Cuando Ramón José Sender Garcés, desembarcó en el norte de Marruecos en 1923, tenía apenas veintidós años. El joven periodista aragonés fue destinado al Protectorado español en un momento especialmente convulso, apenas dos años después de la batalla de Annual y en plena campaña militar emprendida por España para recuperar el control de los territorios del Rif, donde la resistencia rifeña dirigida por Abdelkrim El Khattabi mantenía en jaque a las fuerzas españolas. Aquella experiencia acabaría dando origen a la novela que marcaría el comienzo de su gran trayectoria literaria.
La realidad que encontró en el Protectorado distaba mucho del relato patriótico que dominaba buena parte de la opinión pública española. En los puestos avanzados y los campamentos militares convivió con soldados agotados por las largas marchas, las penurias del abastecimiento, el calor, la incertidumbre y el temor constante a los ataques. Aquella experiencia le permitió conocer la guerra desde abajo, desde la mirada de quienes soportaban el peso del conflicto lejos de los despachos y de los grandes discursos. Al mismo tiempo comenzó a colaborar con El Telegrama del Rif, un periódico editado en el norte de Marruecos, donde publicó sus primeras crónicas. Diversos especialistas consideran que esos artículos ya reflejan una sensibilidad muy distinta a la dominante en la época y anticipan el profundo antibelicismo que años más tarde cristalizaría en Imán.
Más que los movimientos militares, lo que impresionó a Sender fue el coste humano de la guerra. El hambre, la sed, las enfermedades, el agotamiento físico y el abandono de muchos soldados terminaron ocupando un lugar mucho más importante en su memoria que las operaciones militares o las victorias sobre el terreno. Aquella vivencia cambiaría para siempre su literatura.
La novela que nació de una herida
Cuando Ramón J. Sender publicó Imán en 1930 no quiso escribir una novela militar al uso. Tampoco una crónica de campaña. Su propósito era contar la guerra desde el punto de vista de quienes la sufrían.

No eligió como protagonista a un general ni a un oficial condecorado. Eligió a Viance, un herrero convertido en soldado casi por azar, uno de los miles de jóvenes enviados al norte de Marruecos para combatir en una guerra que apenas comprendían.
Desde las primeras páginas desaparece cualquier rastro de heroísmo. La guerra comienza con una larga marcha de hombres «mudos, sordos, con paso resignado de autómatas», cargados con decenas de kilos de equipo bajo un sol abrasador, sin agua y sin saber siquiera hacia dónde caminan. «No se sabe a dónde se va, quizá no se vaya a ningún sitio o quizá al fin del mundo», escribe Sender.
Ese tono no abandonará ya la novela. En lugar de exaltar la disciplina o el valor militar, Sender retrata el cansancio, el miedo, las enfermedades, la suciedad de los campamentos, la arbitrariedad de algunos mandos y la incertidumbre permanente de unos soldados que sobreviven como pueden. Los muertos llegan apilados sobre los camiones, los heridos esperan turno para ser atendidos y la rutina del campamento continúa como si la tragedia formara parte del paisaje cotidiano.
La crítica considera que esa elección convirtió Imán en una de las novelas más innovadoras de su tiempo. Sender no reconstruye la guerra desde los mapas ni desde los cuarteles generales; la cuenta desde abajo, desde la mirada del soldado raso.
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Quizá ninguna frase resuma mejor esa idea que la que aparece hacia el final de uno de los capítulos. «Aquí no hay valientes», afirma uno de los personajes. Y añade inmediatamente: «Los verdaderos valientes hubieran debido comenzar por no venir». Con esa sola reflexión, Sender desmonta el mito heroico que durante años había acompañado al conflicto y convierte Imán en una profunda reflexión sobre el coste humano de la guerra.
El Rif que describe Sender
Otra de las grandes originalidades de Imán reside en su manera de representar el norte de Marruecos.
Mientras buena parte de la literatura de la época convertía Marruecos en un escenario exótico, Sender apenas se detiene en el pintoresquismo. El paisaje aparece siempre ligado a la experiencia de los soldados. Las llanuras áridas, los barrancos, los campamentos improvisados o las montañas del Rif no sirven para embellecer el relato, sino para aumentar la sensación de aislamiento, cansancio y vulnerabilidad que acompaña a los personajes.
En las primeras páginas, por ejemplo, describe «las llanuras amarillas» recorridas por convoyes de heridos, los barrancos donde resuenan los disparos o las largas columnas de soldados avanzando bajo el sol hasta perder toda noción del tiempo.
Esa mirada convierte el paisaje en un personaje más. El Rif deja de ser un simple escenario para reflejar el estado físico y emocional de quienes lo atraviesan. El territorio pesa sobre los hombres tanto como sus mochilas o sus fusiles.
Por eso Imán trasciende el contexto histórico en el que fue escrita. Sender no utiliza Marruecos como un decorado ni como un símbolo de conquista. Lo convierte en el lugar donde descubre la fragilidad del ser humano frente a la violencia y donde encuentra la voz literaria que marcaría toda su obra posterior.
El nacimiento de un gran escritor
La importancia de Marruecos en la trayectoria de Ramón J. Sender va mucho más allá de haber inspirado una novela. Muchos investigadores consideran que fue precisamente allí donde encontró la voz narrativa que definiría el resto de su obra. En Imán ya aparecen algunos de los rasgos que más tarde convertirían a Sender en uno de los grandes novelistas españoles: la atención a los personajes humildes, el rechazo de los discursos simplificadores, el interés por los dilemas morales y una profunda preocupación por la dignidad humana.
No es casualidad que, años después, esas mismas preocupaciones reaparecieran en obras tan importantes como Réquiem por un campesino español o Crónica del alba. Aunque los escenarios cambiaran, la mirada seguía siendo la misma: la de un escritor convencido de que la literatura debía acercarse a quienes la historia suele dejar en un segundo plano.
Una obra que sigue dialogando con el presente
Casi un siglo después de su publicación, Imán continúa ocupando un lugar destacado en los estudios sobre la literatura española del siglo XX. El Instituto Cervantes la presenta como una obra que trasciende el relato de la Guerra del Rif para ofrecer una reflexión sobre la condición humana frente a la violencia. Numerosos trabajos universitarios han seguido analizando su modernidad y la forma en que cuestionó los relatos heroicos de la guerra mucho antes de que ese enfoque se generalizara.
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Paradójicamente, el libro que inauguró la gran trayectoria literaria de Ramón J. Sender nació lejos de Madrid o Zaragoza. Nació en Marruecos. No porque el escritor quisiera convertir al Reino en el tema central de su obra, sino porque fue allí donde descubrió que la literatura podía contar la guerra desde el sufrimiento de las personas y no desde la gloria de los vencedores.
Quizá esa sea la mayor herencia de Imán. No solo cambió la manera de escribir de Ramón J. Sender. También abrió una nueva forma de narrar la guerra: desde la humanidad de quienes la padecen.
