«Aquello era otro mundo», la infancia de José Luis Sampedro en Tánger

José Luis Sampedro.

El 19/07/2026 a las 12h48

Antes de convertirse en uno de los grandes escritores, economistas y humanistas españoles del siglo XX, José Luis Sampedro fue un niño en Tánger. Allí transcurrieron sus primeros doce años, en una ciudad donde escuchaba varias lenguas, veía circular monedas distintas y convivía con compañeros de diferentes religiones y nacionalidades. Décadas después, el autor de La sonrisa etrusca seguía recordando aquella infancia como un mundo excepcional. «Yo de Tánger guardo un recuerdo ideal. Aquello era otro mundo», afirmó sobre una ciudad que permaneció ligada para siempre a su memoria.

Mucho antes de convertirse en novelista, economista, catedrático, senador y miembro de la Real Academia Española, José Luis Sampedro fue un niño en Tánger. Había nacido en Barcelona en 1917, pero cuando regresaba a los primeros escenarios de su vida, sus recuerdos lo llevaban a la otra orilla del Mediterráneo. «El escenario de mi infancia fue Tánger», recordaría muchos años después.

No era una frase menor. Para Sampedro, la ciudad marroquí no fue un destino descubierto en la edad adulta, ni una escala literaria ni uno de aquellos lugares a los que un escritor llega buscando inspiración. Fue algo mucho más profundo y difícil de separar de una biografía. Fue el lugar donde aprendió a mirar el mundo.

«Tánger en los años veinte era una isla de promisión, un mundo al margen, un mundo excepcional», explicaba al evocar aquellos años. Su recuerdo estaba construido a partir de una experiencia que, vista desde la España y la Europa de la época, debía de resultar extraordinaria para un niño. «Los chicos llegábamos al colegio con diversas lenguas maternas, comprábamos golosinas con monedas diferentes, celebrábamos varias fiestas nacionales e incluso nuestro descanso semanal se repartía entre los días sagrados de tres religiones».

Sampedro había conocido desde la infancia algo que muchos tardan toda una vida en descubrir. El mundo podía hablar varias lenguas al mismo tiempo.

Una infancia al otro lado del Estrecho

José Luis Sampedro Sáez nació en Barcelona el 1 de febrero de 1917. Su padre era médico militar y la familia se trasladó a Tánger cuando él era todavía muy pequeño. Allí permaneció hasta los doce años, una etapa que ocuparía un lugar privilegiado en sus recuerdos y que él mismo reconstruiría décadas después al hablar de su formación personal y de los distintos territorios que marcaron su vida.

La ciudad que conoció era un espacio singular. El Tánger de su infancia reunía comunidades de diferentes procedencias, lenguas y religiones en un territorio que se preparaba para convertirse formalmente en Zona Internacional en 1923. Para un niño, aquella complejidad política tenía probablemente menos importancia que sus manifestaciones cotidianas. Lo que Sampedro recordaba no eran tratados diplomáticos ni equilibrios entre potencias, sino compañeros que llegaban al colegio hablando distintas lenguas, monedas diferentes pasando de mano en mano y una semana marcada por los días sagrados de varias religiones.

«En Tánger convivían todos en una sociedad muy permisiva», afirmaba.

Su memoria de la ciudad era abiertamente afectiva. «Yo de Tánger guardo un recuerdo ideal. Aquello era otro mundo».

La frase permite entender por qué resulta difícil reducir aquella etapa a una simple nota biográfica. Tánger fue el primer universo consciente de Sampedro. Antes de conocer la España en la que desarrollaría su vida adulta, antes de la Guerra Civil, antes de la universidad, la economía, la literatura y los grandes debates intelectuales que lo convertirían en una de las figuras más respetadas de la cultura española contemporánea, estuvo aquella ciudad marroquí diversa y abierta al mundo.

Aprender que el mundo podía ser plural

Resultaría tentador afirmar que todo el pensamiento humanista de Sampedro nació en Tánger. Pero hacerlo sería simplificar una vida de casi un siglo y atribuir a la infancia una relación de causa y efecto que el propio escritor no formuló necesariamente en esos términos.

Lo que sí puede afirmarse es que su primer contacto con la sociedad fue profundamente plural. Antes de que la tolerancia, la libertad y la dignidad humana se convirtieran en asuntos centrales de su pensamiento, el niño Sampedro había crecido en un entorno donde la diversidad formaba parte de la vida cotidiana.

No necesitaba que nadie le explicara que existían distintas religiones. Las veía organizar el calendario de la ciudad. No tenía que imaginar que las personas podían hablar lenguas diferentes. Las escuchaba en el colegio. Tampoco concebía las fronteras culturales como compartimentos completamente cerrados, porque su infancia había transcurrido precisamente en un lugar donde esas fronteras se cruzaban todos los días.

