Gestión deficiente de los residuos: cada año, África tira por la ventana más de 8.000 millones de dólares

El vertedero de Dandora en Nairobi, Kenia, donde gran parte de los residuos está compuesta por plástico.

El 23/04/2026 a las 13h45

La acumulación de residuos, la insuficiencia de los sistemas de saneamiento y la rápida urbanización sitúan a numerosas ciudades africanas frente a una crisis persistente de salubridad. Los datos del Banco Mundial y de la Organización Mundial de la Salud arrojan luz sobre un fenómeno estructural cuyos efectos económicos, a menudo invisibles, pesan sobre la productividad, las finanzas públicas y el atractivo urbano del continente.

La cuestión de la insalubridad en África se inscribe, en primer lugar, en un desequilibrio medible entre la producción y la gestión de los residuos. El Banco Mundial indica, en What a Waste 2.0, que África subsahariana genera aproximadamente 174 millones de toneladas de residuos sólidos municipales al año, mientras que menos del 50% de estos volúmenes se recoge efectivamente. Así, una parte mayoritaria escapa a los circuitos formales, alimentando una acumulación difusa en los espacios urbanos. Este déficit de recogida se traduce en métodos de eliminación con escaso control.

Los datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y de las iniciativas africanas de ciudades limpias convergen: más del 90% de los residuos se deposita en sitios no controlados o a cielo abierto. En Nairobi, el vertedero de Dandora, documentado por ONU-Hábitat, recibe hasta 2.000 toneladas al día en unas 45 hectáreas, lo que ilustra la saturación progresiva de las infraestructuras existentes.

La dinámica demográfica amplifica mecánicamente estos volúmenes, ya que las Naciones Unidas estiman que la población urbana africana supera los 600 millones de habitantes en 2025 y podría acercarse a los 950 millones en 2050, lo que incrementa la presión sobre sistemas ya insuficientes.

Este rápido crecimiento urbano pone de manifiesto una brecha persistente entre las necesidades y los medios movilizados. En Kinshasa, las evaluaciones difundidas por ONU-Hábitat muestran que varios miles de toneladas de residuos se producen cada día sin una cobertura completa de los servicios municipales. Situaciones comparables se observan en Lagos o Yaundé, donde los residuos no recogidos obstruyen las redes de drenaje.

Este desajuste encuentra en parte su origen en los equilibrios presupuestarios locales. El Banco Mundial subraya que la gestión de residuos puede movilizar hasta el 20% de los presupuestos municipales, sin garantizar un servicio universal. Las colectividades financian así dispositivos parciales, dejando persistir zonas sin cobertura.

Las consecuencias se manifiestan directamente durante los episodios climáticos. Los residuos acumulados en las alcantarillas agravan las inundaciones urbanas, lo que conlleva costes adicionales relacionados con los daños materiales y la rehabilitación de las infraestructuras.

El vínculo entre insalubridad y salud pública constituye un mecanismo central de pérdidas económicas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 24% de las enfermedades en África está relacionado con factores ambientales, entre ellos la mala gestión de los residuos. Las infecciones diarreicas, el cólera o las enfermedades respiratorias encuentran un terreno favorable en entornos insalubres.

Este fenómeno afecta directamente a la productividad. Las ausencias por enfermedad, los gastos médicos y la disminución de las capacidades físicas reducen la actividad económica, especialmente en las zonas urbanas de alta densidad.

La exposición diaria a los residuos también produce efectos menos visibles pero duraderos. El Banco Mundial señala la presencia creciente de microplásticos en los entornos urbanos africanos, procedentes de la degradación de plásticos no recogidos, lo que plantea cuestiones sanitarias aún en evaluación.

Pérdidas económicas difusas pero significativas

El impacto económico de la insalubridad supera los costes directos de gestión. El Banco Mundial estima que la mala gestión de los residuos genera más de 8.000 millones de dólares en pérdidas anuales en África, incluyendo los efectos sobre la salud, las infraestructuras y el medio ambiente.

Estas pérdidas adoptan varias formas. El deterioro de las infraestructuras ligado a las inundaciones aumenta el gasto público. Los costes sanitarios pesan sobre los sistemas de salud y sobre los hogares. El atractivo de las ciudades también se ve afectado, especialmente para la inversión y el turismo.

