Rafael Chirbes, el escritor que encontró en Fès la Valencia de su infancia

Rafael Chirbes.

El 04/10/2026 a las 11h00

A finales de los años setenta, Rafael Chirbes llegó a Marruecos para dar clases en Fès y terminó instalándose en las afueras de Sefrou. El escritor valenciano buscaba distancia respecto a una España que lo decepcionaba y encontró al otro lado del Estrecho paisajes que le devolvían a su propia infancia. Años después, aquella experiencia alimentaría Mimoun, la novela con la que inició una de las trayectorias más importantes de la literatura española contemporánea.

Mucho antes de Crematorio y En la orilla, antes del reconocimiento internacional y antes incluso de publicar su primera novela, Rafael Chirbes vivió durante cerca de dos años en Marruecos. Llegó a finales de la década de 1970 para enseñar español y literatura en Fès, aunque el propio escritor reconocería mucho después que las razones de aquel viaje tenían bastante menos que ver con una vocación académica que con la necesidad de alejarse de España.

«Creo que fue en el año 78 cuando llegué a Marruecos», escribió en 2014 al recordar a Manuel Bayo, uno de los españoles que conoció durante aquella etapa. La memoria podía fallarle en la fecha exacta, pero no en el motivo. Chirbes explicó que huía de sí mismo y de una España que le parecía marcada por el fraude, una referencia al profundo desencanto con el que vivió los años de la Transición.

La biografía de la Fundación Rafael Chirbes y el Instituto Cervantes confirman la importancia de aquella estancia en la formación del escritor. En Fès impartió literatura española y cursos relacionados con Al-Ándalus, pero eligió no vivir permanentemente en la ciudad donde trabajaba. Se marchó unos treinta kilómetros más lejos, a Sefrou, una pequeña localidad al pie del Atlas Medio que terminaría convirtiéndose en uno de los paisajes esenciales de su memoria. Muchos años después, Marruecos seguía allí.

Los españoles de Fès

El Fès al que llegó Chirbes no fue únicamente la gran ciudad imperial que podía descubrir un viajero. Había también un pequeño mundo español formado alrededor del Centro Cultural Español, compuesto por profesores, artistas y personajes que habían acabado en Marruecos por razones muy diferentes.

El propio Chirbes los recordaría como una colección de personas desplazadas, hombres y mujeres que parecían haber dejado algo atrás. Entre ellos estaban Manuel Bayo y otros españoles con los que estableció rápidamente amistad. En su texto dedicado a Bayo, Chirbes habla de aquellos expatriados como supervivientes de diferentes naufragios, una imagen que años después parece anticipar el ambiente humano de Mimoun.

Fès tampoco le parecía suficientemente lejos. Por eso decidió instalarse en las afueras de Sefrou, en casa de otro español llamado Federico, pintor y personaje que Chirbes recordaba como un hombre solitario y atormentado. Desde allí se desplazaba a Fès para impartir sus clases y regresaba después a un Marruecos mucho menos frecuentado por los extranjeros.

Aquella elección resultaría decisiva. El Marruecos que quedó en su memoria no fue solamente el de las ciudades monumentales, sino también el de los mercados, las carreteras, los cafés, los pequeños pueblos y la vida cotidiana que encontraba alrededor de Sefrou. Décadas después todavía podía enumerar sus recuerdos con una precisión sorprendente, desde el cielo y la luz hasta los olores, los baños, los mercados, el canto del almuédano o el antiguo mellah.

No hablaba de un paisaje olvidado. Hablaba de un lugar al que seguía regresando mentalmente más de treinta años después.

En Fès reapareció Valencia

Hay una imagen que explica especialmente bien la relación que Chirbes terminó estableciendo con Marruecos. Caminando por Fès tuvo en algún momento la sensación de estar recuperando la Valencia de su infancia.

Lo contó años después en una entrevista con M’Sur. Ante la observación de que el Mediterráneo podía parecer un espacio exótico y terminar conduciendo precisamente hacia las propias raíces, Chirbes respondió recordando que la circulación de personas, mercancías y culturas alrededor de ese mar era muchísimo más antigua que cualquier idea contemporánea de globalización.

La observación permite entender por qué su Marruecos resulta más complejo que el simple descubrimiento de un país extranjero. En determinadas calles de Fès, Chirbes reconocía elementos de un mundo mediterráneo que había conocido de niño en Valencia y que España estaba dejando atrás.

No era la primera vez que vivía fuera. Había pasado por París y conocía bien el desplazamiento y el desarraigo. Pero Marruecos ofrecía algo diferente. Estaba lo suficientemente cerca como para provocar reconocimiento y lo suficientemente lejos como para permitirle escapar, al menos durante un tiempo, de aquello que había dejado en España.

Esa mezcla de proximidad y distancia reaparecería después en su literatura. Chirbes nunca convirtió Marruecos simplemente en una postal amable y tampoco quiso presentarse como alguien capaz de comprender completamente el país por haber vivido allí. Al contrario, años después reconocería con bastante lucidez los límites de su propia mirada.

El Marruecos que se convirtió en Mimoun

Chirbes regresó a España, pero la experiencia marroquí tardó años en encontrar su forma literaria.

Sus diarios muestran que a mediados de los años ochenta todavía daba vueltas a la posibilidad de escribir una novela relacionada con Marruecos. En febrero de 1986 anotó incluso que quizá no debía leer a Paul Bowles mientras tenía en la cabeza aquella historia, precisamente porque estaba escribiendo páginas inspiradas en los años que había pasado en el país.

