La gran entrevista de Le360: Boualem Sansal, «el rehén del presidente» que se mantuvo en pie

El escritor Boualem Sansal en el café-restaurante Montparnasse, en París, el 11 de julio de 2026. (K.Serraj@Le360)

El 16/07/2026 a las 09h10

EntrevistaEn París, Boualem Sansal habla con Le360 en su primera entrevista concedida a un medio no europeo desde su liberación, en noviembre de 2025. El escritor relata su paso por una prisión argelina y la violencia del encierro, así como el sabor de la libertad recuperada. Instalado ahora en Francia, habla de su último superventas, «La Légende», y de una trayectoria literaria coronada con su ingreso en la Academia Francesa. Pero es cuando habla de Marruecos, de su apego al Reino y de sus raíces familiares, cuando sus palabras adquieren una intensidad especial. «Me siento profundamente marroquí», afirma.

Boualem Sansal me citó este sábado 11 de julio en un restaurante del barrio parisino de Montparnasse para mantener una conversación sin formalismos. De una generosidad poco común, el encuentro fue también un momento singular en el que el hombre se reveló detrás del icono. Seductor y cordial, de enorme afabilidad, despierto, lleno de vida y dado a las bromas. Las pruebas no han logrado doblegarlo ni privarlo de esa libertad de tono que impregna toda su obra. Boualem Sansal sigue «en pie», fuerte y digno.

En esta entrevista exclusiva, la primera de su vida concedida a un medio marroquí, Boualem Sansal habla sin rodeos. Repasa sus enfrentamientos con el poder argelino, su detención y los relatos construidos en torno a su figura. Habla de la cárcel, de la libertad reconquistada y de los contornos de una nueva vida en Francia, sin dejarse llevar por el resentimiento ni perder su sentido del humor.

Por primera vez, aborda también sus vínculos con Marruecos, sus raíces familiares, sus recuerdos de Taza, su mirada sobre el Reino y su deseo de regresar. Una manera de reanudar un diálogo que las tensiones políticas nunca llegaron a romper por completo. Habla asimismo de su elección como miembro de la Academia Francesa, de su trayectoria como escritor y de «La Légende», su última obra, un relato de verdad, resistencia y reconstrucción que, desde su publicación en junio, figura entre los tres libros más vendidos en Francia. Una voz libre, grave y lúcida, a menudo atravesada por la ironía, encarnada por un hombre endurecido por las pruebas y que reivindica, ante todo, el derecho a seguir siendo plenamente escritor.

Le360. Su último relato, «La Légende», ya se ha convertido en un superventas menos de dos meses después de su publicación por Grasset. ¿Por qué eligió el título «La Légende»? ¿Alude a la fábula fabricada por el poder, al relato mediático sobre su detención o al personaje público en el que se convirtió contra su voluntad?

A las tres cosas a la vez. Una leyenda no es una historia que se cuenta. Es una historia que termina sustituyendo a la realidad. El poder argelino me convirtió en un traidor a la patria, profrancés, promarroquí y proisraelí. Los medios añadieron tonos sombríos y olores nauseabundos. Mis compañeros de prisión en Koléa hicieron de mí otra leyenda. Yo era aquel hombre heroico, loco o ingenuo que denunciaba la dictadura mientras vivía en Argelia y manifestaba públicamente sus posiciones políticas.

Sin embargo, en medio de todos esos relatos había un hombre, un escritor anciano, enfermo, agotado y condenado, que iba desapareciendo poco a poco detrás de sus múltiples personajes. Al escribir «La Légende», quise reencontrarme con ese hombre frente a su destino, reencontrarme tal como creo que soy. No para justificarme, sino para restablecer los hechos en toda su verdad, en toda su realidad.

Tal vez sea ingenuo y pretencioso, pero creo que un escritor representa algo dentro de la sociedad. Es una especie de testigo. Tiene el deber de hablar con claridad, denunciar, llamar a las cosas por su nombre, no dejarse nunca intimidar ni manipular y no temer nada, ni las amenazas ni las polémicas.

