Cuando un Estado ya no encuentra a nadie dispuesto a prestarle dinero, recurre a su banco central. El régimen argelino lo hizo en 2017, amparándose en una excepción de cinco años. Desde entonces, no ha dejado de hacerlo. Aunque oficialmente se desconectó en 2019, la máquina de imprimir billetes ha convertido al Banco de Argelia en el financiador permanente del Estado.
El país gasta así dinero que no está respaldado por una producción equivalente, y la factura acaba recayendo sobre los hogares en forma de subidas de precios. En septiembre de 2020, el periodista argelino Abdou Semmar, exiliado en Francia, ya analizaba en un vídeo la primera fase de esta deriva. Recordaba que la decisión se había tomado en octubre de 2017, durante la presidencia de Abdelaziz Bouteflika y bajo el Gobierno de Ahmed Ouyahia. El régimen la bautizó como «financiación no convencional», una forma técnica de referirse a la impresión de dinero.
El contexto era la crisis del petróleo iniciada en 2014. El poder había vaciado el Fondo de Regulación de Ingresos, concebido como colchón financiero. El Estado ya no podía pagar a sus cerca de tres millones de funcionarios ni reactivar los proyectos paralizados de viviendas, autopistas y puentes. En vez de emprender reformas, optó por preservar sus reservas de divisas y financiar en dinares todo lo que pudiera producirse en el país.
Leer también : Argelia: Tebboune promete duplicar los salarios, pero el mercado negro los deja en la mitad
El objetivo anunciado era emitir 3.050.000 millones de dinares entre 2017 y 2019, equivalentes a 27.500 millones de dólares de entonces. Según Abdou Semmar, el poder acabó imprimiendo 6.556.000 millones de dinares, unos 55.000 millones de dólares y el 32% del PIB: más del doble del límite que se había fijado. A finales de septiembre de 2018, la creación monetaria ya alcanzaba los 4.005.000 millones de dinares, equivalentes a 34.000 millones de dólares, según informó entonces Le360. El primer plazo bastó para dejar en evidencia que los límites no se respetarían. «Esta riqueza es virtual. No es riqueza real, sino dinero que hemos decidido crear», resume Abdou Semmar.
Dinero de Monopoly y un dinar desconectado de la realidad
El periodista compara esta práctica con la de las principales economías. La Unión Europea, China, Japón, India y Estados Unidos también han recurrido a la creación monetaria, pero para facilitar el crédito a las empresas y los hogares y reactivar así la actividad. Argel, en cambio, la ha utilizado para tapar agujeros, sin que a cambio se produzca nada.
Semmar describe lo ocurrido como una cadena de consecuencias que nadie en la cúpula del Estado quiso ver. Un aumento de la cantidad de dinero impulsa el consumo. Como el país apenas produce otra cosa que petróleo y gas, ese consumo se satisface mediante las importaciones. La demanda supera a la oferta, suben los precios y el dinar pierde valor. «El dinar se ha convertido en dinero de Monopoly. Está desconectado de la realidad económica», afirma. El resultado es una pérdida de poder adquisitivo para los argelinos y un aumento de la pobreza.
Seis años después, el régimen no ha corregido el rumbo, como ya ha señalado Le360. El economista Abdelghani Youmni, entrevistado por este medio, llega a la misma conclusión y aporta cifras. Primero explica cómo funciona la creación monetaria: «El banco central emite el dinero que circula en la economía mediante el tipo de interés oficial y los tipos interbancarios. También crea el equivalente en moneda local de las reservas de divisas. En determinados casos, puede financiar el déficit presupuestario creando dinero de la nada y poniendo en marcha la “máquina de imprimir billetes”. Esta práctica no convencional aumenta la masa monetaria».
En la práctica, «si un Estado debe financiar un déficit presupuestario de 1.000 millones de dólares, el banco central crea esa cantidad comprando letras del Tesoro u obligaciones públicas a cambio de dinero, que después circula por la economía. Aumenta la masa monetaria y también la demanda interna, lo que favorece la inflación y la depreciación de la moneda», explica Abdelghani Youmni.
El economista distingue este mecanismo del endeudamiento tradicional, una opción que el poder argelino elude en favor de la solución más sencilla. «La emisión de deuda o la venta de letras del Tesoro son las formas más legales de cubrir los déficits presupuestarios. La máquina de imprimir billetes funciona justo al contrario, porque no recurre al ahorro de los hogares ni al de las instituciones. Se basa en estimular artificialmente la creación de dinero “de la nada”, al margen de la economía real y de la actividad productiva».
