A primera vista, las paredes encaladas, los callejones estrechos y las puertas pintadas de azul parecen transportar al visitante al norte de Marruecos. Las sombras frescas que se deslizan entre pasadizos laberínticos recuerdan inevitablemente a Chefchaouen. Sin embargo, este paisaje no se encuentra al otro lado del Estrecho, sino en el interior montañoso de Valencia. Allí, entre barrancos y huertas, sobrevive Chelva, un pequeño municipio español donde la huella de Al-Ándalus continúa inscrita en las piedras, en la geometría de las calles y hasta en la manera de entender el espacio urbano.