Hoy todo es polémico, incluso el silencio. Todo es una amenaza. Tahar Djaout, otra inmensa leyenda, decía «Si hablas, mueres. Si no hablas, mueres. Entonces, habla y muere». Esa es mi filosofía.

Cuando critico al régimen argelino, no lo hago únicamente por resentimiento ante el daño que me ha causado. Lo hago porque considero que es fundamentalmente malintencionado y peligroso para todos, para Argelia y los argelinos, para Marruecos, Túnez, Libia, Mali y Francia, sin olvidar a esos pobres saharauis a los que ha atrapado en sus fanfarronadas nacionalistas de otra época y a los que trata como indígenas menores de edad e ignorantes.

«La Légende», tanto como título como relato, nació de esa exigencia, impedir que los relatos fabricados terminen borrando la verdad vivida. ¿He logrado disipar los malentendidos? No lo sé y, en el fondo, ese no era mi objetivo. El deber de un escritor no consiste en que crean en él. Consiste en decir aquello en lo que cree. Lo demás pertenece al tiempo.

¿Qué parte de esta historia considera que ha sido más deformada, confiscada o simplificada?

Mi persona, sencillamente. Y esto no es algo nuevo. Desde mi primera novela, «Le Serment des barbares», publicada en 1999, me convertí en el símbolo de algo de lo que todo el mundo quería apropiarse. El régimen argelino necesitaba a un traidor. Algunos necesitaban a una víctima. Otros, a un ingenuo, a un Don Quijote. Otros más, a un provocador vendido a los judíos, a Francia, a los pieds-noirs o a Marruecos. Había también quienes veían en mí a un émulo de Camus, Solzhenitsyn, Voltaire o incluso Rabelais. Cada uno escribía su propia novela utilizando mi nombre para designar al personaje principal.

La realidad es al mismo tiempo más sencilla y más compleja. Soy un escritor que siempre se ha expresado libremente y que procura documentar aquello que afirma. Mis convicciones no nacieron en la cárcel. Fueron ellas las que me llevaron hasta allí. Si denuncio al régimen argelino, el islamismo o las renuncias de las democracias, no es porque haya estado en prisión. Fue precisamente porque llevaba mucho tiempo denunciándolos por lo que terminé encarcelado, demonizado por unos y convertido en héroe por otros.

No pido que estén de acuerdo conmigo. Solo pido que me lean antes de juzgarme y que debatan mis ideas en lugar de las leyendas construidas en torno a mi persona.

¿Cómo trabajó la memoria de la cárcel? ¿Buscó una precisión casi documental, aceptó las lagunas de los recuerdos o dejó que la literatura reconstruyera aquello que la experiencia había fragmentado?

La prisión es un lugar donde el tiempo deja de transcurrir. Los días se parecen tanto que terminan confundiéndose. Las referencias desaparecen y la memoria se vuelve incierta. Uno busca las palabras tanto como los recuerdos. Boualem Sansal desapareció muy pronto de mi conciencia. Yo era un preso más entre seis mil reclusos. Era el 46.611, mi número de preso. Vivía en el módulo 18 B, dentro del área de alta seguridad reservada, esencialmente, a los islamistas.

Para los guardias y los jueces, yo no era un preso como los demás. Era el rehén del presidente. No siempre sabían cómo comportarse conmigo.

No me marqué como objetivo reconstruir cada detalle como lo harían un secretario judicial o un historiador. Me impuse una regla, no escribir nada que supiera que era falso o incierto. No siempre resultaba sencillo. Había perdido la noción del tiempo y, en ocasiones, me costaba establecer una jerarquía entre los acontecimientos.

La literatura no está ahí para embellecer los hechos ni para corregirlos. Está para devolverles su verdad humana.