Youmni reconoce que la financiación monetaria puede justificarse en algunos casos, por ejemplo, para responder a una emergencia, controlar el coste de la deuda o proteger la calificación crediticia del país. «Al mismo tiempo, puede presionar los tipos de interés y los tipos de cambio. Cuando las importaciones mantienen una demanda constante, financiar los déficits mediante la creación monetaria suele contribuir al agotamiento de las reservas de divisas, debido a la depreciación de la moneda local», precisa.
El dinero creado sin un aumento de la producción acaba pagándose en forma de precios más altos, y quien paga la factura es el consumidor. La impresión de dinero desconecta la moneda de la economía real. Le resta capacidad para impulsar la inversión y el crecimiento y desplaza otras formas de financiación. Es cierto que la relación entre la expansión monetaria, el crecimiento y la inflación también depende de la velocidad a la que circula el dinero, de las mejoras de productividad y del dinamismo del sistema financiero. Pero en Argelia ninguno de estos factores sirve de amortiguador.
En realidad, la máquina de imprimir billetes es una anotación contable: ingresa en la cuenta del Tesoro una cantidad que no existía como ahorro ni como divisas. No es una deuda ni un descubierto. La financiación es gratuita y su devolución, incierta. Esta facilidad exime al Estado de reformar el sistema fiscal y de mantener la disciplina monetaria.
Leer también : Presupuesto de 2027 en Argelia: el régimen infla el PIB en 62.000 millones de dólares para maquillar el déficit
«Según los economistas Irving Fisher y Milton Friedman, la masa monetaria transmite la inflación a través de los precios. Su aumento impulsa la demanda y esta, a su vez, hace subir los precios. Todo incremento de la masa monetaria estimula la actividad y el empleo y, a medio plazo, provoca una subida de los salarios, seguida de aumentos en la demanda y los precios. La inflación no depende únicamente del dinero. También puede importarse o deberse a un encarecimiento de los costes», señala Abdelghani Youmni.
Los oligarcas ganan y los hogares pierden
La ley 17-10, aprobada en 2017, autorizó al Banco de Argelia a financiar directamente al Tesoro de forma excepcional durante cinco años. Nueve años después, ese plazo está ampliamente superado y la ley de presupuestos de 2026 incluso flexibilizó los límites y la duración de los anticipos. El régimen no puso fin a la excepción, sino que la convirtió en norma.
«Argelia sufrió la caída del precio del petróleo, que pasó de 110 dólares en 2013 a 30 dólares en 2017. Este país obtiene el 78% de sus ingresos fiscales y el 98% de sus ingresos totales de la renta de los hidrocarburos. Forma parte del grupo de economías expuestas a la enfermedad holandesa, conocida en inglés como Dutch Disease», recuerda el economista.
«La caída de las reservas de divisas, de 194.000 a 97.300 millones de dólares en cuatro años, agravó el déficit público. El dinar perdió un 30% de su valor en el mercado oficial de cambios y la diferencia con el mercado paralelo superó el 66%. Este retroceso llevó al Estado a ordenar al banco central, que en Argelia no es soberano ni independiente, que pusiera en marcha la máquina de imprimir billetes mientras se esperaba una recuperación de los precios del petróleo y el gas. Esta decisión irresponsable, por su carácter duradero e incluso permanente, genera un efecto Cantillon que beneficia a las empresas dirigidas por oligarcas, favorecidas por los contratos públicos subvencionados, y a los propietarios de activos. Los hogares, cuyos salarios y pensiones permanecen fijos, pierden poder adquisitivo», afirma. Abdelghani Youmni ya había analizado para Le360 la caída constante del dinar.
Mientras los hogares se empobrecen, un banco central subordinado al poder ejecutivo acumula créditos contra el Estado. Una cifra da la medida del fenómeno. «En Argelia, los créditos netos del Banco de Argelia aumentan más rápido que la deuda pública externa e interna. Según las últimas previsiones del FMI, la deuda pública representa solo el 53,2% del PIB en 2026, pero la deuda contraída con el banco central asciende a 8.217.000 millones de dinares, el 19,1% del PIB. En realidad, si se suman los anticipos y la financiación mediante la máquina de imprimir billetes, el banco central posee más del 36% de la deuda pública argelina», señala Youmni.
