Economía azul. Frente al tsunami de ambiciones extranjeras, África sigue atrapada en aguas poco profundas

Un pescador rema frente a barcos de pesca comercial en la contaminada bahía de Hann, en Dakar, el 27 de septiembre de 2023. AFP or licensors. AFP or licensors

El 14/05/2026 a las 09h23

VídeoUnos 13 millones de kilómetros cuadrados de zonas económicas exclusivas, 38 Estados costeros y una población cada vez más dependiente del mar para alimentarse: el panorama marítimo africano tiene todo para hacer soñar. Sin embargo, la tercera edición del African Maritime Symposium de Rabat revela una maquinaria averiada, marcada por cartas ignoradas, puertos fantasma y datos oceanográficos entregados a la codicia extranjera.

Se las considera estratégicas, vitales y prometedoras. Pero ¿y si los mares africanos no fueran más que el último espejismo de un continente que sigue viendo cómo se le escapan sus riquezas? En el simposio celebrado en Rabat el 13 de mayo, juristas, economistas y responsables públicos trazaron un diagnóstico severo sobre una África que todavía no sabe transformar su litoral en una verdadera potencia.

En un momento en el que las rivalidades geopolíticas se intensifican en las rutas marítimas y la conectividad se ha convertido en un arma estratégica, el continente africano dispone de grandes activos: unos 13 millones de km² de zonas económicas exclusivas, 38 países costeros y el 30% del litoral mundial —unos 26.000 kilómetros—. Sin embargo, los debates de la tercera edición del African Maritime Symposium, organizada por el Policy Center for the New South, pusieron sobre todo de relieve el abismo existente entre las ambiciones anunciadas y la realidad de la gobernanza marítima africana.

Al cruzar los análisis jurídicos, económicos, portuarios y energéticos de los distintos participantes, se impuso una verdad incómoda: África sigue fracasando a la hora de transformar sus espacios marítimos en auténticas palancas de poder, atrapada entre textos no ratificados, infraestructuras deficientes y una persistente dependencia exterior.

El consejero gabonés Georges Mba Asseko, antiguo responsable de economía azul en la Comisión de la Unión Africana, formuló el diagnóstico más contundente al referirse a la Carta de Lomé, adoptada en 2016 para reforzar la seguridad marítima. «Hoy, diez años después, solo tres países han firmado la Carta de Lomé, que es el único instrumento vinculante de la Unión Africana, pero no interesa a nuestros países», lamentó.

Este bloqueo refleja un problema más profundo: la proliferación de estrategias continentales sin mecanismos reales de aplicación, a menudo por falta de voluntad política y de contribuciones financieras de los propios Estados. «La Unión Africana sufre un problema fundamental: muchos países no pagan sus contribuciones. Estamos en una institución extravertida, porque el personal está a las órdenes de nuestros socios», denunció, señalando la dependencia de la financiación exterior que limita la soberanía africana.

La jurista senegalesa Diénaba Beye, especialista en derecho del mar, desmontó con precisión la ambigüedad de la «zona marítima común africana», uno de los objetivos estrella de la Estrategia Africana Integrada para los Mares y los Océanos con horizonte 2050. Adoptada en 2014, esta estrategia prometía una puesta en común de soberanías, pero tropieza con una contradicción jurídica difícil de resolver: «No se puede tocar los derechos adquiridos de los Estados, especialmente el mar territorial. Ningún Estado ha aceptado renunciar a ello».

Incluso la idea de compartir las zonas económicas exclusivas choca con las legislaciones nacionales. El grupo de trabajo encargado de resolver esta cuestión ni siquiera llegó a reunirse. Peor aún: cerca del 80% de los Estados africanos han presentado solicitudes para ampliar su plataforma continental, lo que podría redibujar las fronteras marítimas y hacer todavía más improbable cualquier proyecto de mutualización. «La situación es algo complicada», resumió sobriamente la jurista.

La economía azul ya representa el 11% del PIB africano y el 9% del empleo, recordó el experto mauritano Zein El Abidine Mohamed Salem. Pero los participantes denunciaron los obstáculos estructurales que impiden capturar ese valor añadido. El primero de ellos es la ausencia de datos oceanográficos soberanos. «Hoy el continente depende de satélites de otros continentes y de batimetrías elaboradas por otros países para entender lo que ocurre en sus aguas», advirtió Majida Maarouf, directora de la Agencia Nacional Marroquí para el Desarrollo de la Acuicultura.

A ello se suma la pérdida colosal de recursos: «el 30% del pescado capturado se pierde por falta de infraestructuras y cadenas de frío», sin contar los 10.000 millones de dólares que desaparecen cada año debido a la pesca ilegal no declarada.

El experto mauritano Zein El Abidine Mohamed Salem también señaló la paradoja de la financiación: «quienes disponen de capital tienen dificultades para identificar proyectos. Los Estados deben “desriesgar” estos sectores emergentes». Pero para ello es necesario abandonar una gestión puramente administrativa de los recursos y construir una verdadera «visión de cadena de valor», la única manera de evitar repetir los errores de las economías extractivas.

La advertencia llegó incluso desde la sala: «El barco chino que pesca, legal o ilegalmente, es el mismo que conecta los datos oceanográficos. Hay que poner a prueba la soberanía africana».

Puertos: Marruecos como locomotora, el continente rezagado

Sanae El Amrani, directora de Puertos y del Dominio Público Marítimo de Marruecos, presentó la estrategia nacional marroquí, considerada una excepción en el continente. Con el nuevo puerto de Nador West Med y el de Dakhla Atlantique —cuyas obras están completadas al 58%—, el Reino busca posicionarse como un hub entre las rutas mediterráneas y atlánticas, apoyado además en un ambicioso plan de transición verde basado en la descarbonización y las conexiones ferroviarias.