«La Légende» es un relato pegado a la realidad, no porque pretenda contarlo todo, sino porque se niega a traicionar lo vivido. La memoria puede vacilar y, en ocasiones, equivocarse. La conciencia, en cambio, nunca debe mentir. Era mi historia, mi identidad. Quería que fueran verdaderas para no perderme en lo innombrable.

¿Qué decidió no contar en este libro? ¿Esos silencios responden al pudor, a la voluntad de proteger a sus allegados, a la prudencia política o a la imposibilidad de expresar determinadas experiencias con palabras?

Dejé muchas cosas de lado. No por miedo al poder ni para protegerme a mí mismo, sino porque un libro de testimonio e introspección no es un expediente judicial. Un escritor no lo cuenta todo. Elige aquello que mejor permite iluminar la verdad que busca. Quise mostrar cómo funciona desde dentro la dictadura argelina, sus tribunales, sus prisiones, sus discursos, su lenguaje estereotipado y esa auténtica cárcel ideológica donde las palabras sirven para encerrar a los hombres.

También quise proteger a algunas personas. La cárcel nunca golpea a un solo hombre. Afecta a su familia, a sus amigos y a quienes lo ayudaron, en ocasiones poniendo en peligro su propia seguridad. Ellos no eligieron formar parte de esta historia.

Mi mujer no quería que hablara de ella en el libro. Por timidez. También por pudor. Sin embargo, ocupaba la mayor parte de mis pensamientos durante mi encarcelamiento. Finalmente conseguí su consentimiento para contar algunos episodios de aquella prueba compartida.

Por último, hay experiencias que se resisten a las palabras. No porque sean indecibles, sino porque contarlas demasiado pronto las empobrecería. Tal vez algún día reaparezcan bajo otra forma, en una novela o en otro relato. Cada libro tiene su propia necesidad. «La Légende» eligió la suya.

En realidad, todo fue difícil. Viví muy mal mi liberación, decidida tras un indulto del presidente Tebboune. Yo pedía regresar a Argelia para conseguir un verdadero juicio. Recibí muchas presiones para que no lo hiciera. Tenía que tener en cuenta las realidades diplomáticas y geopolíticas del momento. Tener que callarme y aceptar mi suerte me sumió en una enorme confusión intelectual.

Sin embargo, anuncié públicamente que presentaría una denuncia contra el señor Tebboune, que me había tomado como rehén violando la ley. Mi abogado francés, François Zimeray, nunca consiguió el visado que le habría permitido visitarme y encargarse de mi defensa.

Esta experiencia se complicó aún más con mi separación de Gallimard. Era precisamente el momento en el que necesitaba contarlo todo para reconstruirme desde la verdad, mientras que, a mi alrededor, todo parecía invitarme a callar, aceptar la doctrina dominante y entrar en la mentira. El mensaje era sencillo. «Eres libre. Sé bueno. Cállate».

¿La detención modificó su propia escritura, la extensión de sus frases, su ironía, su humor, su ira o su confianza en el poder de las palabras?

Sí, sin duda. La cárcel lo despoja a uno de muchas cosas, empezando por sus ilusiones. Le enseña el valor del silencio, de la espera y de la economía de las palabras. Cuando cualquier declaración puede utilizarse en su contra, uno aprende a quedarse únicamente con lo esencial.

No creo haber perdido mi sentido del humor ni mi buen ánimo, ni siquiera cierta ingenuidad que a menudo me ayudó a resistir. Contemplamos el horror como miramos al sol, cerrando los ojos de vez en cuando para no quedarnos ciegos. En cambio, siento con mayor intensidad el peso de las palabras. Sé mejor que antes que pueden salvar a un hombre, pero también condenarlo cuando son deformadas o instrumentalizadas.