En algunos casos, las instituciones internacionales estiman que el conjunto de estos efectos puede representar hasta el 5% del PIB nacional. Este peso macroeconómico suele estar subestimado, ya que se difunde en varios sectores sin aparecer como un gasto único identificable.

Ante las insuficiencias de los sistemas formales, una economía paralela se organiza en torno a los residuos. En sitios como Dandora o en varias grandes ciudades de África occidental, miles de trabajadores recuperan materiales reciclables.

Esta actividad genera ingresos, pero se ejerce sin control sanitario ni estructuración económica. No obstante, revela la existencia de un potencial de valor aún poco explotado a escala industrial.

El Banco Mundial indica que la mejora de los sistemas de recogida y valorización podría reducir los costes globales entre un 20% y un 50%, al tiempo que crea oportunidades económicas formales en el reciclaje y la transformación de residuos.

Políticas públicas activas pero con resultados desiguales

Varios Estados africanos han puesto en marcha programas de inversión para mejorar la gestión de residuos. Marruecos ha movilizado alrededor de 40.000 millones de dirhams (cerca de 4.000 millones de dólares) en el marco del Programa Nacional de Residuos Domésticos, con una mejora notable de la recogida en zonas urbanas según el Ministerio del Interior.

Senegal despliega el programa PROMOGED, apoyado por el Banco Mundial con 295 millones de dólares, con el objetivo de modernizar la gestión de residuos sólidos. Ghana implementa el programa GARID, financiado con 200 millones de dólares, que incluye un componente de resiliencia urbana.

Ruanda destaca por un enfoque regulatorio estricto y acciones comunitarias regulares, a menudo citadas por las instituciones internacionales como referencia en materia de limpieza urbana.

A pesar de estas inversiones, los resultados siguen siendo desiguales según los territorios. En Lagos, se observan acumulaciones persistentes en algunos barrios. En Kinshasa, la cobertura de los servicios sigue siendo parcial pese a los proyectos en curso.

Estas diferencias reflejan dificultades operativas como la coordinación institucional, el seguimiento de los proyectos, la continuidad de la financiación y la gestión local. Los recursos existen, pero su transformación en servicios eficaces sigue siendo incompleta, una situación que prolonga las pérdidas económicas al mantener un alto nivel de insalubridad, pese a los compromisos financieros.

Una presión externa que acentúa los desequilibrios

Los flujos de residuos importados constituyen un factor adicional. Análisis de ONU-Hábitat indican que varios países africanos reciben residuos plásticos, electrónicos o textiles procedentes de otras regiones. Estas entradas se suman a los volúmenes domésticos sin un aumento equivalente de las capacidades de tratamiento, lo que acentúa la saturación de las infraestructuras existentes.

No obstante, surgen soluciones a escala local. En Kenia, algunas empresas transforman residuos plásticos en materiales de construcción. En Costa de Marfil, proyectos permiten producir energía a partir de residuos.

Estas iniciativas demuestran la viabilidad de modelos alternativos, pero su expansión sigue condicionada por el acceso a la financiación, la estabilidad regulatoria y su integración en las políticas públicas.

La gestión de residuos no depende únicamente de los poderes públicos, ya que los comportamientos individuales, en particular los vertidos ilegales y la ausencia de clasificación, contribuyen al agravamiento de la insalubridad. Además, las campañas de sensibilización siguen siendo limitadas frente a la magnitud del fenómeno. La educación ambiental aparece como un factor determinante para acompañar las políticas públicas y mejorar la eficacia global del sistema.

El conjunto de estos elementos converge hacia una constatación central: la insalubridad no constituye únicamente un problema medioambiental, sino un factor económico estructural. Las pérdidas asociadas se difunden en la salud, las infraestructuras, la productividad y el atractivo de las ciudades.

Sin embargo, el Banco Mundial subraya que los costes de gestión de residuos podrían aumentar considerablemente de aquí a 2030 en ausencia de mejoras en los sistemas, lo que incrementaría aún más el peso económico del fenómeno.

El rápido avance de la urbanización africana impone una reorganización de los sistemas de gestión de residuos. Los datos disponibles muestran que las pérdidas económicas ligadas a la insalubridad siguen estando ampliamente subestimadas, pese a que afectan directamente a las trayectorias de desarrollo.

Por Mouhamet Ndiongue
El 23/04/2026 a las 13h45