Años después, Sampedro desarrollaría una obra intelectual marcada por la defensa de una economía al servicio del ser humano, una mirada crítica hacia las estructuras de poder y una profunda preocupación por la libertad. Su trayectoria fue mucho más amplia que cualquier influencia recibida durante la infancia, pero resulta difícil leer sus recuerdos de Tánger sin advertir la importancia que él mismo concedía a aquella primera experiencia del mundo.

La ciudad, al menos en su memoria, representaba la posibilidad de convivir con la diferencia.

Del niño de Tánger al escritor

Después de abandonar Marruecos, la vida de Sampedro pasó por otros paisajes que también dejarían una huella profunda en su obra. Vivió en Cihuela, en la provincia de Soria, y posteriormente en Aranjuez, otra ciudad fundamental en su formación y en su universo literario. Con el tiempo llegarían la Guerra Civil, su trabajo como funcionario de aduanas, los estudios de Ciencias Económicas y una larga carrera como profesor y economista.

La literatura, sin embargo, nunca quedó al margen. Sampedro construyó a lo largo de las décadas una obra que terminaría convirtiéndolo en uno de los autores españoles más leídos de su generación. El río que nos lleva, Octubre, octubre, La sonrisa etrusca, La vieja sirena o El amante lesbiano forman parte de una trayectoria literaria que convivió durante años con su trabajo académico y su reflexión económica.

En 1990 fue elegido miembro de la Real Academia Española. Su discurso de ingreso, titulado Desde la frontera, abordó precisamente una idea que atraviesa buena parte de su pensamiento y de su literatura. La frontera no entendida únicamente como una línea que separa, sino también como un territorio desde el que es posible contemplar realidades diferentes.

Tánger no explica por sí sola esa mirada. Pero había sido, desde su infancia, uno de sus primeros territorios fronterizos.

«Aquello era otro mundo»

Con el paso de los años, la ciudad que Sampedro había conocido cambió, como cambió también el mundo que la rodeaba. Pero el Tánger de su infancia permaneció intacto en un lugar donde las ciudades suelen sobrevivir durante mucho más tiempo que en los mapas, la memoria.

Cuando hablaba de aquellos años, no reconstruía únicamente un paisaje urbano. Recordaba una forma de convivencia. La imagen que conservaba era la de una ciudad donde la diversidad no constituía una excepción, sino una parte natural de la vida.

Por eso resulta tan reveladora la sencillez de sus palabras. «Yo de Tánger guardo un recuerdo ideal».

No decía que hubiera sido una ciudad perfecta. Hablaba de un recuerdo. De la mirada de un niño que había descubierto allí la amplitud del mundo y que, décadas después, seguía regresando mentalmente a aquella experiencia.

Ese recuerdo acompañó a un hombre que terminó viviendo muchas vidas en una sola. Sampedro fue economista y novelista, profesor y académico, intelectual y divulgador. En sus últimos años se convirtió además en una referencia para generaciones mucho más jóvenes, que encontraron en su pensamiento una defensa de la dignidad humana frente a una sociedad dominada, a su juicio, por la lógica económica. Pero antes de todo eso estuvo Tánger.

El regreso de la memoria

José Luis Sampedro murió en Madrid el 8 de abril de 2013, a los 96 años. Diez años después de su desaparición, Tánger volvió a reunir su memoria.

En noviembre de 2023, un homenaje impulsado en torno al Instituto Cervantes de Tánger reunió a su viuda y colaboradora, Olga Lucas, y al catedrático y escritor José Manuel Lucía Megías para recordar su vida, su obra y su pensamiento. El programa buscaba además devolver simbólicamente al escritor a los escenarios de su infancia, con actividades dirigidas a jóvenes y un recorrido por los lugares vinculados a sus primeros años.

El homenaje tenía una dimensión especialmente significativa. No se trataba simplemente de recordar en Marruecos a un gran escritor español. Se trataba de devolver a Sampedro a la ciudad que había sido su primer mundo.

Tánger también ha preservado ese vínculo dedicándole una vía de la ciudad, un reconocimiento a la relación que el escritor mantuvo con el lugar donde transcurrieron sus primeros años.

Quizá por eso, al reconstruir su vida, resulta imposible empezar únicamente por sus novelas, sus clases de economía o sus discursos. Antes de convertirse en una de las grandes voces del humanismo español contemporáneo, José Luis Sampedro fue un niño que iba al colegio en una ciudad donde sus compañeros hablaban distintas lenguas, donde circulaban diferentes monedas y donde las fiestas de varias religiones formaban parte del mismo calendario.

Muchos años después, cuando intentó explicar lo que había sido aquel lugar, encontró una frase sencilla.

«Aquello era otro mundo». Para José Luis Sampedro, fue también el primero.

Por Faiza Rhoul
El 19/07/2026 a las 12h48