Esta experiencia no ha disminuido mi confianza en la literatura. La ha vuelto más exigente. Ahora escribo con menos ilusiones, pero con una convicción más profunda. Frente al miedo y la mentira, las palabras precisas siguen siendo una de las últimas formas de libertad.

¿Cómo definiría sus vínculos personales, intelectuales, afectivos o literarios con Marruecos?

Para mí, Marruecos no es un país extranjero. No tengo la nacionalidad marroquí, pero siempre me he sentido profundamente marroquí. Todo lo que le afecta me afecta.

Estoy convencido de que, sin la dictadura militar y su siniestro clima político, Argelia sería un país maravilloso. Con una Algerian way of life, siguiendo el modelo de la Moroccan way of life que todo el mundo admira, saldría de su aislamiento y atraería a decenas de millones de turistas. Eso le permitiría escapar de la maldición del petróleo y del dominio de la incompetencia, el incivismo, los derrochadores y los oligarcas.

Espero que llegue el momento en el que las relaciones entre nuestros pueblos se liberen finalmente de las ideologías, las luchas de poder y los odios alimentados. Los escritores tienen un papel que desempeñar en esta evolución. Deben denunciar la dictadura militar en Argelia y desactivar las bombas de relojería que ha sembrado. Ya han causado demasiado daño.

Se han dicho muchas cosas, y muy contradictorias, sobre sus vínculos familiares con Marruecos. ¿Cuál es la realidad? ¿Tiene algún familiar marroquí?

Sí. Tengo vínculos familiares con Marruecos por parte materna. Mi bisabuelo era marroquí. Llegó a Argelia con su familia a finales del siglo XIX o principios del XX. Procedía del Rif, de Taza. Recuerdo haber ido allí de vacaciones una o dos veces durante la década de 1950.

Me parece revelador que esta cuestión se plantee una y otra vez. Cuando faltan argumentos contra las ideas de un escritor, a menudo se intenta deslegitimarlo cuestionando sus orígenes, su familia o su identidad. Es un método antiguo.

Como tengo un bisabuelo marroquí, Argel decretó que yo era un marroquí enemigo. François Asselineau, presidente de la UPR, que tal vez sea argelino o un agente de Argel, decretó en una de sus doctas conferencias que mi padre era marroquí y mi madre judía, todo ello con un tono que dejaba claras sus intenciones. Quizá pronto alguien descubra que tengo una prima en Marte y me acusen de mantener relaciones de inteligencia artificial con ese planeta.

Sin embargo, la realidad es sencilla. Nací en Argelia. Crecí allí, me casé, trabajé, escribí la mayor parte de mi obra y conocí la cárcel, la expulsión y el oprobio. También soy ciudadano francés, bastante zarandeado por cierta izquierda, que me ha atribuido parentescos vergonzosos con amigos de toda la vida…

¿Le gustaría viajar a Marruecos si se presentara la ocasión? ¿Qué significado desearía dar a ese viaje?

Marruecos es un país con el que he mantenido un diálogo constante. Durante cinco años consecutivos, en la década de 2000, tuve una columna en la emisora de radio Medi 1.

Si viajo próximamente, será un gesto literario, pero también político, en el sentido noble de la palabra. Será un gesto político para decirles a los marroquíes que los argelinos libres aspiran a la paz con Marruecos y desaprueban por completo la política aventurera desarrollada en la región por el poder argelino. Será también un gesto literario dirigido a los lectores y escritores marroquíes, con quienes estoy deseando reencontrarme.

Creo profundamente que los escritores tienen una responsabilidad especial en este asunto. Los Estados pueden enfrentarse. Los pueblos, en cambio, necesitan seguir hablando entre ellos. La literatura es uno de los pocos espacios donde esta conversación continúa siendo posible. Con ese espíritu me gustaría viajar a Marruecos.

Estoy esperando a que Le360 me invite… Iría encantado (risas).

¿Cómo es ahora su vida cotidiana en Francia?

