Si la democracia necesita algo más que instituciones y procedimientos, necesita también un espacio en el que las palabras puedan enfrentarse sin que la fuerza, la emoción o la simplificación sustituyan a los argumentos. Es precisamente en este horizonte donde Jürgen Habermas sitúa su concepto de razón comunicativa, una forma de racionalidad que no se impone desde una posición de poder, sino que se construye en el diálogo libre, en la confrontación argumentada de posiciones y en la búsqueda de una intercomprensión capaz de sostener acuerdos legítimos.
En el espacio público, esta razón comunicativa encuentra su lugar natural de realización. Allí los ciudadanos deliberan, someten sus opiniones a la crítica y participan en la formación de una opinión pública capaz de contribuir a la legitimidad de las normas, del derecho y de las decisiones políticas. La legitimidad democrática no procede únicamente de quién decide, sino también de la posibilidad de justificar, discutir y someter a examen público las razones de aquello que se decide.
Palabras y argumentos
Desde esta perspectiva, la esfera pública no constituye para Habermas un simple escenario de circulación de discursos, sino el espacio en el que la democracia pone a prueba la calidad de sus razones. Y precisamente por ello, cuando el debate público se llena de metáforas impropias, afirmaciones huecas o fórmulas destinadas más a clausurar la discusión que a abrirla, no estamos solamente ante un problema de estilo. Está en juego la propia calidad deliberativa del espacio público.
La razón comunicativa exige, en última instancia, que las palabras no sustituyan a los argumentos y que la intensidad retórica no ocupe el lugar de la razón. La esfera pública es, en este sentido, mucho más que el escenario donde se expresa la democracia, constituye, en la concepción habermasiana, uno de sus principales espacios de legitimación.
En el país vecino hubo un tiempo en el que todavía se podía apostar por una razón comunicativa. Se podía, al menos, llamar opinión pública a aquello que merece verdaderamente ese nombre, un espacio plural, contradictorio y capaz de disentir. Estaba estructurada, plural e inteligible. Se distinguían corrientes, razonamientos, desacuerdos argumentados, posiciones que se enfrentaban en un espacio común.
Desde la otra orilla, nos inspiraba aquella opinión pública española, plural y viva, surgida de la Transición democrática, que parecía haber aprendido a convivir con la discrepancia, a discutir sin convertir al adversario en enemigo y a hacer del pluralismo una verdadera conquista democrática. Nos interpelaba, podíamos leerla, admirarla, discutirla, contradecirla. No era una voz unánime, y quizá ahí residía precisamente su valor, no buscaba el asentimiento, sino que abría un espacio para el pensamiento. Pensaba el vecino del sur, a veces equivocadamente, a menudo con algunos prejuicios, pero pensaba. Y en una época en la que tantas voces parecen hablar para imponer certezas, aquella tenía el raro mérito de hablar para hacernos pensar.
De la opinión pública al publico
Hoy en día, apenas aparece Marruecos en el horizonte del debate, la opinión pública española parece abandonar la arquitectura del razonamiento para entregarse a una masa de ruidos. Un “público” como en los estadios. Una multitud que ya no necesita entender, solo vibrar. Que ya no necesita razonar, solo reaccionar. que ya no necesita ser plural, solo ser unánime en el momento. El público es el inconsciente colectivo en acción, pura emoción, pura identificación, pura intensidad. Ya no le preguntamos qué piensa, se le pide que reaccione, que explote en likes, que comparta antes de comprender, que se sume al coro de la indignación. Ya no se espera de él una reflexión, sino una reacción, no una conciencia crítica, sino una adhesión instantánea.
«Como aquellos tertulianos habladores de hoy, que se creen expertos en defensa, inteligencia y geopolítica, el hombre-masa es un señorito satisfecho, un especialista estrecho de miras que, instalado en la comodidad de su pequeño dominio, extiende su ignorancia mucho más allá de los límites de su campo.»
