Varios son los ejemplos que muestran que, en la lógica comunicativa propia del trumpismo, el verdadero poder de la presión discursiva no depende tanto de la viabilidad real de materializar la amenaza, cuanto de su efectividad para configurar percepciones públicas, influir en los comportamientos de los actores involucrados e imponer un determinado marco narrativo del conflicto.
De esta manera, la comunicación diplomática trasciende su rol tradicional de mero apoyo a la negociación y se erige como un instrumento de poder autónomo y central, capaz de alterar realidades políticas antes incluso de que se produzcan movimientos concretos en el tablero internacional.
Este último aspecto resulta particularmente interesante desde la perspectiva de la comunicación política y de la guerra cognitiva. Trump no utiliza la amenaza únicamente como instrumento diplomático clásico, la convierte en un acto performativo de comunicación. Su objetivo no es solo modificar la posición negociadora del adversario, sino alterar su estado cognitivo y emocional, generar incertidumbre y obligar a negociar bajo presión. La comunicación deja así de ser un simple vehículo de información para convertirse en un auténtico instrumento de poder y de influencia psicológica.
De un “terrible socio” a una “España generosa”
La aparente contradicción entre el Trump que descalifica a España y el que, pocas horas después, la colma de elogios responde menos a un cambio de criterio que a una lógica negociadora característica de su estilo de comunicación. En la reciente cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, pasó de calificar a España como un «terrible socio» e incluso de amenazar con represalias comerciales, a afirmar: «España volvió completamente. Hoy España fue muy generosa». Según sus propias declaraciones, este giro obedecía a que Madrid habría aceptado una «importante solicitud de pago» relacionada con la OTAN, sin precisar nunca la naturaleza exacta de ese supuesto compromiso.
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Lejos de constituir una incoherencia, esta oscilación entre la descalificación y el elogio ilustra una estrategia de negociación eminentemente transaccional. Un claro ejemplo de esta lógica ocurrió en plena crisis del estrecho de Ormuz. El 7 de abril de 2026, la escalada verbal de Trump alcanzó su punto critico al amenazar públicamente a Irán con una de sus declaraciones más radicales: «Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás». La amenaza, proferida justo antes del vencimiento del ultimátum, ejemplifica cómo la presión discursiva trumpista busca moldear percepciones y condicionar al adversario. Sin embargo, una vez generada la máxima tensión, Trump regresó a la mesa de negociaciones.
Las relaciones internacionales como una sucesión de amenazas y elogios
El actual presidente estadounidense tiende a concebir las relaciones internacionales como una sucesión de acuerdos en los que resulta esencial elevar inicialmente el nivel de confrontación para incrementar la presión sobre el interlocutor. Una vez percibido algún gesto de acomodación, el discurso cambia de registro y el reconocimiento público pasa a desempeñar la función de recompensa simbólica, reforzando el comportamiento que se pretende consolidar. En este esquema, las relaciones entre Estados quedan subordinadas a una lógica altamente personalizada, en la que la valoración de un país depende menos de vínculos históricos o de intereses estratégicos permanentes que de la respuesta inmediata de sus dirigentes a las demandas formuladas por Washington.
La alternancia entre amenaza, descalificación y elogio constituye, por tanto, uno de los rasgos distintivos de la comunicación política de Trump. La imprevisibilidad deja de ser una anomalía para convertirse en un recurso deliberado de influencia, al mantener a sus interlocutores en un estado permanente de incertidumbre, reduce su capacidad de anticipación, condiciona su margen de maniobra y fortalece su propia posición negociadora. Desde esta perspectiva, la comunicación no solo acompaña la negociación, sino que forma parte de ella como un auténtico instrumento de coerción psicológica y de construcción de poder.
Cabe recordar en este contexto que el presidente estadounidense Richard Nixon había popularizado la denominada «teoría del loco» (Madman Theory), una estrategia geopolítica de la Guerra Fría, que consiste en hacer creer a los adversarios que la otra parte es irracional e impredecible, capaz de cualquier cosa, incluso de una escalada nuclear, con el fin de generar incertidumbre en los oponentes y obligarlos a ceder o negociar en términos más favorables.
Vaivenes en la estrategia del dirigente fuera de control
Desde la perspectiva de la comunicación política, este episodio ilustra con claridad la estrategia del dirigente imprevisible y fuera de control, que proyecta deliberadamente la imagen de estar dispuesto a adoptar decisiones extremas o desproporcionadas e incluso aparentemente irracionales (expulsar a España de la OTAN) con el fin de alterar los cálculos de sus interlocutores. La incertidumbre deja así de ser un efecto colateral de la negociación para convertirse en un instrumento estratégico de influencia, orientado a inducir concesiones mediante la percepción de un riesgo difícilmente controlable.
