrir a los Trauma Studies. En efecto, El caso del Sáhara marroquí parece representar, en el temperamento general español, un trauma de naturaleza distinta, más difuso y duradero que el asociado a la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas durante el «Desastre de 1898» El «desastre del Sáhara», tal como suele percibirse en una parte de la sociedad española, no remite únicamente a un episodio de retirada colonial, sino a una auténtica crisis moral, política e identitaria en las relaciones con el vecino del sur. Se trata menos de una pérdida territorial que de una ruptura inconclusa, cuyas resonancias continúan alimentando un sentimiento de culpabilidad-responsabilidad no resuelta.
Más que un trauma colonial
Más que un “trauma colonial” en el sentido clásico —como el de la pérdida de las colonias latinoamericanas a finales del siglo 19, el “Sáhara Occidental” funciona en la narrativa española como un trauma de descolonización fallida. No es tanto la pérdida en sí lo que estructura el relato, sino la forma de la salida. Ahí es donde los enfoques de los Trauma Studies pueden ser útiles, en la medida en que permiten entender cómo un acontecimiento histórico se reconfigura como herida simbólica persistente. En este caso, los Acuerdos de Madrid de 1975 y el contexto de la Marcha Verde no se integran en la memoria como un episodio cerrado, sino como un evento no resuelto, que sigue produciendo sentido en el presente.
Desde esta perspectiva, la culpa no deriva simplemente de haber “perdido” una colonia, sino de haber incumplido una norma internalizada, la de culminar el proceso de descolonización conforme al principio de autodeterminación. Es decir, el trauma no es solo histórico, sino también normativo. Esto explica por qué emerge la noción de deuda, en los marcos de los Trauma Studies, la deuda es una forma de gestionar una herida que no puede cerrarse completamente. Se traduce en una memoria insistente, en prácticas de solidaridad y en la reiteración de una promesa incumplida.
El “pueblo saharaui” aparece así no solo como actor político, sino como figura de interpelación moral dentro del relato español. En suma, más que un simple eco del “Desastre del 98”, el Sáhara ocupa un lugar distinto, no simboliza tanto el fin de un imperio como la persistencia de una responsabilidad. Por eso, la categoría de trauma, entendida como experiencia no plenamente elaborada, ayuda a comprender cómo se articulan la culpa y la deuda en esta narrativa, sin necesidad de equipararla mecánicamente a otros episodios coloniales anteriores.
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Se trata pues menos de una pérdida territorial que de un sentimiento exacerbado de humillación, el de haber sido humillados por el vecino del sur, cuyas resonancias continúan alimentando un sentimiento de responsabilidad no resuelta. La Marcha Verde, impulsada por el difunto Rey Hassan II y producida en el contexto de la agonía de Francisco Franco, sigue siendo, en ciertas interpretaciones, uno de los episodios más controvertidos y dolorosos de la historia reciente de España.
Este acontecimiento aparece así asociado a una forma de humillación diplomática y estratégica, marcada por la retirada de España y su incapacidad para organizar una transición ordenada, dejando a la población saharaui en una situación de indefinición política. De ello se deriva una lectura retrospectiva de ese momento como una ruptura abrupta, cuyos efectos simbólicos continúan alimentando un sentimiento difuso de responsabilidad inconclusa.
Aunque el Estado español haya ajustado su posición diplomática para tener en cuenta la realidad sobre el terreno y los intereses estratégicos en el vecindario próximo, la sociedad civil, los medios de comunicación y una parte importante de las élites intelectuales continúan alimentando un discurso que promueve el separatismo en la antigua colonia española, como horizonte moral único, en detrimento de otros escenarios posibles, tales como la autonomía bajo soberanía marroquí.
Tiranía de un pensamiento único
En España son pocas las causas que suscitan tanto entusiasmo y unanimidad como el conflicto artificial relativo al Sáhara marroquí. Se trata de un verdadero caso de pensamiento único por excelencia. Cuando se aborda este conflicto en el espacio público español, la identificación entre «buenos» y «malos» suele presentarse inmediatamente como una evidencia incuestionable: de un lado, un «pueblo saharaui» abandonado y sacrificado, construido discursivamente como víctima absoluta, del otro, un Marruecos sistemáticamente retratado como agresor y señalado como responsable de todos los sufrimientos y de cada obstáculo para la paz. Toda matización parece desaparecer y el debate cede el paso a un relato petrificado en el que los papeles se asignan de una vez por todas. Ya casi no queda espacio para la duda, para la investigación ni para el examen crítico de los hechos históricos y jurídicos. Del mismo modo, la solución prescrita se vuelve casi automática: reconocer la independencia privilegiando una lectura exclusivamente anti marroquí del diferendo, sin considerar seriamente otras opciones, como la autonomía bajo soberanía marroquí
Esta uniformidad discursiva, alimentada por los testimonios amargos de antiguos militares destinados en el Sáhara y amplificada por una gran parte de los medios de comunicación, de la producción académica y de las élites intelectuales, termina imponiendo una norma de conformidad, toda voz que cuestiona esta clave de lectura pasa a ser sospechosa de defender los intereses de Rabat o de negar el sufrimiento saharaui. La cuestión del Sáhara se convierte entonces en un terreno donde el pensamiento divergente queda marginado y donde la pluralidad de opciones, inherente a todo conflicto político, se ve reducida a una narrativa única, simplificada y moralizante.