Cada vez se parece más a la vida de un escritor, lo que constituye una inmensa suerte. Escribo, leo, trabajo y me reúno con lectores, amigos y editores. Poco a poco recupero el ritmo que la cárcel del señor Tebboune interrumpió brutalmente.

Pero ya no soy exactamente el mismo hombre. La detención deja huellas visibles e invisibles. Uno redescubre gestos sencillos, como caminar, abrir una puerta o elegir cómo organizar su tiempo, con una intensidad nueva. Comprende el valor de aquello que creía definitivamente adquirido.

Actualmente llevo una vida sencilla y dedicada al trabajo. Tengo varios libros en marcha, muchas ideas que explorar y la sensación de que el tiempo es más valioso que nunca. A mi edad, cada día es un regalo. Procuro no desperdiciar demasiado tiempo en polémicas estériles.

También estoy descubriendo que es más fácil convertirse en francés mediante un decreto que serlo en la vida cotidiana, algo que exige un sinfín de trámites administrativos que todavía no sé por dónde empezar.

¿Qué tuvo que volver a aprender, caminar solo, dormir, trabajar, confiar o, sencillamente, disponer de su tiempo?

Tuve que volver a aprender a ser libre. Es más difícil de lo que uno imagina. La prisión lo despoja de sus costumbres, sus referencias y su intimidad. Lo vuelve vulnerable. Al salir, hay que volver a aprender gestos muy sencillos, cerrar una puerta sin escuchar el cerrojo, caminar sin escolta, dormir sin esperar que vengan a despertarlo o decidir qué hacer durante el día. Necesité dos meses para volver a aprender a utilizar un teléfono y un ordenador.

Pero lo más difícil es, sin duda, recuperar la confianza. La cárcel enseña a desconfiar. La libertad exige volver a creer en los demás, en el futuro, en el trabajo y en la creación.

Tuve la suerte de estar rodeado por mi mujer, mis amigos y mis editores. Su lealtad me ayudó a volver a ser poco a poco quien era. La cárcel me había privado de libertad, pero no me privó del deseo de vivir, escribir y creer en el ser humano.

¿Es Francia ahora para usted una patria, un lugar de exilio o el territorio desde el que puede seguir escribiendo? ¿Esta nueva posición cambia su forma de dirigirse a los argelinos?

Francia es hoy mi país, mi único país, porque estoy a punto de ser privado de mi nacionalidad argelina y muchos argelinos también me han despojado de ella. A excepción de Kamel Daoud y Kamel Bencheikh, ningún escritor argelino me apoyó durante mi detención.

Pero nadie puede exiliarse de su memoria, de su lengua interior ni de su historia. Argelia permanece en el centro de mi obra porque sigue estando en el centro de mi vida. Continúo dirigiéndome a los argelinos como siempre lo he hecho, con afecto, franqueza y la esperanza de que algún día nuestro país recupere el camino de la libertad.

En el fondo, mi posición no ha cambiado. No escribo contra un pueblo ni a favor de un Gobierno. Escribo para defender una determinada idea de la libertad, la verdad y la dignidad humana. Esa lealtad no conoce fronteras.

Desde hace mucho tiempo, su obra alterna las novelas y los ensayos. ¿Qué cambia el uso más directo del «yo» en su manera de combatir la falsificación de la realidad, la arbitrariedad y el miedo?

El «yo» no me concede ningún privilegio. Al contrario, me impone una disciplina adicional. Cuando escribo una novela, mis personajes encarnan una parte de mi verdad. Cuando escribo «yo», ya no tengo ese refugio ni esa pantalla. Respondo directamente de cada palabra.

En el fondo, mantengo el mismo combate desde mi primer libro, resistir frente a las mentiras y los eslóganes que desfiguran la realidad, engañan a la gente y tergiversan la historia. La novela me permite explorar las realidades humanas mediante la imaginación. El ensayo lo hace mediante un razonamiento sólidamente documentado y el testimonio, mediante la experiencia vivida. Son tres caminos diferentes hacia una misma exigencia.

