Los indicadores macroeconómicos de Marruecos suscitan con frecuencia la admiración de las instituciones internacionales. El crecimiento sostenido, una inflación contenida y una deuda externa manejable perfilan al Reino como una economía modelo para África y Oriente Medio. Se trata de un contraste evidente frente a vecinos en apuros como Egipto o Túnez, atrapados en constantes desequilibrios presupuestarios y crisis de gobernanza.
No obstante, otras cifras relatan una realidad muy distinta. El desempleo juvenil supera el 37% y cerca del 80% de la fuerza laboral ejerce su labor fuera del marco formal. A esto se suma el aumento de la desigualdad de ingresos, lo que demuestra que la prosperidad reflejada en los datos macroeconómicos no se traduce en mejoras tangibles para la inmensa mayoría de la población activa. Esta tensión entre el éxito económico y la desconexión social es precisamente lo que analiza Paul Dyer, economista del desarrollo especializado en la inserción laboral de los jóvenes en Oriente Medio y el Norte de África, en un detallado informe publicado por el Stimson Center en Washington.
Su veredicto es contundente. Marruecos ha logrado desarrollarse a un ritmo envidiable, pero ha fracasado a la hora de hacer que ese crecimiento sea verdaderamente inclusivo. Dyer advierte de que, mientras no se reformen de raíz las estructuras profundas del mercado laboral, ninguna inyección de fondos públicos logrará cambiar el panorama por muy generosa que sea.
Un escaparate industrial con beneficios desiguales
El análisis del investigador parte de un reconocimiento claro del éxito marroquí, que está lejos de ser un mero espejismo. «Marruecos ha construido una de las economías orientadas a la exportación más prósperas de la región», señala el experto. Mediante el desarrollo de zonas francas en torno a las cuales han surgido progresivamente potentes polos industriales, el Reino ha logrado atraer inversiones masivas en sectores como la automoción, la industria aeroespacial, el textil y la electrónica. Muy pocos países africanos o árabes han conseguido integrarse a esta escala en las cadenas de suministro mundiales. Este posicionamiento no es fruto de la casualidad, sino el resultado de una estrategia gubernamental deliberada, forjada a lo largo de varias décadas, que combina fuertes incentivos fiscales, inversión en infraestructuras y estabilidad económica.
La otra cara de esta moneda es tanto geográfica como social, ya que la riqueza generada se concentra casi en exclusiva en las áreas urbanas de la costa norte. «Los marroquíes que residen en las ciudades del interior y en las zonas rurales no se benefician de manera significativa de los esfuerzos de industrialización», constata el autor. Aunque la pobreza extrema ha retrocedido en términos generales, la desigualdad de ingresos ha ido en constante aumento, lo que evidencia que el crecimiento industrial crea riqueza pero apenas la distribuye.
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Esta brecha territorial no responde a un accidente geográfico, sino que refleja más bien una elección de modelo. La industrialización de Marruecos se ha articulado en torno a polos de competitividad muy concentrados, en claro detrimento de un desarrollo económico más transversal que habría podido dinamizar las regiones del interior. Las zonas francas logran captar la atención de los inversores extranjeros, pero su efecto tractor sobre el tejido productivo local sigue siendo muy limitado.
Un 37,6%, el dato que resume el panorama
Las cifras brutas del mercado laboral dan una idea exacta de la magnitud del problema. Los jóvenes de entre 15 y 24 años se enfrentan a una tasa de paro del 37,6% y representan casi un tercio del total de demandantes de empleo en el país. Este dato incluso se queda corto frente a la realidad de las calles, puesto que la tasa de población activa sigue siendo especialmente baja en esta franja de edad, sobre todo en el caso de las mujeres jóvenes.
La otra vertiente de la crisis es la altísima prevalencia del empleo no declarado. «La mayor parte de las empresas en Marruecos, un 83%, opera en la economía sumergida, y cerca del 80% de los trabajadores están empleados en este sector, donde carecen de apoyo sindical o protección laboral», apunta Paul Dyer. Artesanos, jornaleros y subcontratistas en la sombra ponen rostro a esta profunda desconexión entre las grandes cifras macroeconómicas y el día a día de las familias. Pese a representar a la inmensa mayoría de la fuerza laboral marroquí, las políticas públicas continúan diseñándose casi en exclusiva para el sector formal, que constituye una clara minoría privilegiada.
