Hay viajes que empiezan con un billete, una maleta y una fecha de regreso. Y hay otros que nacen mucho antes de ponerse en marcha, en una libreta, en una promesa íntima, casi secreta, escrita cuando la vida aún no había mostrado todos sus caminos. El proyecto The Road to Hajj, también conocido como Hajj on Horseback, pertenece a esa segunda categoría: no es solo una peregrinación, ni solo una expedición ecuestre, ni solo una evocación histórica. Es, sobre todo, el intento de devolver cuerpo, polvo, cansancio y lentitud a una práctica que la modernidad redujo a unas horas de avión.
La historia fue relatada a este medio por Abdelkader Harkassi, director del proyecto y uno de sus jinetes, quien reconstruye el origen de una travesía concebida para cumplir la promesa de Rafael Abdallah Hernández Mancha, doctor en Geografía, musulmán español y fundador de la iniciativa. Según la documentación del proyecto, Hernández prometió hace más de tres décadas que, si abrazaba el islam y lograba superar una etapa decisiva de su vida profesional, algún día iría al Hajj a caballo, «como lo hacían nuestros antiguos antepasados andalusíes».
La promesa quedó suspendida durante años, pero no se apagó. Al contrario, fue madurando en silencio, entre lecturas, estudios, caballos y una idea cada vez más precisa. Cuando llegó la jubilación de Hernández, el sueño dejó de ser una imagen lejana y empezó a convertirse en ruta, equipo, logística, entrenamientos y sacrificio.
Una promesa escrita hace 36 años
Abdelkader Harkassi cuenta que no fue él quien imaginó inicialmente el proyecto. Su entrada llegó después de otro trabajo improbable: la traducción al castellano de un antiguo manuscrito árabe conservado en la Biblioteca de El Escorial, un tratado de cetrería encargado por Saladino. Aquella colaboración con Hernández, complicada por la antigüedad del texto y sus cambios de caligrafía, acabó abriendo la puerta a una confesión.
«Después de haber terminado el trabajo ese, que fue muy complicado, porque era un manuscrito muy antiguo, con cambios de letra y de caligrafía, al haber visto que nos llevábamos bien y que podíamos trabajar y hacer cosas juntos, me confesó que hacía 30 años que había prometido ir al Hajj a caballo y que había visto que yo podía ayudarle a completarlo. Entonces me invitó al proyecto, me uní, y ahí empezó el proyecto: trasladar la idea y la promesa a la realidad», recuerda Harkassi.
La escena resume bien el espíritu de la iniciativa, una promesa personal que necesitaba convertirse en obra colectiva. En torno a ella se formó un pequeño grupo de españoles musulmanes. No todos se conocían de antes, ni todos compartían una trayectoria común. Lo que los unía, explica Harkassi, era una identidad religiosa, algunas amistades compartidas y la voluntad de emprender algo que, incluso antes de empezar, parecía desmesurado.
El equipo terminó compuesto por tres jinetes —Rafael Abdallah Hernández Mancha, Tarek Rodríguez Fernández y Abdelkader Harkassi— y un apoyo logístico esencial: Bouchaib Yadil, marroquí y vecino de Hernández, que se sumó casi por intuición al escuchar una conversación sobre el viaje. «Él venía como conductor del coche y del equipo logístico. Llevaba un coche de asistencia y un remolque para caballos, donde llevábamos la comida de los animales, la paja, agua si hacía falta, las monturas, todo el equipo de monta, además de la cocina y la bombona de gas», explica Harkassi.
La frontera que no pudieron cruzar
El proyecto no quiso limitarse a hacer una peregrinación distinta. Su ambición era recuperar, aunque fuera parcialmente, la experiencia de los musulmanes andalusíes que viajaban hacia La Meca por tierra o combinando travesías marítimas y rutas terrestres. La inspiración histórica más directa, según Harkassi, procede de dos moriscos españoles que salieron de Ávila en 1491 para cumplir el Hajj y cuyo itinerario acabó pasando por Istanbul antes de continuar hacia Oriente. «La mayor inspiración son ellos dos», afirma.
Históricamente, la ruta natural de los musulmanes de Al-Ándalus hacia La Meca comenzaba con el cruce del Estrecho y continuaba por el norte de África. Marruecos era, en ese sentido, no solo un punto de paso, sino una prolongación cultural y espiritual del propio Al-Ándalus. El proyecto, en su concepción inicial, contemplaba esa opción. Pero no fue posible. «La mayoría de los andalusíes cruzaban por el norte de África», explica Harkassi. «Pero nosotros no hemos podido hacerlo. Marruecos y Argelia tienen las fronteras cerradas».