— Mohamed Benabdelkader
Si Ortega y Gasset asomara hoy la cabeza desde su tumba para comentar la rabia mediática contra Marruecos en plena crisis de Sebta, reconocería al instante los síntomas de su viejo diagnóstico, la vuelta violenta del hombre-masa. Un retorno que va ocupando las calles, las redes sociales, los estudios de televisión y los canales de radio. En La rebelión de las masas, Ortega describió al hombre-masa como un tipo de ser humano predominante en la sociedad moderna de masas, caracterizado por la mediocridad, el conformismo y el rechazo a cualquier exigencia superior. El hombre-masa se siente “como todo el mundo” y no le angustia ser idéntico a los demás, renunciando a su individualidad. No se valora a sí mismo por razones especiales, sino que proclama el “derecho a la vulgaridad”. Se siente igual que todos los demás y está satisfecho con ello. Rechaza el esfuerzo, la excelencia y la disciplina, al mismo tiempo que se cree titular de todos los derechos sin obligaciones. Como aquellos tertulianos habladores de hoy, que se creen expertos en defensa, inteligencia y geopolítica, el hombre-masa es un señorito satisfecho, un especialista estrecho de miras que, instalado en la comodidad de su pequeño dominio, extiende su ignorancia mucho más allá de los límites de su campo. Interviene en todo a través de la violencia o la imposición, sin competencia.
La convulsión mediática y discursiva contra Marruecos no es sino la metáfora viva de esta vuelta del hombre-masa, una fuerza que dinamita la función de la opinión pública, que, por su parte, todavía requería un esfuerzo, distinguir, priorizar, justificar. El público, por su parte, no exige nada. Absorbe, amplifica, se olvida y pasa a la siguiente ola. Y los que lo dirigen lo saben perfectamente. Ya no se dirigen a ciudadanos capaces de juzgar. Se dirigen a una audiencia que quieren mantener cautiva. Dosifican la luz, el ritmo, el clímax. Gestionan los afectos, no los argumentos.
Marruecos Marruecos Marruecos...
En los días de crisis, el paisaje mediático español parece transformarse en un coro perfectamente afinado, obsesivamente acompasado alrededor de una sola palabra: Marruecos. Marruecos aquí, Marruecos allá, Marruecos detrás de esto, Marruecos detrás de aquello. Qué nos oculta Marruecos? Qué pretende Marruecos? Qué le debes a Marruecos? Todo parece remitir a Marruecos, como si no hubiera otra causa que buscar, otro actor que interrogar, otro nombre que pronunciar. Marruecos, una y otra vez, hasta convertirlo en una especie de sustantivo totémico, como si fuera la única palabra que quedara disponible en el diccionario de la geopolítica ibérica. La pluralidad inteligible ha sido, por tanto, reemplazada por el inconsciente colectivo. Hemos sustituido el juicio por el estruendo. Y el público, por supuesto, aplaude. Porque el público nunca ha necesitado entender para sentirse existente.
Por más que los señores ministros repitan que no hay pruebas, los medios y la casi totalidad de la clase política siguen acusando a Marruecos como si la certeza fuera un trámite molesto, no una condición. Como si Marruecos, ese chivo expiatorio de lujo, ese rostro eterno del Moro en la Costa, parece cumplir a la perfección su papel de telón de fondo para la precampaña. La verdad? El respeto al vecino? La honestidad intelectual? Detalles menores, casi decorativos, frente a la gran maquinaria de movilización de votos.
En este carnaval de marrocofobia, convertido en ritual catártico de una inquisición posmoderna, el guion parece escrito de antemano: estigmatizar a Marruecos, señalarlo, demonizarlo, romper con él y, llegado al paroxismo, predicar incluso su destrucción, como lo ha hecho un separatista saharaui en varias cadenas de televisión, hasta convertirlo en el enemigo absoluto.
«Un espacio donde la derecha se funde con la extrema derecha, donde la extrema derecha abraza a la extrema izquierda, donde el independentista baila con el soberanista. Todos unidos, no por algo, sino contra algo, contra Marruecos. »
— Mohamed Benabdelkader
Ni siquiera se trata ya de pensamiento único, que se refiere a una doctrina en la que solo se presenta como legítima una forma de analizar, juzgar y pensar sobre el mundo, descartando o descalificando automáticamente cualquier punto de vista divergente. Aquí se trata de pasión única, una sola emoción, una sola vibración, una sola rabia compartida. Un espacio donde la derecha se funde con la extrema derecha, donde la extrema derecha abraza a la extrema izquierda, donde el independentista baila con el soberanista. Todos unidos, no por algo, sino contra algo, contra Marruecos. Todos movilizados, no por la razón, sino por el pulso acelerado de la indignación. Una multitud hipnotizada, movida por el impulso y guiada más por el corazón que por la razón.