No creo que la literatura deba tranquilizar. Al contrario, viene a perturbar las certezas y deconstruir los discursos para ayudar, en última instancia, a ver las cosas con mayor claridad. Cuando el miedo se instala, amordaza a la sociedad y organiza su retroceso, la primera responsabilidad del escritor es seguir llamando correctamente a las cosas por su nombre. Tal vez sea la forma más sencilla, pero también la más difícil, de la libertad.

En «2084: la fin du monde» (2015, Gran Premio de Novela de la Academia Francesa) y «Vivre» (2025), imaginaba sociedades dominadas por la amenaza, el control y el colapso. ¿La cárcel confirmó sus intuiciones como novelista o le reveló que la realidad autoritaria funciona de manera diferente a la distopía?

Ambas cosas. La cárcel confirmó algunas de mis intuiciones, que ya se inspiraban en la realidad, pero, sobre todo, me enseñó que la realidad es menos espectacular y más temible que la ficción. En una novela, el totalitarismo posee una coherencia, una lógica. En la vida real avanza mediante improvisaciones, contradicciones, pequeñas cobardías, asfixiantes rutinas administrativas y obediencias mecánicas.

Uno se convierte en un robot más entre otros robots oxidados dentro de una fábrica en quiebra. El robot no es consciente de nada. Obedece a un programa mediocre, no necesariamente muy eficiente, dentro de un universo donde todo escasea.

En prisión no me encontré con monstruos. Me encontré con un sistema que transforma a hombres corrientes en engranajes de una máquina cuyo funcionamiento ya nadie parece comprender. Eso fue lo que más me impresionó, vivir en un mundo irreal, bajo la autoridad de un Reglamento cuyo sentido nadie puede explicar. En el fondo, el sistema funciona gracias a la ignorancia.

Salí de esta experiencia con una convicción reforzada. Las dictaduras no se mantienen únicamente gracias al miedo que inspiran, sino también mediante las mentiras que imponen y las renuncias que consiguen. La vergüenza desaparece, las normas se borran y las formas de civismo se extinguen. Poco a poco, uno se desliza hacia la deshumanización.

La primera libertad consiste, por tanto, en seguir interrogando la realidad y llamándola por su nombre. Cuando Ubú está desnudo, hay que decir que está desnudo, no otra cosa.

«Rue Darwin» (2011) entrelazaba la memoria personal, los secretos familiares y la historia argelina. ¿Qué cambia cuando el relato sobre uno mismo ya no regresa a la infancia, sino a una experiencia política todavía candente?

En «Rue Darwin» contemplaba un pasado lejano. El tiempo había hecho su trabajo. Las heridas seguían allí, pero habían encontrado su lugar dentro de una historia más amplia, la de una familia, una sociedad y un país.

En «La Légende» ocurre exactamente lo contrario. Los acontecimientos son recientes, las emociones siguen vivas y las consecuencias continúan presentes. No se escribe de la misma manera sobre una infancia que ya pertenece a la memoria colectiva que sobre una cárcel cuyas puertas metálicas uno todavía escucha abrirse y cerrarse con estrépito.

Pero, en el fondo, la pregunta sigue siendo la misma. ¿Cómo permanecer fiel a la verdad humana sin ceder al rencor ni al olvido? Esa fidelidad es la que une todos mis libros, independientemente de su tema o su forma. El tiempo transforma los recuerdos, pero nunca debe transformar la verdad.

Su elección como miembro de la Academia Francesa lo sitúa en el centro de una institución consagrada a la lengua. ¿Qué relación mantiene con la lengua francesa, primero como escritor y después como ciudadano del mundo?

No habito únicamente un país. Habito una lengua. Desde siempre, el francés es la casa donde escribo, donde pienso y desde la que dialogo con los vivos y con los grandes escritores que me precedieron. Para mí no es una lengua extranjera. Es mi lengua como escritor.