Esta deriva no es un accidente. Es la continuación de una negativa de larga data a reformar el sistema financiero del país. «Para entender la relación entre Argelia y la máquina de imprimir billetes hay que remontarse a su historia monetaria. En los años ochenta, la economía centralizada financiaba a las empresas públicas a través de bancos mayoritariamente públicos, que a su vez recibían fondos del banco central. En los años noventa, se rechazaron la liberalización financiera, la privatización del sistema bancario y la eliminación de los controles sobre el crédito y la moneda», añade.
«En los años 2000, la abundancia de ingresos petroleros permitió al Estado cubrir el gasto público y las subvenciones con los ingresos derivados de la emisión de moneda, sin recurrir masivamente a la creación monetaria directa. Pero el cambio de tendencia de 2017 modificó la situación y llevó al Estado argelino a hacer permanente la máquina de imprimir billetes, como mecanismo flexible para financiar una demanda interna sostenida artificialmente y una demanda externa que depende exclusivamente de las exportaciones de petróleo y gas sin valor añadido», prosigue.
Los presupuestos de 2027 confirman que la tendencia no cambia. El déficit crece de una ley de presupuestos a otra, sin que se acompañe de reformas. Además, las cifras resultan más presentables al calcularse sobre un PIB inflado en 62.000 millones de dólares respecto a las estimaciones del FMI, como reveló Le360. «El proyecto de presupuestos de 2026 presentó un déficit de 5.000.000 millones de dinares, el 12% del PIB. El de 2027 prevé 8.600.000 millones, 1,7 veces más. Los ingresos alcanzarán los 9.251.000 millones, mientras que los gastos superarán los 17.883.000 millones de dinares. Argelia afronta cuatro grandes retos: el rápido crecimiento de su población y un importante dividendo demográfico sin perspectivas económicas, la dependencia exclusiva de los hidrocarburos, la falta de una reforma fiscal y la ausencia de un modelo de desarrollo», detalla el economista.
Los ciudadanos pagan la factura de la impresión de dinero
El coste de esta huida hacia delante no lo pagan quienes la decidieron, sino los argelinos, a través de los precios y de la depreciación de la moneda. Abdelghani Youmni utiliza datos del Banco Mundial para cuantificar el impacto. «Los datos del Banco Mundial permiten identificar dos tendencias entre 1970 y 2025. Por un lado, una inflación históricamente alta, del 8,4% de media. Por otro, una fuerte depreciación del dinar argelino, cuyo tipo de cambio se sitúa en 135,91 dinares por dólar. En Marruecos, durante esos 55 años, la inflación se mantuvo en el 4,13% y el tipo de cambio medio fue de 9,77 dírhams por dólar. La inflación argelina es de origen interno y está relacionada con la especulación, la dependencia de las importaciones para cubrir el 90% de las necesidades de consumo público y privado, y el poder de mercado de grandes importadores, que forman una oligarquía monopolística», explica.
«Estamos ante debilidades macroeconómicas y microeconómicas que generan efectos negativos para la economía. A esto se suma la brecha entre el tipo de cambio oficial y el del mercado paralelo, una constante desde los años setenta que el Estado ha tolerado ampliamente. Los tipos del mercado paralelo no se incluyen en el cálculo del índice de precios, lo que lleva a subestimar la inflación importada y favorece la dolarización parcial de las transacciones», indica.
Cuando una economía vive de la renta petrolera y de la creación de dinero, la comparación con Venezuela resulta inevitable. El economista señala las semejanzas que deberían preocupar a Argel, pero también las diferencias. «Venezuela es uno de los mayores productores de petróleo. Sin embargo, importa la gasolina y el gasóleo, que el Estado subvenciona. En 2022, la industria venezolana tenía tres veces menos empresas que en 2000. El 45% de la población activa trabaja en el sector informal. El Estado restringe la importación de coches nuevos y los de segunda mano cuestan más que los nuevos en otros países», observa.
El precedente venezolano es un espejo. «Ambas economías dependen mucho de los hidrocarburos, financian gran parte del gasto público con esos ingresos, conceden importantes subvenciones que frenan la iniciativa privada y la asunción de riesgos, y afrontan dificultades estructurales para diversificar la producción. Sin embargo, también presentan diferencias importantes en cuanto a deuda externa, infraestructuras energéticas y estabilidad monetaria. Las fortalezas de Argelia son muy superiores. Pese a sus debilidades, el país no ha sufrido el desplome del PIB ni la hiperinflación que provocaron hambrunas y tensiones sociales y precipitaron la caída del régimen venezolano», sostiene Youmni.