A esta situación se suma un sistema de obstáculos acumulativos que el economista estadounidense describe con gran precisión. La estricta regulación del mercado laboral, las carencias del sistema educativo y la enorme presión sobre el mercado inmobiliario se retroalimentan constantemente, agravando la exclusión social.
La trampa de la protección laboral
Es en este punto donde el análisis toma un cariz mucho más original y políticamente delicado. El autor no cuestiona en ningún momento la legitimidad de los derechos de los trabajadores, recordando que tanto los sindicatos como las leyes de protección social cumplen una función democrática y social esencial.
Sin embargo, en una economía marcada por un paro juvenil endémico y una abrumadora mayoría de empleo informal, estos mismos mecanismos de protección acaban generando efectos perversos que el investigador documenta con absoluto rigor. «Ante las complejas normativas de contratación y despido, las empresas del sector formal prefieren priorizar las inversiones intensivas en capital en lugar de contratar personal, sobre todo si se trata de jóvenes sin experiencia previa que aún no han sido puestos a prueba», detalla el documento.
Asimismo, el economista sostiene que, para las pequeñas y medianas empresas, la carga fiscal y los enormes costes asociados al cumplimiento de la burocracia laboral suponen a menudo un freno tanto para su crecimiento como para su productividad. Esta asfixia institucional termina alimentando la expansión de la economía sumergida, un entorno que se caracteriza por ofrecer puestos de trabajo precarios y de baja calidad.
«Las estrictas regulaciones laborales protegen a los empleados que ya están asentados, pero en un contexto de población joven que se enfrenta a altas tasas de paro y a largos periodos de búsqueda de empleo, este marco normativo se convierte en un obstáculo infranqueable para quienes intentan acceder por primera vez al mercado», resume Dyer. Este es precisamente el gran paradigma de la investigación. Un sistema concebido sobre el papel para amparar a los trabajadores termina dejando fuera al grueso de la población, blindando a una minoría de empleados con contrato formal mientras condena a la gran mayoría a la precariedad absoluta o a las filas del desempleo.
Esta contradicción estructural no es exclusiva de Marruecos. De hecho, define a buena parte de las economías de Oriente Medio y el Norte de África, donde conviven normativas laborales extremadamente rígidas con un inmenso tejido productivo en la sombra. La diferencia fundamental radica en que, en el caso marroquí, el rotundo éxito de su industria orientada a la exportación hace que este desequilibrio sea mucho más evidente y perjudicial. El país cuenta con una base productiva real y sólida, pero tropieza de forma sistemática a la hora de transformar ese inmenso potencial en empleos formales masivos.
Para dimensionar la distancia entre las capacidades reales del país y su realidad cotidiana, el experto del Stimson Center recurre al precedente de Asia Oriental. Economías de referencia como Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán forjaron su aclamado milagro exportador en la década de los ochenta gracias a una combinación estratégica que incluía mano de obra joven, un fuerte respaldo estatal y una legislación laboral eminentemente ágil. Las notables restricciones a la actividad sindical también formaron parte de ese engranaje. El resultado final fue un crecimiento acelerado que absorbió grandes volúmenes de empleo y logró reducir drásticamente la pobreza extrema en el espacio temporal de apenas una generación.
La comparación resulta muy atractiva, pero corre el riesgo de llevar a engaño si se interpreta al pie de la letra. El propio autor se encarga de matizar rápidamente sus límites y aclara que no se trata de una hoja de ruta que pueda calcarse tal cual. «La experiencia de Asia Oriental tuvo lugar en un momento histórico distinto y en naciones con niveles de desarrollo muy diferentes a los del Marruecos actual, pero sigue siendo el gran referente sobre cómo los países pueden maximizar el empleo y el crecimiento apoyándose en su capacidad exportadora dentro de un entorno global altamente competitivo», puntualiza.