Me gusta el francés por su extraordinaria precisión, pero también porque es portador de una larga tradición de libertad, duda, razón y universalismo. Permite nombrar el mundo con rigor, pero también cuestionarlo.

Ser elegido miembro de la Academia Francesa supone para mí un inmenso honor. No lo considero la culminación de una trayectoria, sino una responsabilidad. Una lengua no pertenece a nadie. Pertenece a quienes la mantienen viva. Escribir en francés, independientemente del lugar donde uno haya nacido, significa participar en una aventura intelectual que trasciende las fronteras y las pertenencias.

¿Considera esta elección una reparación simbólica, una consagración literaria o un riesgo de institucionalización del escritor disidente?

No la considero ninguna de esas tres cosas. No es una reparación, porque una elección no borra las pruebas ni las injusticias. Tampoco es una consagración, porque un escritor nunca llega al final de su camino. Y tampoco supone una institucionalización, porque la función de una academia no consiste en domesticar a los escritores.

Conociéndolos un poco, me cuesta imaginar cómo se los podría obligar a ello y, todavía más, cómo aceptarían semejante absurdo. La defensa de una lengua es una cuestión de hombres libres e incluso rebeldes.

Veo en ella, ante todo, un inmenso honor y una responsabilidad. La Academia Francesa no acoge opiniones. Acoge una obra y una relación exigente con la lengua.

En cuanto al escritor que soy, seguirá siendo lo que siempre ha sido, libre. La libertad no depende del lugar donde uno se sienta, sino de la fidelidad que mantiene hacia su conciencia. Si algún día tuviera que elegir entre un sillón y esa libertad, no dudaría ni un segundo.

Desde su liberación, diferentes sectores políticos, mediáticos e intelectuales intentan encajarlo en su propio relato. ¿Qué les respondería?

Están perdiendo el tiempo. Nunca he escrito para un partido, un Gobierno o una ideología. Desde hace cuarenta años escribo de acuerdo con mi conciencia. Eso me ha valido ataques en Argelia y, en ocasiones, también en Francia. La lucha nunca me ha desanimado.

Entiendo que cada uno quiera apropiarse de una historia que le conviene. Es un reflejo muy contemporáneo. Se prefieren los símbolos a las personas, las etiquetas a las obras y los relatos prefabricados a la complejidad de la realidad. Pero un escritor no es una bandera que se planta en un territorio político.

No pido a nadie que esté de acuerdo conmigo. Solo pido que me lean antes de juzgarme y que debatan mis ideas, en lugar de encerrarme en una categoría antes incluso de escucharme. La libertad de un escritor empieza por rechazar cualquier intento de apropiación.

¿Qué desea salvar de su «leyenda», una obra, una idea, una frase o, sencillamente, el derecho a volver a ser un escritor del que nadie pueda apropiarse?

No deseo salvar una leyenda. Las leyendas pertenecen a los demás. En cuanto a la obra, una vez publicada, pertenece a sus lectores.

Si tuviera que salvar algo, sería la libertad de un escritor. La libertad de escribir sin obedecer a un poder, un partido, una moda o unas expectativas. La libertad de cambiar, de dudar, de equivocarse en ocasiones, pero permaneciendo fiel a su conciencia.

Estoy agradecido a todos los que me apoyaron durante esta prueba. Pero no quisiera que el hombre detenido, encarcelado y posteriormente liberado terminara haciendo olvidar al escritor. La cárcel es un episodio de mi vida. No debe convertirse en toda mi identidad.

Mi mayor deseo es muy sencillo, seguir escribiendo. Si dentro de algunos años se habla más de mis libros que de mi paso por la cárcel, consideraré que habré recuperado mi verdadera libertad.

Por Karim Serraj
El 16/07/2026 a las 09h10