El proyecto concebido para revivir una ruta histórica se vio obligado a desviarse precisamente en el punto donde esa historia comenzaba. El resultado fue una reconfiguración total del itinerario.
El viaje se convirtió así en una travesía europea y oriental: España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia, Serbia, Bulgaria, Turquía, Siria, Jordania y Arabia Saudí. Una ruta contemporánea, condicionada por fronteras, permisos, veterinarios, carreteras, geopolítica y conflictos; pero, al mismo tiempo, atravesada por una memoria antigua.
El caballo, en ese contexto, no era un simple medio de transporte. Era símbolo, herramienta y vínculo. «El caballo siempre ha sido un medio de transporte tradicional, una imagen, un símbolo de libertad, de fuerza, de nobleza, de logro», sostiene Harkassi. «Está muy ligado a la cultura árabe musulmana. Decidir eso era una cosa natural, queriendo imitar un poco o revivir ese camino histórico».
Caballos árabes para una expedición extrema
La aventura no habría sido posible sin una preparación larga y meticulosa. El proyecto seleccionó y entrenó caballos árabes de resistencia procedentes de la yeguada La Cañada del Robledo, en Cádiz. No eran animales elegidos para una exhibición simbólica, sino para un esfuerzo prolongado, diario y exigente. El objetivo era comprobar si podían soportar una ruta de miles de kilómetros con cambios de terreno, clima y ritmo.
Antes del gran viaje, el equipo realizó varias expediciones de entrenamiento, 700 kilómetros por el norte de España en 16 días, 600 kilómetros atravesando Portugal de sur a norte en pleno verano, y 420 kilómetros por Andalucía, desde Aracena hasta Granada, en invierno. Aquellas pruebas sirvieron para testar caballos, jinetes, monturas, tiendas, ropa, comida, logística y resistencia mental.
«Teníamos que probar nuestro equipo, los caballos, nuestra vestimenta, la resistencia de los caballos, nuestra resistencia física, mental, emocional», relata Harkassi. «Yo creo que los entrenamientos han sido mucho más difíciles que el viaje en sí. Hemos puesto los caballos al límite para ver si realmente lo podían hacer. Hemos descartado algún caballo, hemos traído otros, y ese ha sido el proceso».
El día a día, según lo describe, se parecía menos a una aventura romántica que a una campaña de supervivencia organizada: levantarse antes del amanecer, rezar, recoger la tienda, preparar los caballos, decidir la ruta, montar durante cinco, seis, ocho o incluso nueve horas, llegar al campamento, alimentar a los animales, cocinar, rezar de nuevo, descansar poco y volver a empezar.
«Realmente el viaje y los entrenamientos han sido campañas de expedición militar», resume. «Despertarse temprano, hacer la oración, recoger la tienda, desayunar, limpiar los caballos, prepararlos, montar, decidir la ruta, pasar el día entero montado y luego llegar, desmontar, dar de comer a los caballos, encontrar un sitio bueno, cocinar, montar la tienda…».
La lentitud como forma de fe
En una época en la que el Hajj suele comenzar con un vuelo y una reserva organizada, The Road to Hajj reivindica una dimensión casi desaparecida, el camino como parte esencial de la peregrinación. Para Harkassi, la diferencia no es solo logística, sino espiritual y humana.
«En cuatro o cinco horas de avión no se ve nada», dice. «Si tienes suerte, por la ventanilla puedes ver el despegue y el aterrizaje. No conoces a nadie más que a la persona que tienes a tu izquierda o a tu derecha. Sin embargo, viajar por tierra es conocer la naturaleza, empezar a sentirte unido al campo, a los árboles, a los animales, a las plantas, al clima, al frío, a la lluvia».
Esa lentitud transformó la relación de los jinetes con el espacio. Aprendieron a leer nubes, vientos, amaneceres y puestas de sol. Aprendieron también a orientarse espiritualmente. «La quibla era algo que intuitivamente sabíamos todos hacia dónde se hacía, sin tener que mirar el teléfono», cuenta Harkassi. «A medida que íbamos cruzando Europa, la quibla iba cambiando del sureste hacia el sur. Era una forma de encontrar nuestro sitio en la naturaleza».
El viaje no consistía únicamente en avanzar. Consistía en depender. Cada mañana salían sin saber dónde dormirían esa noche. Y cada noche, afirma Harkassi, encontraban un lugar. A veces una cuadra, a veces un campo, una casa, una mezquita, una institución, una invitación inesperada o una ayuda improvisada.
