En la cumbre de la OTAN celebrada los días 7 y 8 de julio de 2026 en Ankara, España pasó de ser presentada como un «socio terrible», merecedor de posibles represalias comerciales, a convertirse en un aliado ejemplar: «España ha vuelto completamente. Hoy España fue muy generosa». Lejos de responder a una simple contradicción, esta oscilación entre el insulto y el elogio constituye un recurso característico del estilo de comunicación del presidente Donald Trump.
Desde el inicio de su primera campaña presidencial hacia la Casa Blanca, una amplia mayoría de analistas políticos subestimó las posibilidades de éxito de Donald Trump, convencida de que un discurso tan provocador y disruptivo difícilmente podría conducir a la victoria electoral. Sus propuestas - la construcción de un muro en la frontera con México, la revisión de los acuerdos comerciales, las restricciones migratorias o su retórica abiertamente confrontacional - fueron interpretadas como síntomas de una candidatura marginal más que como los elementos de una estrategia política eficaz. Sin embargo, este diagnóstico partía de un supuesto discutible: que el contenido programático era el principal determinante del comportamiento electoral. Lo que muchos analistas pasaron por alto fue que el éxito de Trump descansaba menos en la racionalidad de sus propuestas que en la extraordinaria eficacia de su estilo de comunicación. Su capacidad para construir una narrativa populista, emocional, agresiva e informal, terminó resultando mucho más persuasiva que los programas políticos cuidadosamente elaborados de sus adversarios, alterando profundamente las reglas convencionales de la competición electoral.
Diversos estudios han puesto de relieve en este contexto, que el éxito de Donald Trump no puede explicarse únicamente por el contenido de su programa político, sino también - y quizás, sobre todo - por la eficacia de un estilo de comunicación marcadamente populista, caracterizado por la provocación, el dinamismo y la informalidad. Frente a los programas cuidadosamente elaborados de sus adversarios, su discurso consiguió conectar con amplios sectores del electorado mediante recursos expresivos más simples, emocionales y directos, donde la transgresión discursiva deja de ser un exceso retórico para convertirse en un auténtico instrumento de liderazgo político.
La ruptura de las convenciones como recurso de poder
Estas investigaciones aportan, además, importantes implicaciones para el estudio de la percepción política. Sus resultados muestran que la valoración que los ciudadanos hacen de los líderes no depende exclusivamente de sus propuestas, sino también de señales indirectas de naturaleza no verbal y paraverbal, como la calidad de la voz, el ritmo de la intervención, el lenguaje empleado o el estilo comunicativo. Tales elementos suelen ejercer una influencia desproporcionada porque su procesamiento exige un esfuerzo cognitivo mucho menor que el análisis detallado de programas electorales complejos. En otras palabras, los votantes tienden a responder con mayor rapidez a la forma en que se transmite un mensaje que a la consistencia de su contenido.
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Aunque resulta difícil determinar si estos rasgos obedecen a estrategias de comunicación cuidadosamente diseñadas o a hábitos expresivos interiorizados, la evidencia empírica sugiere que una parte significativa del electorado muestra una especial receptividad hacia estilos discursivos percibidos como espontáneos, informales y directos. Ello confirma que, en la política contemporánea, la eficacia comunicativa depende tanto del modo de decir las cosas como de aquello que realmente se dice, desplazando progresivamente el centro de gravedad de la competición electoral desde el contenido programático hacia la construcción performativa del liderazgo.
Desde esta perspectiva de la comunicación política, Donald Trump representa un caso prácticamente sin precedentes entre los líderes politicos contemporáneos. Su capacidad para desintermediar la comunicación política, prescindiendo de los canales tradicionales para dirigirse directamente a la opinión pública, se combinó con una constante ruptura de las normas retóricas asociadas a la función presidencial. La provocación, la hipérbole, la descalificación personal, el humor corrosivo y la espectacularización del conflicto dejaron de ser recursos marginales para convertirse en los ejes estructurantes de su discurso. Alimentado por su experiencia como empresario y figura de la telerrealidad, Trump construyó una identidad comunicativa propia, en la que la imprevisibilidad y la transgresión no constituían simples rasgos de estilo, sino auténticos instrumentos de liderazgo, movilización y negociación política.
En el universo comunicativo de Donald Trump, la transgresión discursiva adquiere una función estructurante. Lejos de constituir una simple desviación de las normas del lenguaje político, se convierte en un mecanismo de construcción del liderazgo, capaz de producir simultáneamente visibilidad mediática, identificación emocional, diferenciación respecto a las élites tradicionales y presión sobre los adversarios. La ruptura de las convenciones deja así de ser un riesgo para transformarse en un recurso de poder.
Del discurso electoral a la comunicación internacional
Este estilo de comunicación no se ha limitado, sin embargo, al ámbito de los discursos electorales. Con el tiempo, se ha extendido también a la estrategia argumentativa de Donald Trump en el terreno de la comunicación internacional y, de manera muy particular, a sus métodos de negociación con otros líderes políticos. La grandilocuencia, la dramatización del conflicto y el recurso constante a la amenaza, no aparecen únicamente como herramientas de movilización electoral, sino como instrumentos de presión diplomática destinados a desestabilizar psicológicamente a sus interlocutores y a alterar el marco de la negociación. El mismo estilo que moviliza emocionalmente al electorado - basado en la simplificación, la confrontación y la afirmación de fuerza - se traslada al escenario diplomático, donde la negociación es presentada como una competición de voluntades en la que la capacidad de intimidar, sorprender o desorientar al adversario puede resultar tan importante como los argumentos sustantivos. En este sentido, la comunicación trumpista no solo busca persuadir, sino también alterar el equilibrio psicológico de la interacción, convirtiendo la incertidumbre en un recurso estratégico de negociación.