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Resulta evidente que la economía internacional de la presente década no brinda las mismas facilidades que impulsaron a los tigres asiáticos hace cuarenta años. En la actualidad, las cadenas de valor internacionales se encuentran en plena reestructuración logística, las tensiones proteccionistas no dejan de aumentar en Occidente y los grandes clientes internacionales exigen ahora estándares normativos mucho más estrictos en materia de derechos humanos y laborales.
Pese a ello, este precedente histórico funciona como un excelente elemento revelador. Demuestra hasta qué punto una potente industria de exportación puede transformar una nación cuando el mercado laboral cuenta con la agilidad necesaria para absorber de forma masiva a los nuevos trabajadores que se incorporan al sistema. Al mismo tiempo, pone de manifiesto todo el potencial que Marruecos está dejando de rentabilizar por aferrarse a una rigidez normativa que asusta y desincentiva la contratación. No se trata, por tanto, de una invitación ideológica a replicar el modelo asiático, sino de una valiosa vara de medir para calcular el verdadero coste de oportunidad que suponen los actuales bloqueos institucionales.
Un préstamo de 500 millones de dólares bajo escrutinio
Con el objetivo de corregir urgentemente estos graves desequilibrios estructurales, el Ejecutivo de Rabat ha sellado un importante acuerdo por valor de 500 millones de dólares con el Banco Mundial para respaldar de manera directa la hoja de ruta nacional en materia de empleo. El ambicioso programa articula su estrategia en torno a diversas líneas de actuación que abarcan desde el apoyo explícito a las pymes en los pujantes sectores de la energía verde y la industria farmacéutica, hasta la ansiada mejora del acceso a la financiación y una profunda reforma del clima de negocios. A todo esto se suma el impulso decidido de las políticas activas del mercado de trabajo, la necesaria ampliación de los servicios de guardería infantil y una mejora sustancial y cualitativa en la oferta pública de formación profesional.
Estas directrices gubernamentales tienen un mérito innegable. Tanto el respaldo sostenido a las empresas en sectores con gran proyección de futuro como las mejoras en el complejo ámbito de la financiación y la formación, responden de lleno a deficiencias sistémicas reales y muy bien documentadas. Sobre el papel oficial, la hoja de ruta estratégica abarca un espectro de actuación amplio y plenamente justificado.
Sin embargo, Paul Dyer no solo cuestiona los enfoques elegidos. Directamente duda de que estas medidas vayan a ser mínimamente suficientes. Con un rigor analítico que invita a la reflexión, el experto del Stimson Center advierte de que Marruecos, al igual que los demás países de su convulso entorno regional, «ha tenido escaso éxito a la hora de combatir el paro juvenil mediante millonarias inyecciones de gasto en formación técnica, agencias públicas de colocación o subvenciones directas a las empresas».
Es innegable que ciertos programas específicos han demostrado ser de gran utilidad práctica para sus beneficiarios más directos, y es cierto que aún existe un amplio margen de mejora técnica si se afina más el tiro y se estrecha verdaderamente la colaboración operativa con el sector privado. Pero su impacto final sobre las grandes cifras estructurales del empleo ha sido, hasta la fecha, meramente testimonial y marginal. Las constantes ayudas a la inserción laboral actúan como un mero parche que alivia temporalmente los síntomas, pero en ningún caso atacan la verdadera raíz del problema.
«A pesar de los innegables y profundos avances en materia de modernización e industrialización, los resultados reales que ofrecen el mercado laboral y el tejido empresarial para la inmensa mayoría de los ciudadanos de Marruecos recuerdan de manera sorprendente a los registrados a principios de los años 2000», recalca el analista norteamericano. Más de un cuarto de siglo ininterrumpido de políticas activas de fomento del empleo no ha logrado propiciar una verdadera transformación en las reglas de juego. El elevadísimo desempleo juvenil, el asfixiante y endémico peso de la economía informal o las dolorosas brechas de desarrollo territorial se han mantenido casi inalterables frente al paso del tiempo, y ello a pesar de la inyección de décadas de intervenciones gubernamentales y multimillonarios fondos de cooperación internacional.
