En febrero de 1860, Mariano Fortuny llegó a Marruecos con apenas veintidós años y una misión muy concreta. La Diputación de Barcelona lo había enviado para documentar la guerra hispano-marroquí y reunir apuntes que sirvieran después para grandes lienzos históricos. Como explica el historiador Rafael Mendoza Yusta en su investigación sobre la etapa marroquí del pintor, el joven artista debía trasladar al lienzo «los acontecimientos más memorables» de la campaña, en un momento en que la pintura de historia representaba el género de mayor prestigio en Europa.
Pero Fortuny empezó a mirar otra cosa. Mientras los cronistas seguían a los generales y los militares celebraban sus victorias, él comenzó a fijarse en las calles, los patios, los caballos, los dromedarios, los mercados, los rostros y los pequeños gestos de una vida cotidiana que no se parecía a nada de lo que había conocido en Roma, Barcelona o París. Había llegado para pintar una guerra, pero Marruecos le ofreció algo mucho más decisivo para un artista: una nueva manera de ver.
El viaje que cambió una carrera
Fortuny no llegó a Marruecos como viajero romántico ni como un pintor en busca de paisajes exóticos. Llegó como un artista comisionado por una institución pública. El encargo respondía al clima político de la época y pretendía inmortalizar la campaña militar mediante una gran pintura histórica. Sin embargo, desde los primeros días el viaje tomó un rumbo muy distinto.
Según reconstruye Rafael Mendoza Yusta a partir de los testimonios de los biógrafos Charles Davillier y Carlos Iriarte, Fortuny desembarcó en la ría de Tetuán el 12 de febrero de 1860, cuando la gran batalla ya había concluido. Los comienzos fueron mucho más difíciles de lo que había imaginado. Tardó varios días en incorporarse al campamento del general Prim, pasó hambre, tuvo problemas para encontrar alojamiento y llegó incluso a dormir sobre el suelo antes de recibir la ayuda de varios compatriotas catalanes establecidos en la zona.
Aquellas dificultades, lejos de desanimarlo, parecieron despertar todavía más su curiosidad. Mendoza Yusta señala que durante los apenas dos meses que permaneció en Marruecos desarrolló una actividad extraordinaria. Dibujó sin descanso paisajes, monumentos, animales, escenas urbanas, retratos y estudios de personajes marroquíes, reuniendo centenares de apuntes que, a su regreso a España, despertarían la admiración de artistas y críticos y servirían de base para buena parte de su producción posterior.
El pintor que quería verlo todo
Lo que distingue a Fortuny de muchos artistas enviados a documentar una campaña militar es que nunca se conformó con observar desde la distancia. Quería acercarse, comprender y descubrir todo cuanto tenía delante. Rafael Mendoza Yusta recupera en su estudio las palabras de quienes lo conocieron entonces y describe una curiosidad casi insaciable por las costumbres marroquíes, un deseo permanente de «ver, estudiar y escudriñar» cuanto encontraba a su alrededor.
Aquella curiosidad acabaría poniéndolo en peligro. Una de las anécdotas más sorprendentes de su estancia ocurrió cuando decidió alejarse del campamento junto a su amigo Jaime Escriú. Ambos fueron sorprendidos por varios rifeños que, tras obligarlos a arrodillarse, se disponían a ejecutarlos. Según relata Mendoza Yusta, Escriú tuvo entonces la sangre fría de gritar «¡inglis!», haciendo creer a sus captores que eran británicos. La estratagema funcionó y ambos recuperaron la libertad. Fortuny recordaría más tarde aquel episodio como uno de los momentos más angustiosos de su vida, convencido de que aquel día había vuelto a nacer.
Leer también : Tánger acoge una gran exposición sobre Fortuny, el artista español fascinado por Marruecos
Más allá de la anécdota, el episodio revela algo esencial sobre su personalidad. Fortuny no permanecía encerrado en el campamento ni se limitaba a cumplir el encargo oficial. Había quedado fascinado por el país que se abría ante sus ojos y necesitaba recorrerlo, observarlo y dibujarlo. Aquella necesidad de comprender Marruecos desde dentro acabaría teniendo mucha más influencia en su carrera que la propia guerra que lo había llevado hasta allí.
Marruecos como descubrimiento visual
Esa transformación artística aparece reflejada también en el catálogo de la exposición «Mariano Fortuny i Marsal (1838-1874) – Maestro grabador», que actualmente acoge el Museo Dar Niaba de Tánger. La publicación recuerda que las estancias del pintor en Marruecos, en 1860, 1862 y 1871, marcaron profundamente su evolución artística y que, desde entonces, los motivos marroquíes se convirtieron en una constante de sus pinturas, acuarelas y grabados.
La muestra insiste especialmente en el impacto que tuvieron sobre Fortuny la intensidad de la luz, la riqueza cromática de los paisajes, los espacios abiertos y las escenas de la vida cotidiana. Ya no se trataba únicamente de pintar un conflicto militar. Marruecos había ampliado su mirada y transformado para siempre su lenguaje pictórico.
A partir de entonces, el país dejó de ser un episodio más de su biografía para convertirse en una presencia constante en su obra. Incluso cuando regresó a Roma o instaló su estudio en Granada, siguió recurriendo a los centenares de apuntes realizados durante aquellos viajes. De ellos nacieron obras como El centinela árabe, Moros corriendo la pólvora o Familia marroquí, que consolidaron su prestigio internacional y lo convirtieron en una de las grandes figuras del orientalismo europeo del siglo XIX.
