Sebta y Melilla: cuando la excusa es peor que el error

Mohamed Ben Abdelkader.

El 01/06/2026 a las 10h03

ColumnaMohamed Benabdelkader, doctor en Ciencias de la Información y de la Comunicación y exministro de Justicia, analiza las recientes declaraciones del líder de Vox, Santiago Abascal, sobre Sebta y Melilla, y sostiene que este tipo de discursos reflejan una lectura «simplificadora» y «anacrónica» de la historia de Marruecos y de las relaciones entre ambas orillas del Estrecho. En esta columna, el autor defiende que comprender el pasado constituye una condición esencial para abordar con rigor los debates contemporáneos sobre soberanía, memoria histórica y relaciones hispano-marroquíes.

En comunicación política, el fenómeno discursivo conocido como «la excusa peor que el error» se manifiesta con frecuencia cuando algunos actores políticos, al intentar justificar una premisa errónea o una afirmación infundada, terminan incurriendo en nuevas inexactitudes o argumentos aún más problemáticos. En estos casos, cuando la excusa es peor que el error, no solo se produce una mala justificación, sino que se agrava activamente la situación moral o factual del discurso político, ya que la tentativa de defensa amplifica la distorsión inicial en lugar de corregirla.

Durante una entrevista concedida a principios de este mes de mayo, el presidente del partido Vox de extrema derecha Santiago Abascal, afirmó que «Sebta y Melilla son españolas antes de la existencia del reino de Marruecos». Esta formulación constituye un ejemplo paradigmático del fenómeno de «la excusa peor que el error», recurrente en ciertos debates públicos en España, mediante el cual una argumentación destinada a reforzar una posición acaba produciendo una afirmación históricamente más frágil. En este caso, el dirigente de la formación ultraconservadora reproduce dicha tesis como si se tratara de una evidencia autoexplicativa, sin atender a sus implicaciones históricas y analíticas.

Es significativo que el Señor Abascal haya intentado en sus recientes declaraciones modificar públicamente su discurso beligerante hacia Marruecos. Sin embargo, aún le faltan enormes esfuerzos para desprenderse de ciertas falacias sobre el vecino del sur, lo que dificulta su construcción de un discurso de política exterior plenamente riguroso, coherente y creíble.

la negación de la historicidad del otro

Resulta, cuando menos, llamativo que el dirigente político Santiago Abascal, al afirmar que Sebta y Melilla eran españolas antes incluso de la existencia del Reino de Marruecos, parezca reducir a una fórmula simplificadora una historia milenaria de relaciones diplomáticas, militares, comerciales y culturales entre ambas orillas del Estrecho. Más aún, este tipo de argumentación descansa sobre un mecanismo discursivo bien conocido en los conflictos políticos y territoriales: la negación de la historicidad del otro como sujeto político legítimo. Al cuestionar retrospectivamente la existencia histórica de Marruecos como entidad estatal, no solo se desdibuja la complejidad de los procesos de formación política en Marruecos, sino que también se introduce una forma de deslegitimación que pretende debilitar, por vía histórica, la validez de las reivindicaciones contemporáneas del interlocutor.

Sin embargo, la historia muestra que las entidades políticas no son realidades inmutables, sino construcciones históricas en constante transformación. Aplicado con rigor, el mismo razonamiento podría utilizarse para cuestionar la existencia de numerosos Estados actuales, incluida la propia España, cuya configuración como Estado nacional es también el resultado de un largo proceso histórico. De ahí que la negación de la trayectoria estatal del otro constituya menos un argumento histórico que un recurso retórico orientado a erosionar su legitimidad política.

La pretensión según la cual Sebta y Melilla serían «españolas incluso antes de la existencia del Reino de Marruecos» es además de arrogante y pretensiosa, históricamente inexacta. Se basa en una visión reduccionista que ignora a las dinastías marroquíes que gobernaron sucesivamente el imperio/reino de Marruecos mucho antes de las conquistas ibéricas del siglo XV.