Por qué, entonces, no existe prácticamente ninguna discordancia ni en el diagnóstico ni en la prescripción de los «tratamientos» propuestos para la cuestión del Sáhara? Por qué la confrontación política habitual, que sin embargo estructura todo análisis de la realidad española, se desvanece aquí ante una comunión de juicios sin precedentes en el país?
Esta unanimidad casi automática resulta, cuando menos, inquietante: revela menos la existencia de un debate maduro y complejo que la consolidación de un consenso construido, en el que el pensamiento crítico queda relegado en favor de un pensamiento único, de un relato simplificado, cerrado sobre sí mismo, y donde la diversidad de lecturas políticas parece haber sido proscrita, como si, sobre esta cuestión, ya no fuese posible mostrarse vacilante, ambiguo o simplemente discrepante.
Se observa así que periodistas, antiguos militares, historiadores, novelistas, artistas y comentaristas de toda índole, terminan relatando una misma historia, la de una capitulación vergonzosa de España, la violación de sus obligaciones internacionales y una ocupación marroquí caricaturizada como inquietante y casi monstruosa. En este relato dominante, el Frente Polisario aparece sistemáticamente idealizado, reducido a la condición de víctima pura de una doble traición —la de Madrid y la de Rabat— y presentado como depositario exclusivo de legitimidad moral, sin que se ejerza una mirada verdaderamente crítica ni sobre su papel como proxy argelino, ni sobre sus sospechosas prácticas internas y externas.
Esta ausencia casi total de examen crítico refuerza el carácter de pensamiento único, toda lectura alternativa que recuerde la complejidad de los hechos, las ambigüedades de los actores o los límites de determinadas narrativas queda relegada a la categoría de «discurso desviado».
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El Sáhara se convierte así en un espacio en el que España se cuenta a sí misma una historia cómoda, tranquilizadora y moralizante, en la que asume simultáneamente el papel de culpable arrepentida y el de guardiana desinteresada de los derechos ajenos, mientras Marruecos deja de ser objeto de análisis para convertirse, simplemente, en sujeto juzgado de antemano.
En este clima de cuasi consenso, resulta revelador que el primer intelectual español que se atrevió a quebrar el muro de este pensamiento único fuera el escritor Juan Goytisolo, quien, al cuestionar ciertos lugares comunes sobre el Sáhara, se vio duramente atacado por una gran parte de la izquierda y de los medios españoles. Esta reacción desproporcionada ilustra precisamente la función de guardián de fronteras simbólicas que desempeña este discurso dominante, quienquiera que se exprese de manera diferente, incluso limitándose a señalar hechos elementales o a introducir matices, es inmediatamente acusado de traición ideológica o de apologética pro marroquí, reforzando así la dinámica de pensamiento único en torno a la cuestión del Sáhara.
Por una memoria critica
Es evidente que un trauma colectivo no desaparece por omisión, al contrario, suele reaparecer de forma desplazada en discursos políticos, narrativas nacionales o fijaciones simbólicas. Respecto al trauma saharaui traición-culpabilidad-responsabilidad el enfoque de los Trauma Studies no propone una “cura” única para superar el trauma colectivo, sino un conjunto de marcos teóricos y prácticos para reconocerlo, elaborarlo críticamente y transformarlo en memoria reflexiva en lugar de memoria repetitiva.
Algunos actores políticos, medios de información e investigadores académicos tendrán que dejar de repetir automáticamente ciertos relatos y comenzar a interrogarlos, preguntarse al menos si algunos aspectos de la narrativa española sobre el Sáhara responden a una elaboración histórica rigurosa o a una repetición simbólica de una culpa colonial no resuelta, en vez de permanecer atrapados en una culpa paralizante compensada por una expiación permanente, intentar producir una comprensión histórica madura, adoptar una perspectiva geopolítica actualizada, y finalmente comprender de una vez por todas, que el mundo no se ha vuelto tan insensato como para consentir la creación de un nuevo seudo‑Estado satélite en la zona más peligrosa e inestable del planeta. Solo así podrá la opinión pública española sustituir la repetición moralizante por una memoria crítica, plural, abierta a la diferencia interpretativa y reconciliada con la realidad geopolítica.