El regreso voluntario
Si el primer viaje a Marruecos cambió la mirada de Fortuny, el segundo confirmó que aquel descubrimiento había ido mucho más allá de un simple encargo oficial.
Dos años después, en 1862, el pintor regresó por iniciativa propia. Ya no tenía que documentar ninguna campaña militar ni responder a las exigencias de la Diputación de Barcelona. Volvía porque sentía que todavía le quedaba mucho por aprender de un país que había transformado su pintura. Como explica Rafael Mendoza Yusta, el objetivo era refrescar sus recuerdos, completar nuevos apuntes y dotar de una mayor autenticidad a las obras que seguía realizando en su estudio.
Durante esa segunda estancia volvió a instalarse entre Tánger y Tetuán, donde se reencontró con El Ferragi, un antiguo soldado marroquí al que había conocido en su primer viaje y que desde entonces se convirtió en uno de sus principales modelos y guías. Mendoza Yusta relata que Fortuny llegó incluso a aprender algunas nociones del dialecto árabe local y proyectó internarse hasta Fès vestido como un habitante del país para pasar desapercibido entre la población. Finalmente renunció a aquella expedición por razones de seguridad, pero el proyecto revela hasta qué punto deseaba conocer Marruecos desde dentro y alejarse de la mirada superficial del viajero europeo.
Ese segundo viaje demuestra que Marruecos había dejado de ser un escenario para convertirse en una auténtica necesidad artística. Fortuny ya no buscaba únicamente nuevos motivos para pintar. Buscaba recuperar una luz, unos colores y una atmósfera que no encontraba en ningún otro lugar del Mediterráneo.
La batalla que nunca terminó
Paradójicamente, la obra más ambiciosa nacida de aquella experiencia sería también la que mayores quebraderos de cabeza le causó. La batalla de Tetuán, concebida como un inmenso lienzo destinado a inmortalizar la victoria española, acompañó a Fortuny durante años. Según explica Rafael Mendoza Yusta, el pintor trabajó una y otra vez sobre aquella composición monumental, modificándola constantemente sin llegar nunca a considerarla terminada.
Leer también : José Cruz Herrera, el pintor español que encontró su luz en Marruecos
La razón iba mucho más allá de un problema técnico. Mientras el cuadro exigía el lenguaje solemne de la pintura histórica, Fortuny evolucionaba en otra dirección. La experiencia marroquí había transformado profundamente su manera de pintar. Le interesaban cada vez más la luz, el movimiento, los pequeños formatos y las escenas espontáneas de la vida cotidiana. El artista que había llegado para retratar una guerra ya no encontraba satisfacción en las grandes composiciones académicas.
Ese cambio convirtió La batalla de Tetuán en una obra singular. Aunque nunca llegó a concluirla, muchos historiadores consideran que introdujo una forma completamente nueva de representar el combate, mucho más dinámica y moderna que la pintura oficial de su tiempo. El lienzo acabó siendo, casi sin proponérselo, el reflejo de la transformación de su propio autor.
Fortuny regresó después a Italia y continuó desarrollando una brillante carrera internacional, pero Marruecos nunca desapareció de su estudio. Las chilabas, los caballos, las armas tradicionales, los patios, los músicos, los mercados y las calles de Tetuán siguieron apareciendo una y otra vez en sus lienzos.
Las tres estancias del pintor en Marruecos, en 1860, 1862 y 1871, marcaron definitivamente su evolución artística. Desde entonces, la luz, los colores y las escenas cotidianas del Reino quedaron incorporados de forma permanente a su universo creativo. El propio Rafael Mendoza Yusta llega a la misma conclusión. En su estudio sostiene que fue precisamente en Marruecos donde Fortuny descubrió la temática orientalista que lo acompañaría durante el resto de su carrera y que acabaría convirtiéndolo en uno de los artistas europeos más influyentes del siglo XIX.
El legado de un viaje
Mariano Fortuny murió en Roma en 1874, con solo treinta y seis años. Su carrera fue tan breve como extraordinaria. Sin embargo, bastó para revolucionar la pintura española e influir en generaciones de artistas europeos gracias a una manera nueva de entender el color, la luz y la composición. Resulta difícil imaginar esa evolución sin Marruecos. El país no fue únicamente el escenario de algunos de sus cuadros más conocidos. Fue el lugar donde aprendió a mirar de otra manera. Lo que comenzó como una misión oficial para ilustrar una guerra terminó convirtiéndose en una de las grandes aventuras artísticas de la pintura española.
Fortuny cruzó el Estrecho para documentar una guerra.
Terminó encontrando un país que transformó para siempre su pintura.
Más de siglo y medio después, ese vínculo sigue plenamente vigente. Hasta el 21 de agosto, el Museo Dar Niaba, en la medina de Tánger, acoge la exposición «Mariano Fortuny i Marsal (1838-1874) – Maestro grabador», organizada por la Fundación Nacional de Museos junto con 6A Taller i Galeria, la Fundación Euroafrica y el Ayuntamiento de Palma. La muestra reúne cerca de cincuenta obras y propone redescubrir la profunda huella que Marruecos dejó en la trayectoria del artista.