Paradójicamente, el insulto en las declaraciones de Trump en Ankara, no generó demasiada extrañeza, el elogio, sí. La descalificación de España como «terrible socio» fue recibida en los medios españoles de información casi como una manifestación más del repertorio discursivo habitual de Donald Trump. En cambio, su repentino cambio de tono - «Hoy se han portado de maravilla. España ha sido muy generosa» - desconcertó a numerosos medios españoles, que comenzaron a interrogarse sobre las razones de semejante viraje. El foco del debate dejó de situarse en la agresividad verbal del presidente estadounidense, sobradamente conocida, para desplazarse hacia la comprensión del mecanismo que explicaba el tránsito del insulto al elogio. En realidad, más que una contradicción, esos vaivenes constituyen una de las señas de la estrategia comunicativa de Trump, basada en la alternancia.
En este marco, la alternancia entre el insulto y el elogio no debe interpretarse como una muestra de incoherencia o improvisación, sino como dos momentos complementarios de una misma secuencia comunicativa, la presión inicial busca desestabilizar y aumentar el coste de la resistencia, mientras que el reconocimiento posterior actúa como mecanismo de validación de la conducta esperada. Más que un cambio de opinión, se trata de una técnica de negociación basada en la combinación de coerción, incertidumbre y recompensa. Esta lógica ha atravesado buena parte de la política exterior de Donald Trump y permite comprender, en gran medida, los recurrentes vaivenes de su discurso hacia aliados y adversarios, entre ellos España.
Lo que realmente cambió en la posición de España
Ahora bien, la cuestión de fondo sigue siendo otra, qué cambió realmente en la posición de España para justificar un giro tan brusco en el discurso de Donald Trump? A día de hoy, no existen indicios concluyentes de que el Gobierno español haya modificado sustancialmente su postura en materia de defensa o de financiación de la OTAN. Lo que sí parece haber cambiado es la percepción construida por Trump de que Madrid realizó un gesto suficiente para presentar el desenlace de la negociación como una victoria política propia.
Pueden plantearse, al menos, dos interpretaciones. La primera es que España aceptara algún compromiso financiero o una contribución adicional en el marco de la OTAN. Esta fue, de hecho, la explicación sugerida por el propio Trump al afirmar que Madrid había accedido a una «importante solicitud de pago». Sin embargo, ni la Casa Blanca ni el Gobierno español han precisado en qué consistía exactamente dicho compromiso.
Una segunda posibilidad es que no se produjera un cambio de naturaleza estratégica, sino únicamente un ajuste táctico. España mantiene oficialmente sus reservas respecto al objetivo de destinar el 5 % del PIB al gasto en defensa y no ha anunciado una modificación de esa posición. En consecuencia, el eventual acuerdo podría haberse limitado a aspectos específicos - como el refuerzo de determinadas capacidades militares, nuevos despliegues o contribuciones puntuales a programas de la Alianza - sin alterar la orientación general de la política española.
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Desde el análisis del discurso, el elemento más significativo no reside, por tanto, en un eventual cambio de España, sino en la reconfiguración del marco narrativo empleado por Trump. En pocas horas, el encuadre punitivo - «España es un mal socio» - fue reemplazado por un encuadre de recompensa - «España ha sido muy generosa» -. El objetivo del discurso permanece inalterado, inducir a los aliados a alinearse con las prioridades estratégicas de Washington. Lo que cambia es la valoración pública del interlocutor una vez que el presidente estadounidense considera haber alcanzado el resultado deseado.
En consecuencia, la cuestión decisiva sigue abierta: existió realmente una concesión sustancial por parte de España o asistimos, más bien, a una operación de construcción discursiva destinada a presentar un éxito político? Mientras no se conozca el contenido preciso de la supuesta «solicitud de pago» mencionada por Trump, ambas hipótesis continúan siendo plausibles. Precisamente esa ambigüedad constituye uno de los rasgos más característicos de su forma de negociar: la incertidumbre no solo condiciona a los interlocutores durante la negociación, sino que también prolonga sus efectos una vez concluida, manteniendo el control sobre el relato y sobre la interpretación pública del desenlace.
