Desde hace algunos años, medios españoles y publicaciones turísticas lo presentan como «el pueblo valenciano que parece Marruecos» o «la Chefchaouen española». Pero detrás de esa comparación estética se esconde una historia mucho más profunda, aquella sobre la persistencia silenciosa de una herencia andalusí que España combatió durante siglos y que hoy redescubre convertida en patrimonio cultural y atractivo turístico.
El corazón histórico de Chelva es Benacacira, un antiguo barrio andalusí cuya estructura urbana se remonta a los siglos XI y XII. La oficina de turismo local lo define directamente como la vieja medina musulmana del municipio. Sus calles estrechas y sinuosas, los callejones sin salida, los arcos y las casas encaladas conservan todavía la lógica urbana de la época islámica.
No se trata de una reconstrucción moderna ni de un decorado turístico levantado para atraer visitantes. A diferencia de otros pueblos españoles que adoptaron recientemente una identidad visual concreta para potenciar el turismo, Chelva mantiene un trazado medieval auténtico que sobrevivió a los siglos, a las conquistas y a las expulsiones.

El barrio musulmán convivió durante siglos con el barrio judío de Azoque y con las zonas cristianas y moriscas del municipio. Esa convivencia histórica dio lugar a la llamada Ruta de las Tres Culturas, uno de los principales símbolos patrimoniales de la localidad.
La presencia islámica sigue siendo visible incluso en algunos edificios religiosos. En el Arrabal se conserva la antigua mezquita de Benaeça, transformada posteriormente en ermita cristiana, pero todavía orientada hacia La Meca. Se trata de uno de los pocos ejemplos de este tipo que han sobrevivido en la Comunidad Valenciana.
El azul, entre el mito y la memoria
La otra gran seña de identidad de Chelva es el azul. Ventanas, zócalos, fuentes, lavaderos y fachadas aparecen teñidos de tonos añiles que inevitablemente evocan a Chefchaouen. La comparación se ha convertido en una constante en reportajes y publicaciones de viajes españolas.
Pero el origen de ese color sigue envuelto en una mezcla de historia y leyenda.
Algunas versiones populares sostienen que fueron los musulmanes quienes introdujeron en Chelva el gusto por el azul durante la época andalusí. Un reportaje reciente de El País recoge precisamente esa tradición oral: «Dicen que fueron los árabes los que trajeron a Chelva en el siglo XI el gusto por este color desde su Chefchaouen natal».
Otras teorías apuntan a razones mucho más prácticas: el azul ayudaba a refrescar las viviendas durante el verano y servía además para ahuyentar insectos y mosquitos.
En realidad, ambas explicaciones conviven hoy en el imaginario turístico del pueblo. Y quizá ahí reside precisamente el interés de Chelva: en la manera en que el presente mezcla memoria histórica, reinterpretación cultural y construcción estética.
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La fascinación actual por Chelva dice tanto sobre el pueblo como sobre la España contemporánea. Durante siglos, la herencia musulmana fue marginada del relato nacional dominante. Sin embargo, hoy muchos viajeros buscan precisamente aquello que recuerda a Al-Ándalus: medinas, patios, callejuelas, geometrías islámicas o fachadas encaladas.
Paradójicamente, buena parte de esa estética que hoy se asocia de inmediato con Marruecos nació también en territorio peninsular y dejó huellas profundas en ciudades y pueblos españoles.
En ese sentido, Chelva funciona casi como un espejo histórico. El visitante cree descubrir un rincón «exótico» o «marroquí», cuando en realidad está contemplando una parte olvidada de la propia historia de España.
La conexión con Chefchaouen tampoco es casual. La ciudad rifeña fue fundada en 1471 y recibió a numerosos musulmanes y judíos expulsados de Al-Ándalus tras la Reconquista. Muchos de ellos llevaron consigo tradiciones arquitectónicas, culturales y urbanas nacidas precisamente en la Península Ibérica.