El torero sin toro
Y en este cóctel emocional, la adrenalina neocolonialista sube tan alto que ya no distingue entre realidad y ficción, entre interés nacional y espectáculo electoral. Sube como un vino barato: calienta la cabeza, afloja la lengua y convierte cada gesto en pose, cada palabra en grito, cada duda en certeza. En este teatro de la indignación, la verdad ya no pertenece a quien la demuestra, sino a quien más grita. La razón ha sido sustituida por el volumen, parece tener la razón quien simplifica más, quien más grita, quien más insulta. Basta escuchar a Gabriel Rufián, portavoz de ERC, que parece insultar más de lo que respira, para comprender hasta qué punto el ruido puede llegar a ocupar el lugar del argumento.
La verdad, en estos días, parece ser propiedad del más chulo, del que se atreve incluso a pisotear la bandera del vecino, del más conspiranoico, que descubre enemigos y conspiraciones hasta en la sopa, del más fanfarrón, que transforma la diplomacia en una corrida y la negociación en un lance de capa. Es, en definitiva, patrimonio del más torero, aquel que planta los pies, abre los brazos y desafía al viento, aunque no haya toro! Y en el centro del ruedo, por supuesto, está el Quijote de turno, el que carga contra molinos creyendo gigantes, el que confunde el ruido con la furia y la furia con la gloria. Un héroe de cartón piedra, forjado en declaraciones y portadas, que no necesita batalla real para sentirse vencedor.
Atacar a Marruecos no es una política exterior, es una estrategia de marketing. Sacar pecho contra el vecino del sur no requiere estrategia, solo micrófono. Y así, entre declaraciones y portadas, los héroes de turno se forjan sin necesidad de batalla, solo con un mapa mal mirado y un enemigo convenientemente cercano. La dignidad, al parecer, también tiene precio de campaña. Y en esta subasta, el mejor postor no es el más honesto, ni el más prudente, ni el que más respeta, es el que mejor sabe interpretar el papel de patriota enfurecido, aunque no sea más que un fósil comunista de vocación separatista.
A pesar de todo
A pesar de tantos chulos, fanfarrones y toreros sin toro, España no ha dejado de dar muestras de otra cosa. Hay todavía figuras públicas que han tenido el coraje moral no solo de cuestionar a quienes acusan, sin pruebas, a Marruecos de ser responsable de la entrada masiva de inmigrantes en Sebta, sino también de abrir un verdadero debate sobre el futuro de las dos ciudades enclavadas en el norte de Marruecos.
En medio de tanta histeria inquisitorial, ha habido ciudadanos españoles honestos que han preferido investigar antes que repetir, contrastar antes que acusar. Han buscado por su cuenta y han encontrado vídeos que muestran cómo las fuerzas del orden marroquíes intentaban contener la afluencia de inmigrantes irregulares.
A pesar de tanto ruido, seguiremos creyendo en el enorme potencial de la razón comunicativa en la opinión pública española. Seguiremos creyendo en esa otra España, la verdadera España de Ortega y Gasset y de Unamuno, la España que no grita, sino que piensa, que no impone, sino que dialoga, que no necesita fabricar enemigos para afirmar su existencia.
Porque una sociedad democrática no se reconoce por el volumen de sus gritos, sino por su capacidad de escuchar, de dudar y de pensar contra sí misma. Y especialmente cuando se trata de un vecino demasiado cercano para ser ignorado, de un Marruecos demasiado importante para ser tratado como un enemigo, de un Marruecos demasiado soberano para ser reducido al papel de socio subordinado. La madurez de una relación entre vecinos no consiste en negar sus desacuerdos, sino en aprender a gestionarlos sin convertirlos en hostilidad, ni la diferencia en amenaza, ni la reivindicación territorial del otro en una afrenta.