La BBC informó de que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, mantuvo una conversación informal con Donald Trump al margen de la cumbre y subrayó posteriormente que las relaciones entre ambos países continúan siendo «muy positivas». Sin embargo, el jefe del Ejecutivo evitó revelar el contenido de ese intercambio o precisar qué pudo haber motivado el repentino cambio de tono del presidente estadounidense, que pasó de la amenaza al elogio en apenas unas horas.
Esta ausencia de información resulta, en sí misma, un elemento de interés desde la perspectiva de la comunicación política. El silencio institucional rara vez es neutro, puede responder a una estrategia deliberada de control del relato, especialmente cuando la divulgación de determinados compromisos podría generar controversias políticas internas, ya sea en relación con el gasto en defensa, el uso de infraestructuras militares, nuevos despliegues o cualquier otro aspecto sensible de la cooperación estratégica.
Una llamativa asimetría comunicativa
Desde un punto de vista analítico, el episodio presenta una llamativa asimetría comunicativa. Mientras que el giro discursivo de Trump se produjo de forma pública, explícita y ampliamente mediatizada, la eventual evolución de la posición española permanece envuelta en una notable opacidad. Este desequilibrio genera un vacío narrativo que inevitablemente alimenta interpretaciones y especulaciones en el espacio mediático. No obstante, en ausencia de información oficial verificable, no puede afirmarse que España realizara una concesión sustancial. Lo que sí puede sostenerse es que Trump logró instalar en la esfera pública la percepción de haber obtenido una victoria negociadora, independientemente de que esta correspondiera o no a un cambio real en la posición española.
Según la agencia Reuters, Pedro Sánchez evitó referirse al aumento del gasto militar, pero anunció un nuevo despliegue - sin especificar - de tropas españolas en Finlandia para incorporarse a la misión Arctic Sentry de la OTAN, concluyendo con una frase significativa: «Los hechos son los hechos». Este mensaje parece desplazar deliberadamente el debate desde los porcentajes de inversión hacia las contribuciones operativas, sugiriendo que el compromiso de España con la Alianza debe medirse por las capacidades militares y las misiones asumidas, más que por el volumen del gasto.
Cabe preguntarse si este anuncio pudo influir en el repentino cambio de tono de Donald Trump. Aunque la coincidencia temporal resulta llamativa, no existen pruebas que permitan establecer una relación causal, por tanto, conviene ser prudente, no existe hasta el momento una confirmación oficial de que el despliegue español en Arctic Sentry fuera la "importante solicitud de pago" a la que aludió Trump. Es posible que Trump interpretara este despliegue como una respuesta suficiente para presentar públicamente una victoria negociadora, también es posible que se tratara de una decisión ya prevista por la OTAN, posteriormente incorporada por el presidente estadounidense a su propio relato de éxito.
En cualquier caso, ambos líderes parecen haber construido narrativas distintas sobre un mismo episodio: mientras Trump pudo presentar el despliegue como el resultado de su presión, Sánchez insistió en que el compromiso español debía juzgarse por los hechos y no por las declaraciones. Esa diferencia narrativa permite explicar que ambos pudieran proyectar una imagen de éxito sin necesidad de reconocer públicamente concesiones recíprocas.
En otras palabras, la victoria comunicativa parece, por el momento, más evidente que la victoria diplomática. Esta distinción resulta fundamental para comprender la lógica de la comunicación política contemporánea, en ocasiones, la construcción pública de la percepción de éxito adquiere tanta o más importancia que el contenido efectivo de los acuerdos alcanzados. En este sentido, la gestión del relato se convierte en un componente inseparable del propio proceso de negociación.
Más allá de los vaivenes discursivos entre la confrontación y la distensión, Pedro Sánchez sabe que las relaciones entre Washington y Madrid no pueden entenderse al margen de los marcos institucionales de la Unión Europea y de la OTAN, que limitan el margen para una confrontación bilateral prolongada. De ahí que, frente a la retórica amenazante de Trump, el presidente español optara por una estrategia de desescalada. Al afirmar que ambos habían «hablado de fútbol y del Mundial» en una «conversación informal», sin «ninguna tensión» y «con buen humor», Sánchez trató de desplazar el foco desde la confrontación pública hacia la normalidad diplomática, proyectando la imagen de que, más allá del ruido mediático, el diálogo entre ambos dirigentes seguía desarrollándose en un clima de cooperación.
Eficacia comunicativa más allá de la viabilidad jurídica
Por tanto, desde el punto de vista de la comunicación política y de las relaciones internacionales, las amenazas de Trump no deben interpretarse únicamente en función de su viabilidad jurídica o institucional, sino también de su eficacia comunicativa y negociadora. En realidad, la credibilidad de las amenazas de Donald Trump no depende necesariamente de que puedan ejecutarse en todos sus términos.