El proyecto acabó convirtiéndose en Mimoun, publicada por Anagrama en diciembre de 1988 y finalista aquel mismo año del Premio Herralde. Era la primera novela publicada de un escritor que ya tenía 39 años y que posteriormente construiría una obra muy diferente, pero Marruecos quedó situado para siempre en el comienzo de su trayectoria narrativa.

El protagonista de Mimoun, Manuel, es un profesor español que llega a Marruecos con intención de escribir y termina instalándose en un pueblo del Atlas. Alrededor de él aparecen españoles y marroquíes, relaciones sexuales, alcohol, soledad, violencia y personajes que parecen buscar una salida sin encontrarla. El lugar llamado Mimoun es literario, pero detrás de él resulta difícil no reconocer el paisaje vital de Sefrou y los años marroquíes de su autor.

Eso no significa que Manuel sea Rafael Chirbes ni que la novela pueda leerse como unas memorias disfrazadas.

El propio escritor rechazó esa equivalencia. Cuando le preguntaron años después hasta qué punto Mimoun reproducía su experiencia personal, explicó que el proyecto había comenzado como un cuento, después había crecido hasta convertirse en una novela muy larga y finalmente había quedado reducido a una narración breve. Su intención, reconoció, había sido escribir en parte una «novela un poco colonial».

La expresión es importante porque demuestra que Chirbes era consciente de la tradición literaria en la que se estaba introduciendo y también de sus riesgos.

Recordaba incluso que un amigo marroquí se había enfadado después de leerlo porque, a su juicio, escribía como si realmente no conociera a los marroquíes. Chirbes no escondía aquella crítica. La contaba.

Esa distancia resulta fundamental para leer hoy Mimoun. El Marruecos de la novela no pretende ser una radiografía objetiva del país y tampoco debería confundirse con él. Es un espacio literario filtrado por la mirada de un personaje español desorientado y por un escritor que estaba transformando recuerdos personales en ficción.

Algunos estudios académicos posteriores han señalado precisamente los componentes orientalistas presentes en la novela y la forma en que reproduce determinadas representaciones occidentales del mundo árabe. Chirbes, mucho antes de que esas lecturas críticas se multiplicaran, ya admitía que había buscado deliberadamente ese registro colonial y recordaba las objeciones que le había planteado al menos uno de sus amigos marroquíes.

Marruecos para hablar también de España

Pero Mimoun no nació únicamente de Marruecos. Cuando Chirbes comenzó a escribirla en serio, España vivía el entusiasmo de la modernización de los años ochenta, la Movida y la incorporación a Europa. Él contemplaba aquella celebración con una distancia considerable. Quería escribir algo doloroso y construir un personaje derrotado que hubiera abandonado España porque el mundo del que procedía tampoco le gustaba.

Marruecos le permitía colocar a ese personaje lejos de casa para hablar, paradójicamente, de lo que había dejado atrás.

Chirbes explicó que en el fondo había en la novela una idea sencilla y bastante amarga, la imposibilidad de escapar. Su protagonista busca otro lugar y descubre que cambiar de país no basta para abandonar aquello que lleva consigo. El supuesto refugio termina convirtiéndose en escenario de su propia degradación.

Ahí aparece uno de los rasgos que después recorrerían buena parte de la obra del escritor valenciano. Sus personajes intentan convivir con derrotas personales y colectivas, mientras la historia que habían imaginado para sí mismos se distancia cada vez más de la que realmente han vivido. En Mimoun, esa primera derrota ocurre en Marruecos.

Los olores y la luz que no olvidó

Chirbes continuó viajando durante décadas y convirtió parte de esos recorridos en textos periodísticos y libros como Mediterráneos y El viajero sedentario. Sin embargo, Marruecos conservó para él una intensidad diferente.

Poco antes de morir, unas fotografías de Fès enviadas por un amigo volvieron a despertar aquellos recuerdos. En su respuesta aparecieron de nuevo Sefrou y Fès, pero no como referencias abstractas de una antigua biografía. Recordó la luz, los colores, los mercados, los baños, el canto del almuédano, las jacarandas de Fès, el paseo de los plátanos de Sefrou y escenas de una vida cotidiana que habían permanecido almacenadas durante más de tres décadas.

También reconocía que el Marruecos que había conocido había cambiado. El paisaje de su memoria pertenecía inevitablemente a finales de los años setenta, del mismo modo que aquella Valencia que creyó reencontrar caminando por Fès pertenecía ya a su infancia.

Quizá por eso Marruecos ocupa un lugar tan singular en su trayectoria. Chirbes llegó intentando poner distancia entre él y España y terminó encontrando al otro lado del Estrecho fragmentos de su propio Mediterráneo. Después se marchó, dejó reposar durante años aquella experiencia y regresó a ella cuando todavía no era el novelista reconocido que llegaría a ser. Su primera novela publicada nació de ese regreso.

Mimoun apareció en 1988 y abrió una obra que terminaría llevando a Chirbes mucho más lejos, pero detrás de aquel comienzo permanecían Fès y Sefrou, los españoles que había conocido, los mercados, los olores y el paisaje del Atlas. Marruecos había sido primero un lugar al que escapar y terminó convirtiéndose en uno de los lugares desde los que empezó a escribir.

Por Faiza Rhoul
El 04/10/2026 a las 11h00