La advertencia que dejó la ley de 2025
El economista es plenamente consciente de que la profunda cirugía estructural que propone abiertamente no puede, en modo alguno, imponerse por la vía del decreto político. Una constatación que quedó patente de forma muy palpable hace muy poco tiempo, cuando la polémica ley de 2025 orientada a limitar estrictamente ciertas modalidades operativas del derecho a huelga desató de forma automática una intensa y exitosa movilización sindical a lo largo de todo el país.
Estas consolidadas organizaciones de trabajadores siguen siendo, por mérito propio, actores completamente ineludibles en el complejo tablero social y político marroquí, desplegando una influencia real que va mucho más allá de su mermado número de afiliados cotizantes. Resulta indudable que su masa social efectiva ha ido menguando de forma progresiva a medida que la economía sumergida se iba apoderando del país, pero su incuestionable peso simbólico y su intacta y enorme capacidad de convocatoria callejera se mantienen como el primer día. El férreo y mayoritario respaldo popular a las actuales y rígidas garantías de la normativa laboral trasciende ampliamente las bases organizativas de los sindicatos, consolidándose como un fiel reflejo sociológico de la necesidad imperiosa de seguridad económica que ansían instintivamente absolutamente todas las clases sociales frente a la incertidumbre.
«La eliminación frontal y desregulada de los derechos laborales de los trabajadores no es una opción políticamente deseable ni una expectativa pragmática o razonable para el futuro a corto plazo de Marruecos», admite con realismo Paul Dyer. Los recientes intentos de imponer una mayor flexibilidad laboral desde arriba en otros países vecinos de la región se han saldado sistemáticamente o bien con un estallido de rechazo social absolutamente rotundo en las calles, o bien con una aplicación burocrática tan sumamente laxa en la práctica que ha terminado por descafeinar y vaciar de contenido real cualquier asomo de reforma.
Sin embargo, admitir esta compleja realidad sociológica no resuelve por sí solo el problema de fondo. La anhelada competitividad empresarial internacional y la necesidad vital de generar masivamente empleo exigen de forma inexcusable e imperativa una mayor agilidad y flexibilidad en la gestión técnica de los recursos humanos. Ambas necesidades macroeconómicas son completamente reales y apremiantes y, aunque a primera vista puedan parecer diametralmente contrapuestas desde una óptica política, no tienen por qué serlo necesariamente si se logra vertebrar un marco institucional y negociador verdaderamente adecuado que permita conciliarlas de forma armónica.
El diálogo social, ¿única vía de escape?
El experimentado autor subraya la urgencia de que Marruecos se siente a forjar un nuevo consenso nacional. «El país debe encontrar con inteligencia un nuevo punto de equilibrio que permita seguir protegiendo los derechos fundamentales de los trabajadores y que, al mismo tiempo y de manera paralela, brinde de verdad a las empresas la capacidad operativa y jurídica de crear más y mejor empleo sin el temor constante a perder su necesaria competitividad», subraya con énfasis en sus conclusiones.
Para Paul Dyer, «lograr asentar esta compleja estabilidad requerirá impulsar de forma decidida un proceso estructurado, sincero y vinculante de diálogo social que siente en la misma mesa a los principales sindicatos, a la patronal, al propio Gobierno y a las fuerzas vivas de la sociedad civil, todo ello en un esfuerzo negociador que sea sostenido en el tiempo y que esté siempre enfocado pragmáticamente hacia la consecución de resultados tangibles que permitan alumbrar una resolución final capaz de dar respuesta satisfactoria a las necesidades esenciales de todos y cada uno de los actores de la economía nacional».
El meditado y extenso documento estratégico concluye asegurando de forma tajante que solo mediante el impulso valiente de una reforma global de este enorme calado normativo el Reino «podrá tener la oportunidad de liberar todo el potencial latente de empleo y crecimiento económico que atesoran sus notables esfuerzos de industrialización acumulados en los últimos años. Por tanto, este ambicioso programa de reformas transversales debería situarse de forma urgente en el centro mismo de todas las prioridades del Ejecutivo en materia de creación de empleo nacional, contando además para este tránsito con el imprescindible respaldo activo y solidario de aquellos socios internacionales verdaderamente comprometidos con el desarrollo integral a largo plazo de Marruecos».