Sin embargo, el panorama continental sigue siendo sombrío: «África apenas representa el 7% de las exportaciones y el 5% de las importaciones marítimas mundiales. De un centenar de puertos, solo diez son realmente eficientes», afirmó Georges Mba Asseko.

Sanae El Amrani advirtió además sobre los riesgos de las asociaciones público-privadas desequilibradas en los puertos energéticos, donde desarrolladores extranjeros conservan el control en detrimento del carácter público de las infraestructuras. «Hay que estar armado jurídicamente y en materia de negociación para preservar la soberanía del país».

El déficit de conectividad ferroviaria con el hinterland africano, especialmente con los países sin salida al mar, sigue siendo otro enorme obstáculo.

La tentación de los hidrocarburos

Francis Perrin, investigador del Policy Center for the New South, trazó el mapa de la nueva geografía energética africana, cada vez más offshore. Desde 2022 han surgido nuevos polos petroleros y gasísticos: el yacimiento Baleine en Costa de Marfil, el proyecto GTA entre Senegal y Mauritania, el gigantesco desarrollo gasístico de Mozambique con Coral South o Namibia, que aspira a convertirse en nuevo productor petrolero gracias al campo Venus.

«África llevaba mucho tiempo caminando sobre dos piernas —África del Norte y el golfo de Guinea—. Ahora camina sobre cuatro, con África austral y África oriental», explicó.

Pero esta nueva riqueza plantea un dilema: gran parte del valor sigue limitándose a la exportación de materias primas, ya que el refinado y la petroquímica requieren infraestructuras complejas. Sobre todo, estos proyectos, puestos en marcha tras el Acuerdo de París, generan un creciente malestar. «El petróleo y el gas son una gran tentación. Los países africanos dicen: no aceptaremos que se utilice el cambio climático para impedirnos desarrollar nuestro potencial».

Más allá de los discursos oficiales, el simposio dejó también propuestas concretas para salir del bloqueo. Una participante defendió una cooperación Sur-Sur estructurada en torno a grandes ecosistemas marinos compartidos: «La fachada atlántica africana puede dividirse en tres subregiones: el ecosistema de Canarias, el del golfo de Guinea y la corriente de Benguela. Estas regiones comparten los mismos parámetros físicos y los mismos problemas. Unirse permitiría movilizar financiación local sin depender del exterior».

Se trata de una visión que rompe con el enfoque exclusivamente continental y devuelve a los Estados vecinos el control de sus prioridades.

Pero toda ambición tropieza con el ángulo muerto social. Un economista recordó la ausencia de mecanismos de protección para los pescadores artesanales afectados por los grandes proyectos extractivos o portuarios: «La instalación de una plataforma petrolera ocupa espacios mucho más amplios que la propia infraestructura, impidiendo a los pescadores acceder a sus zonas tradicionales de pesca. Estas poblaciones vulnerables no pueden enfrentarse a grandes inversores».

Una externalidad negativa que ni las estrategias africanas ni las asociaciones público-privadas integran realmente y que alimenta la desconfianza de las comunidades costeras hacia la llamada economía azul.

La batalla por las competencias también resulta decisiva. Majida Maarouf, cuya agencia ha convertido a Marruecos en un modelo de gobernanza acuícola, insistió en la necesidad urgente de crear centros de excelencia, siguiendo el ejemplo del sudeste asiático. «En Malasia y Taiwán, la creación de centros de excelencia en acuicultura permitió transformar sustancialmente el sector en apenas dos décadas. No se trata solo de formar personas, sino de formar a los formadores».

Sin esa transferencia de conocimientos, la soberanía marítima seguirá siendo un simple eslogan.

Por último, Diénaba Beye subrayó un detalle revelador: durante la ratificación del acuerdo BBNJ sobre biodiversidad marina en alta mar, «casi todos los Estados africanos firmaron, pero ninguno hizo una declaración».

Un silencio jurídico que podría salir caro en el futuro, cuando las extensiones de las plataformas continentales redefinan los derechos de acceso a los recursos marítimos. Detrás de ese mutismo, la jurista ve la ausencia de una verdadera diplomacia marítima ofensiva africana.

Ante estos bloqueos, varias voces defendieron una cooperación Sur-Sur más pragmática y alejada de las grandes cumbres. Georges Mba Asseko citó como ejemplo concreto a pescadores marroquíes experimentados que podrían instalarse en Gabón para formar sobre el terreno a jóvenes gaboneses: «una cooperación a pequeña escala, pero con impacto social inmediato».

El simposio también destacó la doctrina atlántica marroquí, que busca conectar a los países del Sahel con el océano, así como la iniciativa egipcia vinculada al canal de Suez, prueba de que algunas subregiones empiezan a estructurarse en torno a ecosistemas marítimos comunes.

Al término de los debates, el diagnóstico fue contundente: los mares africanos rebosan potencial, pero la fragmentación institucional, la falta de datos soberanos y la ausencia de cadenas de valor locales siguen condenando al continente a desempeñar el papel de simple proveedor de materias primas.

Como resumió el consejero gabonés: «El futuro de nuestro continente está en nuestras manos, pero solo prosperará si hacemos la ingeniería de nuestros propios problemas». Una ingeniería que exige pasar de los textos a los hechos antes de que las turbulentas aguas del mundo arrastren las últimas márgenes de maniobra africanas.

(*) El acuerdo BBNJ (Biodiversity Beyond National Jurisdiction) es un tratado internacional vinculante destinado a proteger y gestionar la biodiversidad de las zonas marinas situadas más allá de las jurisdicciones nacionales.

Por Modeste Kouamé y Said Bouchrit
El 14/05/2026 a las 09h23