En numerosas ocasiones, Trump ha recurrido a anuncios abruptos, advertencias públicas, ultimátums comerciales o cuestionamientos de alianzas tradicionales con el fin de crear incertidumbre y modificar la relación de fuerzas, antes incluso de iniciar una negociación formal. Desde esta perspectiva, la comunicación deja de ser un simple vehículo de transmisión de posiciones y se convierte en una auténtica herramienta de poder. La amenaza, la imprevisibilidad y la ruptura de las convenciones diplomáticas actúan entonces como mecanismos de presión orientados a obtener concesiones, obligando a los interlocutores a reaccionar dentro de un entorno deliberadamente inestable. En este modelo de comunicación diplomática, la incertidumbre no constituye un efecto colateral de la negociación, sino un recurso estratégico deliberadamente cultivado. La creación de un clima de tensión permanente, el recurso a declaraciones maximalistas y la formulación de amenazas públicas persiguen un mismo objetivo: alterar el equilibrio psicológico de la negociación y desplazar la iniciativa hacia quien consigue imponer el ritmo y los términos del intercambio.
Esta lógica comunicativa ha caracterizado buena parte de la acción internacional de Donald Trump. Así ocurrió en la guerra comercial con China, donde la amenaza recurrente de imponer nuevos aranceles se convirtió en un instrumento permanente de presión, en la renegociación del Tratado de Libre Comercio con Canadá y México, durante la cual utilizó reiteradamente la posibilidad de abandonar el acuerdo para forzar concesiones, en sus relaciones con la Unión Europea, cuestionando de forma sistemática los desequilibrios comerciales y el reparto de las cargas dentro de la OTAN, o incluso en sus contactos con Corea del Norte, alternando amenazas de una dureza extrema con gestos inesperados de acercamiento, en una calculada estrategia de desestabilización del interlocutor.
Descalificar al interlocutor para negociar bajo presión
Este mismo patrón volvió a manifestarse durante la cumbre de la OTAN celebrada los días 7 y 8 de julio de 2026 en Ankara (Turquia). Trump recurrió nuevamente a la presión pública, criticando la posición española sobre el gasto en defensa e insinuando incluso posibles represalias comerciales si España persistía en apartarse de los objetivos fijados por Washington. La negociación dejó así de desarrollarse exclusivamente en los canales diplomáticos tradicionales para trasladarse al espacio mediático, donde la exposición pública del interlocutor se convierte en un instrumento adicional de presión. Basta recordar el tenso encuentro entre Donald Trump y Volodímir Zelenski en el Despacho Oval, convertido en un acontecimiento mediático de alcance mundial. Más allá del contenido de la conversación, lo verdaderamente significativo fue la escenificación pública de la presión ejercida sobre el dirigente ucraniano. El destinatario del mensaje ya no era únicamente Zelenski, sino también el resto de los aliados de Estados Unidos, las opiniones públicas nacionales e internacionales e, incluso, los mercados. La negociación abandonaba así la discreción propia de la diplomacia clásica para convertirse en un espectáculo político cuidadosamente amplificado por los medios de comunicación.
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El episodio de Ankara resulta especialmente revelador, porque Trump no se limitó en la cumbre de la OTAN a emplear la amenaza como mecanismo de presión, sino que articuló una secuencia discursiva basada en la descalificación del interlocutor y en la alternancia entre el castigo simbólico y la recompensa verbal. En cuestión de horas, España pasó de ser presentada como un «socio terrible», merecedor de posibles represalias comerciales, a convertirse en un aliado ejemplar: «España ha vuelto completamente. Hoy España fue muy generosa». Lejos de responder a una simple contradicción, esta oscilación entre el insulto y el elogio constituye un recurso característico de su estilo negociador.
El mensaje implícito es claro: la legitimidad y el reconocimiento del interlocutor dependen de su disposición a satisfacer las exigencias formuladas por Washington. Trump justificó este repentino cambio de tono alegando que el Gobierno español había aceptado una «importante solicitud de pago» relacionada con la OTAN, aunque evitó precisar el contenido concreto de esa supuesta concesión. La eficacia de esta estrategia reside precisamente en la ambigüedad, permite proyectar la imagen de una victoria negociadora sin necesidad de revelar los términos reales del acuerdo, manteniendo así la incertidumbre como instrumento de presión y de comunicación.
Desde esta perspectiva, la amenaza deja de ser un simple instrumento de coerción bilateral y pasa a formar parte de una estrategia de comunicación mucho más amplia. Se transforma en una representación pública destinada a influir simultáneamente sobre los gobiernos, las opiniones públicas y los actores económicos, incrementando el coste político de la resistencia y reduciendo el margen de maniobra del interlocutor. En este modelo, la eficacia de la presión no depende exclusivamente de la posibilidad de ejecutar la amenaza, sino de su capacidad para moldear percepciones, condicionar comportamientos e imponer un determinado marco interpretativo del conflicto. La comunicación diplomática deja así de acompañar la negociación para convertirse en uno de sus principales instrumentos de poder.