España no es un actor aislado, sino un Estado miembro de la Unión Europea y de la OTAN, lo que limita considerablemente el margen de maniobra de Washington para adoptar represalias exclusivamente bilaterales. Cualquier medida de gran alcance tendría inevitables repercusiones sobre el conjunto de la Alianza Atlántica y sobre las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea. Precisamente por ello, las amenazas de Trump deben entenderse menos como anuncios de políticas inminentes que como instrumentos de presión psicológica y de negociación, destinados a alterar los cálculos del interlocutor y a crear un clima de incertidumbre favorable a sus objetivos. Trump no necesita cumplir todas sus amenazas, le basta con que sean percibidas como suficientemente plausibles para producir efectos políticos y cognitivos. En otras palabras, el verdadero objetivo no siempre es cambiar la política del adversario, sino modificar su percepción del coste de resistirse.
Un mensaje a la opinión pública española
Dicho esto, no debe descartarse otra lectura posible de este comportamiento discursivo de Trump hacia Sánchez. Lejos de pretender desestabilizarlo en sentido estricto, su estrategia parecería orientada fundamentalmente a deslegitimarlo como adversario ideológico, erosionando su credibilidad y autoridad ante la opinión pública. Teniendo en cuenta las elecciones generales en el horizonte (junio de 2027), las declaraciones de Donald Trump pueden interpretarse no solo como un instrumento de presión diplomática, sino también como un mensaje dirigido al espacio político interno español. Desde esta perspectiva, la comunicación internacional deja de tener como único destinatario al Gobierno de Pedro Sánchez y pasa a interpelar también a la opinión pública y a los distintos actores políticos nacionales.
No puede descartarse que esta estrategia persiga, al menos en parte, erosionar la imagen del ejecutivo socialista, presentándolo como un aliado poco fiable o insuficientemente comprometido con las prioridades de Washington. En términos de comunicación política, este tipo de encuadre (framing) puede contribuir a reforzar los argumentos de los sectores de la oposición que cuestionan la política exterior y de defensa del Gobierno.
Ahora bien, no existe evidencia pública que permita afirmar que el objetivo de Trump sea influir directamente en el resultado de las próximas elecciones españolas o favorecer explícitamente a una determinada fuerza política. Lo que sí puede sostenerse es que sus intervenciones producen efectos políticos internos, al alterar la agenda mediática, intensificar la polarización y ofrecer nuevos recursos argumentativos a los distintos actores del debate nacional.
Este contexto resulta especialmente significativo si se considera que Pedro Sánchez ha tratado de proyectar, en los últimos años, un liderazgo internacional vinculado a posiciones progresistas, impulsando iniciativas y foros de cooperación con gobiernos y partidos de izquierda en América Latina, además de promover una agenda social y multilateral en el ámbito europeo. Esa proyección internacional puede convertirlo en un interlocutor ideológicamente distante de la visión defendida por Trump, cuya política exterior ha privilegiado relaciones con gobiernos y líderes de orientación conservadora y nacionalista.
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En esta misma lógica, Trump nunca ocultó su apoyo a candidatos y líderes de derecha en América Latina. Muy al contrario, lo exhibió de forma abierta y estratégica. Apoyó públicamente a Jair Bolsonaro en Brasil, celebró la victoria de Javier Milei en Argentina, mostró afinidad con Nayib Bukele en El Salvador y, más recientemente, felicitó efusivamente a Abelardo de la Espriella tras su victoria en las elecciones presidenciales de Colombia. Trump lo elogió llamándolo “el Tigre”, expresó su disposición a colaborar estrechamente con él y afirmó que será “un gran presidente” para construir una relación sólida entre ambas naciones. Al mismo tiempo Trump se pronunció repetidamente contra gobiernos de izquierda en Venezuela, Nicaragua, Cuba y México. Esta actitud transparente y deliberada convirtió su respaldo a la derecha regional en un elemento central de su discurso, enmarcándolo como parte de una lucha global contra el “socialismo” y la influencia de potencias como China o Rusia en el hemisferio
Desde esta óptica, la retórica trumpista también puede entenderse como parte de una estrategia global de comunicación política en la que la presión verbal sobre gobiernos ideológicamente distantes adquiere un valor principalmente funcional de influencia política y polarización ideológica. Más allá de su impacto directo sobre el país objetivo, esta presión sirve para consolidar su base electoral interna y enviar un mensaje claro al resto del mundo sobre su visión del orden internacional.
