Lo que comenzó como una celebración de la clasificación de España para las semifinales del Mundial terminó convirtiéndose en una polémica política sobre Marruecos, la inmigración y, en última instancia, sobre quién puede ser considerado francés.
El expresidente del Gobierno español Mariano Rajoy publicó el pasado 10 de julio una columna titulada «Hoy llegó el desquite», tras la victoria de España frente a Bélgica. En ella, el antiguo dirigente del Partido Popular celebra el pase de la Roja a semifinales y analiza a sus posibles rivales, pero intercala varias afirmaciones que van mucho más allá del terreno deportivo.
La primera tiene como protagonista a Marruecos. Al repasar el recorrido de Bélgica en el Mundial, Rajoy recuerda su victoria frente a Senegal, selección a la que presenta como «finalista en la última Copa de África después de que algún jerarca le birlara el título ganado en buena ley y se lo regalara a Marruecos».
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Rajoy se erige así en juez: decide quién fue el verdadero ganador, sentencia que Marruecos recibió un título que no le correspondía y atribuye el desenlace a una supuesta intervención externa. Todo ello antes de que la instancia judicial competente se pronuncie definitivamente sobre el asunto.
Resulta especialmente llamativo que una acusación de este calibre aparezca, casi de pasada, en una columna dedicada a celebrar la clasificación de España para las semifinales del Mundial. Marruecos ni siquiera era el rival de la Roja en el partido que motivó el artículo, pero Rajoy encuentra espacio para cuestionar la legitimidad de uno de sus títulos y presentar como una certeza lo que todavía debe dirimirse ante la justicia.
Un expresidente del Gobierno conoce —o debería conocer— la diferencia entre criticar una decisión deportiva y convertir una opinión en sentencia. Afirmar que un título fue «birlado» a una selección y «regalado» a otra, mientras el caso sigue pendiente de una decisión judicial, no es analizar los hechos: es tomar partido y dar por probado aquello que precisamente está por resolver.
Una Francia «sin franceses»
La frase más polémica de la columna llega, sin embargo, cuando Rajoy analiza a Francia, próximo rival de España en las semifinales. Tras reconocer que Les Bleus tienen «una plantilla de altísimo nivel», añade cuatro palabras: «Eso sí, sin franceses».
¿Sin franceses? Los jugadores a los que Rajoy parece negar esa condición son ciudadanos franceses, muchos de ellos nacidos y formados en Francia, y visten la camiseta de su país. La frase del expresidente introduce así una distinción inquietante entre quienes serían franceses de verdad y quienes, pese a serlo legalmente y representar a Francia, aparentemente no merecerían ser considerados como tales.
Rajoy no explica qué criterio utiliza para decidir quién es francés y quién no. Pero si la nacionalidad no basta, ni tampoco haber nacido, crecido o desarrollado toda una vida en un país, la pregunta resulta inevitable: ¿qué queda entonces? ¿El apellido? ¿El origen de los padres? ¿El color de la piel?
Pedro Sánchez no tardó en responder. «Hay quien todavía mide la pertenencia por el apellido, el lugar de nacimiento o el color de piel», escribió el presidente del Gobierno español, que calificó directamente las palabras de Rajoy de «declaraciones xenófobas».
«Otros la medimos por el arraigo a un país y la voluntad de contribuir a él. Jugando al fútbol. Cuidando a nuestros mayores. O abriendo negocios», añadió Sánchez. «España es de quien la ama y la trabaja. No de quien la avergüenza con declaraciones xenófobas».
La respuesta no es casual. La frase «sin franceses» reproduce una vieja forma de cuestionar la pertenencia de ciudadanos europeos de origen inmigrante, pueden haber nacido en el país, tener su nacionalidad e incluso defender su camiseta, pero siguen siendo presentados como extranjeros. Una lógica que, aplicada hasta sus últimas consecuencias, convierte el origen familiar en una especie de frontera permanente.
La columna tampoco oculta su carga política. Al recordar que los jugadores de Bélgica son conocidos como los Diablos Rojos, Rajoy escribe que no le gustan «ni los diablos, ni los rojos», salvo cuando el rojo es el de la camiseta de España. «Basta con mirar hacia atrás o, simplemente, ver lo que sucede hoy en nuestro país», añade, en una evidente referencia a la izquierda española.
Pero una cosa es el juego de palabras político y otra negar la nacionalidad de todo un grupo de jugadores por su origen. Rajoy fue presidente del Gobierno de un país en el que millones de ciudadanos tienen raíces fuera de España. También fue presidente de todos ellos. Por eso, cuando un antiguo jefe del Ejecutivo escribe que una selección nacional juega «sin franceses», la pregunta no afecta únicamente a Francia, ¿aplicaría el mismo criterio a los españoles de origen marroquí, senegalés, latinoamericano o de cualquier otra procedencia?
Sánchez cerró su respuesta mirando ya al partido: «Francia, nos vemos en semifinales. Que gane el mejor y que pierda el racismo».
La semifinal se jugará sobre el césped. Pero Rajoy ha abierto otra discusión fuera de él, la de quién puede ser considerado plenamente ciudadano de un país. Y, sobre todo, quién se cree con derecho a decidirlo.
