Fue un duro alegato, de una violencia política poco habitual, el que resonó en los pasillos de Bruselas. Al margen de una reunión ministerial europea celebrada este lunes 13 de julio, el ministro español de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, atacó frontalmente a la principal fuerza de la oposición de su país, el Partido Popular (PP), al que calificó sin rodeos de formación «antimarruecos».
Este estallido diplomático se produce tras una nueva provocación procedente del aparato conservador español, que ilustra una vez más la deriva de una derecha abiertamente desconectada de las realidades geopolíticas contemporáneas y de los intereses estratégicos de su propio país. La chispa que encendió la polémica fue un artículo publicado por el expresidente del Gobierno español Mariano Rajoy en el diario El Debate. En una intervención con evidentes tintes xenófobos, la figura destacada del PP reincidió en el racismo al afirmar que la selección francesa de fútbol «no cuenta con jugadores franceses». El telón de fondo no es otro que el próximo duelo entre España y Francia en las semifinales del Mundial.
Una declaración considerada «absolutamente inaceptable» por la diplomacia española, que obligó a José Manuel Albares a ponerse urgentemente en contacto con su homólogo francés para tranquilizarlo y asegurarle que esas palabras no reflejaban en absoluto la posición oficial de Madrid. El ministro exigió al actual líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, que desautorizara de inmediato a su predecesor, al tiempo que instó al medio de comunicación a rectificar urgentemente.
Más allá del caso francés, Albares aprovechó la ocasión para denunciar la toxicidad general de la retórica del PP hacia sus vecinos, criticando su incapacidad crónica para manejar el arte de la diplomacia. «Desde hace tiempo se trata de un partido antimarruecos, que adopta posiciones abiertamente hostiles a esta excepcional etapa de amistad que mantenemos con Marruecos», explicó Albares.
Agitación estéril
El jefe de la diplomacia española también criticó las maniobras del PP destinadas a deteriorar las relaciones con Argel mediante la difusión de informaciones falsas. Todo ello mientras el régimen de Argel ha cedido ante la firmeza de Madrid en su apoyo a Marruecos en la cuestión del Sáhara, después de haber suspendido durante un tiempo su tratado de amistad con España, reducido sus exportaciones de gas y llamado a consultas a su embajador. «Entiendo que no todo el mundo domine varios idiomas, pero hay uno que todos deberían hablar: el del buen vecindario, la amistad y las grandes alianzas», replicó Albares.
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Esta aclaración de Albares pone de relieve el insano y cada vez más aislado doble juego del Partido Popular. Mientras la soberanía marroquí sobre el Sáhara está ya consolidada en el plano internacional, el partido de Alberto Núñez Feijóo multiplica las iniciativas anacrónicas para sabotear las relaciones bilaterales. Esta hostilidad se articula en torno a varios ejes sistemáticos. El PP ha presentado una «propuesta» en la que exige al Gobierno español que dé marcha atrás en su apoyo al plan de autonomía marroquí. El partido reclama incluso una partida de 7 millones de euros para los campamentos de Tindouf, tratando de otorgar peso político a un movimiento separatista contra las cuerdas.
A ello se suma una auténtica escalada soberanista, materializada en la reciente organización de una reunión de la dirección del PP en Melilla, orquestada por Feijóo con el pretexto de defender la soberanía española y que constituye una burda puesta en escena electoralista. El objetivo es agitar el fantasma de una imaginaria «amenaza marroquí» entre el electorado conservador. Además, el PP arremete regularmente contra las importaciones agrícolas marroquíes bajo el pretexto de una «competencia desleal», llegando incluso a inventar una supuesta evasión fiscal relacionada con los tomates para seducir al electorado agrícola español.
«Al empeñarse en dar cabida al Polisario en sus mítines o en atacar los intereses económicos hispano-marroquíes, el PP no defiende a España. Al contrario, pone en peligro sus propios intereses estratégicos. Los sectores agrícola, logístico y de seguridad españoles dependen estructuralmente de la cooperación con Rabat», señala este observador. Al atacar a Marruecos, o incluso a Francia, el PP se hunde en un aislamiento estéril, avanzando decididamente a contracorriente de la historia