El Estado marroquí Reyes dinastía y imperios

Cabe preguntarse, por tanto, si el líder de la tercera fuerza política en España desconoce episodios históricos tan significativos de las relaciones del imperio marroquí con el territorio ibérico, acaso no sabe el Señor Abascal quien derroto a Alfonso VI de León y Castilla en la batalla de Sagrajas? quien venció a Alfonso VIII de Castilla en Alarcos, y quien firmo los tratados y treguas con Sancho IV de Castilla? no eran por la parte marroquí simples señores de guerra ni bravos jefes tribales, sino soberanos de dinastías sucesivas —almorávides, almohades y meriníes— que encarnaban formas plenamente estructuradas de poder estatal en el vasto espacio del reino de Marruecos

El territorio del actual Marruecos no era un «vacío» ni una tierra sin soberanía. dinastias e imperios ejercieron allí un poder centralizado y estructurado durante siglos. Bajo el poder de los Edrisíes (788/– 974), los Almorávides (1050–1147), los Almohades (1121–1269), los Meriníes (1244/1465)) Sebta y Melilla formaban parte del reino de marruecos y eran perfectamente integradas en su soberanía. Cabe recordar también que estas dinastias no eran simples tribus guerreras, disponían de capitales, administración, ejército y diplomacia, y controlaban extensos territorios (incluidas partes de la actual España durante el período de al-Ándalus).

Sebta fue un puerto clave bajo los almorávides, almohades y meriníes. No era una tierra «sin dueño». Los portugueses la conquistaron militarmente en 1415 arrebatándosela a los meriníes. Posteriormente pasó a España a través de la Unión Ibérica y del Tratado de Lisboa de 1668. Melilla, igualmente bajo soberanía de las dinastías marroquíes, fue conquistada por España en 1497, poco después de la Reconquista de Granada en 1492. Los trabajos académicos más serios en materia de la historia medieval destacan que estas conquistas ibéricas formaban parte de la lógica de la Reconquista y la expansión colonial europea en el norte de África, al mismo tiempo que el descubrimiento de América.

El argumento de que «antes de que existiera el Reino Marruecos» constituye una aberración histórica, que encuentra su origen en la percepción errónea que mantienen algunos actores mediáticos y políticos sobre Marruecos, los más ignorantes creen que la historia de este país como Estado comienza en 1956 cuando recupero su independencia, los que se muestran más “generosos” en su argumentación retroceden todavía más en tiempo, sosteniendo que el Marruecos moderno, el del Reino Jerifiano Alauí, adopta su forma actual a partir del siglo XVII.

Por tanto, promover la idea de que «el reino de Marruecos no existía» en 1415, constituye una pretensión ridícula, basada en una lectura delirante y anacrónica de la historia. En realidad, lo que no existía en aquel momento era una España unificada, ya que la entidad política española no se consolidaría hasta finales del siglo XV con la unión de las coronas de Castilla y Aragón. Los enclaves fueron pues tomados por la fuerza sobre territorios gobernados por dinastías marroquíes. No eran terra nullius (tierras sin soberano).

Los libros de historia nos cuentan como a lo largo de los siglos, se sucedieron numerosos intentos de recuperar ambas ciudades. El sultán Mulay Ismail mantuvo a Sebta bajo asedio durante cerca de treinta y tres años, llegando a situarse a las puertas de su reconquista, mientras que el sultán Mohammed III sometió Melilla a un prolongado cerco de más de cien días. También conviene recordar que la contestación marroquí a la presencia española en Sebta no se limitó únicamente a las campañas dirigidas por los Sultanes del imperio jerifiano, sino que estuvo igualmente alimentada por una presión constante de las tribus marroquíes del entorno norteño, entre ellas la poderosa tribu de Anyera en la región próxima a Sebta.

Tras la independencia de Marruecos en 1956, la reivindicación de estas plazas fue retomada de manera inmediata por el Estado marroquí, que las considera parte integrante de su integridad territorial, del mismo modo que España sostiene su reivindicación histórica sobre Gibraltar frente al Reino Unido.

Históricamente, la región del estrecho de Gibraltar ha constituido un espacio de confrontación y rivalidad entre las potencias ibéricas y marroquíes, como lo demuestran, entre otros episodios, los repetidos asedios de Sebta por fuerzas marroquíes durante los siglos XVII y XVIII. Por tanto, se trata ni más ni menos de un clásico de la historia colonial donde potencias europeas que aprovechan el debilitamiento de un Estado magrebí para establecerse en el territorio. Posteriormente, Marruecos fue progresivamente recuperando su capacidad y emprendió un largo proceso orientado a la consolidación y finalización de su integridad territorial.

