Al igual que su homólogo comorense, Saïd Ali Saïd Athouman, el máximo responsable del fútbol senegalés respalda rotundamente que la gran final del Mundial 2030 se dispute en suelo africano. El torneo, que organizarán conjuntamente Marruecos, España y Portugal, arranca ya con un claro perfil histórico: será la segunda edición con tres países anfitriones —tras el torneo norteamericano de 2026— y la primera de la historia que se celebre a caballo entre dos continentes.
Para Abdoulaye Fall, la propuesta de ubicar el choque decisivo en Marruecos responde, ante todo, al «reconocimiento de la aportación histórica y continuada de África al crecimiento del fútbol internacional».
«Habrán transcurrido veinte años entre la edición de 2010 y la de 2030. África es hoy el pulmón y el principal caladero de talentos del fútbol mundial. Resulta de una lógica incontestable, por equidad y por el propio desarrollo global de nuestro deporte, que el continente vuelva a ser sede de la Copa del Mundo», señala.
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A su juicio, Marruecos reúne todos los condicionantes para encarnar esta aspiración continental mediante argumentos que califica de «fácticos y estructurales». Apoyándose en la hoja de ruta promovida por el rey Mohamed VI, Fall resalta la «inversión colosal» realizada, con ejemplos como el Complejo Mohamed VI de Maâmora, al que define como «uno de los centros de alto rendimiento referentes a escala internacional».
El dirigente senegalés detalla asimismo las fortalezas del Reino para albergar una cita de semejante envergadura: «una red de transportes de vanguardia», «una planta hotelera de máximo nivel» y «estadios alineados con los estándares más exigentes de la FIFA».
El presidente de la FSF hace hincapié también en la solidez organizativa acreditada por Marruecos tras la acogida de grandes eventos deportivos en fechas recientes. «El Reino ha demostrado su capacidad logística en la organización de competiciones de primer orden. Las infraestructuras están listas y la experiencia organizativa, también», recalca.
No obstante, Fall subraya que el impacto de este hito trasciende con creces las fronteras marroquíes. A su entender, disputar la final del Mundial en África actuaría como un «elemento catalizador para el conjunto del continente».
«Más allá del impacto mediático de los 90 minutos de juego, un acontecimiento de este nivel obliga a acelerar la modernización generalizada de los estándares», detalla.
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En este sentido, ser sede del encuentro definitivo servirá para «estimular el despliegue de instalaciones de primer nivel en otros países por un efecto de emulación, impulsar la profesionalización de la gestión deportiva y elevar las exigencias organizativas en nuestras propias competiciones continentales».
Al margen del retorno deportivo y estructural, una final mundialista en el Gran Estadio Hassan II contribuiría además, según Fall, a transformar la imagen exterior del continente. Un evento de estas dimensiones «rompe con la idea preconcebida de que la excelencia solo reside al otro lado del Mediterráneo» y evidencia que «podemos alcanzar las cotas más altas». Para la juventud africana, añade, «supone materializar el sueño en casa».
Maqueta del Gran Estadio Hassan II de Benslimane
El mensaje dirigido a la escena internacional resultaría inequívoco: «África se sienta como un socio en de igualdad de condiciones en la mesa del fútbol mundial».
Para Abdoulaye Fall, acoger en Marruecos el choque más importante del torneo «no representaría únicamente una victoria para el Reino, sino el triunfo de una África emprendedora, ganadora y consolidada como potencia deportiva global».