«Todos los días del viaje, hasta el último, no sabíamos dónde pasábamos la noche cuando salíamos», recuerda. «Era esa confianza en Allah. Salíamos y nos dirigíamos hacia el norte, hacia el oeste o hacia el sur, pero no sabíamos realmente dónde parábamos. Y todos los días hemos encontrado el sitio».
Europa: prejuicios, caminos y encuentros inesperados
La parte europea del viaje dejó algunas de las escenas más reveladoras. En países donde los musulmanes se concentran sobre todo en las ciudades, los jinetes avanzaban por zonas rurales, a menudo lejos de comunidades islámicas. Eso los obligó a pedir ayuda a personas que no compartían su religión y, en ocasiones, ni siquiera tenían una imagen positiva del islam.
Harkassi recuerda un episodio en Italia. Llegaron a un centro hípico y fueron acogidos por un hombre cuya sala estaba decorada con cuadros y referencias fascistas. Al principio, el equipo sospechó que podía tratarse de alguien islamófobo. La convivencia, sin embargo, cambió la relación.
Para los jinetes, ese tipo de encuentros se convirtió en una forma silenciosa de representación. No llegaban anunciándose como peregrinos musulmanes. Llegaban como viajeros a caballo que necesitaban agua, un prado, una cuadra, un lugar donde dormir. Luego, en la conversación, aparecía el motivo del viaje.
«Consideramos que nuestro viaje por la parte europea fue una forma de enseñar el Din, de enseñar el islam a los europeos por los lugares donde hemos pasado, de una forma muy natural», explica Harkassi. «El caballo era lo que nos unía a esa gente. La gente del caballo tiene esa sensibilidad por el viajero: entiende lo que es montar ocho horas todos los días, entiende el esfuerzo de los animales, de los jinetes, de las condiciones climatológicas. Y cuando ve que ese esfuerzo tiene una finalidad espiritual, cambia muchas cosas».
Uno de los debates que acompañó al proyecto fue el bienestar de los animales. Harkassi afirma que los caballos fueron cuidados con extremo detalle y que su capacidad de resistencia sorprendió incluso a los propios jinetes. Eran caballos árabes seleccionados para largas distancias, acostumbrados progresivamente al esfuerzo y supervisados durante el trayecto.
«El caballo es un animal muy fuerte, muy resistente, pero también muy frágil», explica. «Es como el cristal: muy duro, pero si le das con el martillito adecuado, se rompe. Un cólico puede matar al caballo, una piedra puede hacerle daño, que le falte agua puede hacer que se muera. Sin embargo, cada vez que llegábamos al campamento durante los siete meses era un logro».
Para Harkassi, el proyecto también demuestra algo en el ámbito ecuestre: que el caballo, bien cuidado, no es solo un animal deportivo o de exhibición, sino un verdadero compañero de viaje. «Estos son los mismos caballos que salieron de nuestras casas en Andalucía», subraya. «Antes había postas y se cambiaban los caballos. Aquí no. Hemos demostrado que los caballos pueden hacer grandes distancias durante mucho tiempo si se cuidan hasta el mínimo detalle».
Un viaje que no termina en La Meca
Al final, el logro no se mide únicamente en kilómetros recorridos ni en fronteras atravesadas. Tampoco en la llegada a Arabia Saudí, que sobre el papel parecía el punto culminante de la travesía. Para quienes participaron, el verdadero sentido del viaje se construyó en el propio camino, en esa acumulación de días inciertos, de encuentros inesperados y de aprendizajes que difícilmente caben en un itinerario.
Porque lo que The Road to Hajj pone en evidencia no es solo que una promesa personal pueda sostenerse durante décadas, ni que aún sea posible cruzar medio mundo a caballo en pleno siglo XXI. Lo que revela, sobre todo, es la distancia entre dos formas de entender el desplazamiento: la del viaje como trámite, rápido, eficiente, sin fricción, y la del viaje como experiencia total, donde cada jornada implica dependencia, esfuerzo y exposición al otro.En ese sentido, la llegada a La Meca no cierra la historia. Más bien la resignifica. «Quien lo hace por tierra gana mucho más en el camino que quien lo hace en avión», afirma Harkassi, sin intención de convertir su experiencia en modelo, pero sí en recordatorio. No se trata de oponer una forma a otra, sino de señalar lo que se ha perdido en el tránsito hacia la velocidad.