De la necesidad de comprender el pasado

El historiador francés Charles-André Julien (1891-1991) que era un anticolonialista especialista en el Magreb. En su libro “Le Maroc face aux impérialismes (1415-1956)”, presenta la conquista de Sebta en 1415 como el punto de partida de la expansión europea hacia el norte de África. Los reinos cristianos ibéricos, imbuidos del espíritu de la Reconquista y la cruzada contra el islam, vieron en el Magreb una oportunidad comercial (oro sudanés, control de rutas) y estratégica. La toma de Sebta por Portugal no fue un acto aislado de una “reconquista defensiva”, sino el inicio de una ofensiva expansionista que buscaba bases en África para el comercio y el control del Estrecho. Charles-André Julien enfatiza motivaciones económicas (escasez monetaria, piratería, oro) y religiosas (cruzada), combinadas con la dinámica interna de los reinos ibéricos. Para el historiador frances, esto marca el comienzo del imperialismo europeo moderno en el norte de África, que siglos después culminaría en los protectorados del siglo XX.

las monarquías ibéricas (especialmente Castilla y Portugal) mostraron una intención clara y repetida de apoderarse de varios puertos estratégicos en la costa marroquí, no solo de Sebta, sino también de Tetuan, Sale, Larache, Mazagan y Agadir, en el marco de un proyecto ofensivo más amplio para controlar la orilla sur del Estrecho y rutas comerciales (oro sudanés, especias, etc.), combinado con el espíritu de cruzada de la Reconquista.

No era mi intención entrar en una discusión directa con el señor Santiago Abascal sobre las reclamaciones territoriales atribuidas a Marruecos en el norte del país, sino más bien subrayar la extrema importancia de la cultura histórica en la formación de todo dirigente político. En efecto, más allá de las posiciones ideológicas o de los debates coyunturales, la comprensión rigurosa del pasado constituye un requisito esencial para evitar lecturas simplificadas de procesos históricos complejos, especialmente en espacios, como el entorno del Estrecho, donde se han entrelazado durante siglos dinámicas de conflicto, intercambio, negociación y coexistencia entre distintas formaciones políticas. Por tanto, comprender el pasado no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una condición necesaria para interpretar correctamente los desafíos del presente y orientar de manera lúcida las decisiones del futuro.

La «españolidad» de los enclaves o la fabricación tardia de un concepto

Como han puesto de relieve numerosos estudios históricos de referencia, la idea de la «españolidad» de Sebta y Melilla constituye una construcción relativamente tardía en la historia política española. Durante largos períodos, estas plazas fueron concebidas más como enclaves estratégicos de valor militar y comercial que como partes indisociables del territorio nacional. No resulta casual que, en distintos momentos, se contemplara su cesión, su intercambio - al igual que el de los peñones norteafricanos - o incluso su devolución al sultán de Marruecos sin contraprestación alguna, cuando las circunstancias económicas, militares o geopolíticas hacían particularmente gravoso su mantenimiento.

Tales episodios sugieren que ni las élites dirigentes ni amplios sectores de la opinión pública española percibieron históricamente estos territorios como una extensión natural e irrenunciable de la nación. La progresiva incorporación de Sebta y Melilla al imaginario territorial español parece consolidarse, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, en el contexto de la expansión colonial europea y de la redefinición de los discursos nacionales e imperiales de la España contemporánea.

Fue solo con la independencia de Marruecos y sus reivindicaciones territoriales sobre ocupaciones españolas que apareció en España el termino de españolidad que con el tiempo adquirió una notable carga emocional. Lo curioso es que la popularización de este concepto se atribuye al régimen de Franco, pero resulta sorprendente observar que la llegada de la democracia a España confirmó el uso de este término en la vida política española, cuando cabría pensar que España habría intentado deshacerse de este legado del franquismo.

Resulta difícil ignorar el carácter singular que ocupan Sebta y Melilla en el seno del Estado español. Su condición de enclaves situados en el continente africano, el hecho de que su defensa no esté explícitamente garantizada por el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte en los mismos términos que el territorio peninsular español, el hecho de haber sido incorporadas mediante la fuerza militar en el contexto de la expansión ibérica sobre las costas marroquíes y la persistencia de una reivindicación territorial marroquí ininterrumpida, constituyen elementos que invitan a matizar la idea de su españolidad como una realidad evidente e incuestionable.

Desde una perspectiva histórica, ningún discurso político, por intensa que sea su carga emocional, simbólica o ideológica, puede sustituir el análisis de los hechos. Y estos muestran que la presencia española en la fachada mediterránea marroquí hunde sus raíces en la prolongación ultramarina de la Reconquista y, posteriormente, en las dinámicas de expansión colonial que marcaron las relaciones entre Europa y el norte de África durante la época contemporánea.

Por ello, más allá de los relatos “nacionalistas” construidos con posterioridad, la imagen de Sebta y Melilla continúa estrechamente vinculada a una trayectoria histórica marcada por consideraciones estratégicas y militares. Esta dimensión explica que, para el pueblo marroquí, ambas ciudades sigan siendo percibidas no como una expresión natural de la soberanía española, sino como la última huella territorial de una presencia forjada en un contexto de dominación colonial.

Por Mohamed Benabdelkader
El 01/06/2026 a las 10h03