La trampa de la renta y la evasión de las reformas
Las soluciones se conocen desde hace años. El poder argelino prefiere aplazarlas porque afectarían a la renta de los hidrocarburos y a las redes que se benefician de ella. «A menudo se presenta a Argelia como abanderada de una economía del “ni-ni”, un modelo que parece esquivar a la vez el crecimiento y el desarrollo. Se basa exclusivamente en la renta de los hidrocarburos. Esta dependencia debilita la oferta privada y aumenta la presión sobre las subvenciones públicas y las transferencias sociales. Por su intensidad, reduce la creación de empleo y presiona la balanza de pagos y las cuentas del Estado», analiza el economista.
Ya en 2017, el propio Banco de Argelia había alertado de los riesgos de financiar el déficit público mediante la creación monetaria. Advirtió de una espiral inflacionista y de la depreciación del dinar, agravadas ambas por la dependencia de las importaciones de insumos, productos acabados y bienes de consumo.
«La forma más evidente de corregir los síntomas de la enfermedad holandesa y de la maldición de los recursos es probablemente frenar la entrada de capitales o dirigirlos hacia las industrias exportadoras y de transformación, para impulsar un modelo que sustituya las importaciones. Es lo que ocurre en Noruega, un país industrial y productor de petróleo, donde la inflación no superó el 4,06% entre 1976 y 2026 y el crecimiento medio fue del 2,9%», explica.
«La comparación es delicada, pero los Emiratos Árabes Unidos han creado fondos soberanos especiales para transformar la renta petrolera en inversiones internacionales. Argelia también podría canalizar sus reservas para industrializar el país y crear empleo para los millones de jóvenes que no trabajan, estudian ni reciben formación. Puede inspirarse en la experiencia marroquí. En quince años, Marruecos ha movilizado más de 150.000 millones de dólares para construir infraestructuras portuarias, aeroportuarias, viarias y ferroviarias. Así ha transformado su economía hasta convertirse en una plataforma internacional para las industrias del automóvil y la aeronáutica, y en uno de los principales actores de la logística marítima mundial», considera Youmni.
La diferencia fiscal con Marruecos también es significativa. El Estado argelino renuncia a recaudar ingresos que otros países sí movilizan y luego compensa esa carencia imprimiendo dinero. «Argelia recauda 1,8 veces menos impuestos que Marruecos. Debe emprender una reforma fiscal para reducir la masa monetaria, reforzar la capacidad de financiar inversiones públicas y dejar de depender únicamente de los impuestos sobre los hidrocarburos. Hay que ampliar la base tributaria, reducir las ventajas fiscales de los cárteles oligárquicos que controlan las reservas de divisas y los mercados paralelos de cambio, recortar las exenciones del IVA que no benefician a los consumidores, digitalizar las declaraciones fiscales para limitar la corrupción y recuperar los impuestos pendientes», apunta.
También es necesario racionalizar el gasto público. «Los costes de la energía y el transporte están muy subvencionados. Marruecos y Argelia ocupan posiciones opuestas. En el Reino, los impuestos sobre la energía son una fuente de ingresos para el presupuesto. En Argelia, las subvenciones energéticas son una carga para el Estado. Ambos países necesitan encontrar un punto medio», añade Abdelghani Youmni.
La cuestión de fondo sigue pendiente. Tras seis décadas de independencia y cientos de miles de millones de dólares en ingresos petroleros, Argelia todavía carece de un modelo de desarrollo. «Lo necesita para crear las condiciones que permitan el despegue económico que le falta. El crecimiento demográfico y la población activa superan su potencial económico. El país debe aumentar tanto sus ingresos fiscales como las exportaciones no relacionadas con los hidrocarburos. Esta política de oferta debe apoyarse en la diversificación. Hay varios sectores que pueden contribuir, entre ellos la agroindustria, la petroquímica de mayor valor añadido, los fertilizantes, la industria manufacturera, los servicios digitales y las energías renovables», afirma.
Pese a todo, el experto rechaza equiparar Argelia con Venezuela o Zimbabue. Una matización que no tranquiliza a la nomenklatura. «No creo que sea necesario, porque esos dos países son muy distintos de Argelia. Argelia puede hundirse sin pasar por la hiperinflación», ironiza Abdelghani Youmni.
El 16 de noviembre, los diputados argelinos votarán unos presupuestos cuyo déficit, como cada año desde 2017, se cubrirá en gran parte con la máquina de imprimir billetes. El régimen prometió que sería una medida excepcional durante cinco años. Nueve años después, la excepción se ha convertido en la norma y el dinar, en dinero de juego.
