El Sáhara en el tablero de las potencias

Mouna Hachim.

El 07/11/2026 a las 12h00

ColumnaMarruecos no esperó a la llegada del multilateralismo para cultivar el arte de la diplomacia. Un saber hacer secular, forjado mucho antes de que surgieran las instituciones internacionales contemporáneas.

En el ajedrez, como en la diplomacia, algunos siguen pendientes de la pieza que acaba de moverse, mientras que otros ya llevan tres jugadas de ventaja.

Desde el veto ruso al proyecto estadounidense hasta el voto negativo de Washington al contraproyecto de Moscú, las dos potencias jugaron una partida llena de giros.

«Un gran punto de inflexión político», presumía Algérie Presse Service. «Un desaire monumental» para Estados Unidos, celebraba Algérie Patriotique. «Un precedente histórico», añadía Aljazair Al Yaoum.

Después llegó la resaca y cambió el tono. En un comunicado oficial, el Ministerio de Asuntos Exteriores argelino expresó su «profundo pesar» por la no renovación del mandato de la Minurso.

¡Qué giro tan cruel para quienes peleaban por la «R» de referéndum en las siglas!

De un solo movimiento se ponía fin a treinta y cinco años de presencia y de renovaciones casi rituales de una misión cuya razón de ser original llevaba mucho tiempo agonizando.

Sin embargo, no confundamos el fin de un mandato con el del diferendo ni reduzcamos a Marruecos al papel de beneficiario pasivo en un tablero donde Argelia, que niega ser parte del conflicto, parece jugar a ciegas.

Según declaró Nasser Bourita, Marruecos estaba al tanto de las intenciones rusas. No trató de cambiar la posición de Moscú ni de suavizar el proyecto de Washington. Sin duda, ya contemplaba liberarse de esa limitación y llevar el dosier ante otros órganos de Naciones Unidas, en particular la Asamblea General, donde podría hacer valer sus numerosos apoyos internacionales sin toparse con el derecho de veto.

Hay que decir que el Reino no descubrió las sutilezas de la diplomacia con las instituciones internacionales contemporáneas.

Desde hace varios siglos, sus soberanos han mantenido relaciones constantes con potencias extranjeras, enviado embajadores, negociado tratados y sabido aprovechar sus rivalidades cuando las circunstancias lo permitían.

Recordemos que ya bajo los saadíes, los acercamientos a Inglaterra y a las Provincias Unidas protestantes se inscribían en un juego de alianzas y antagonismos frente a la España católica, en un contexto de tensiones políticas y confesionales. Todo ello, según el principio atemporal de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».

Pero volvamos a nuestras costas saharianas. Mucho antes de que las potencias europeas empezaran a disputarse su control, ya figuraban en la agenda de la diplomacia marroquí.

En la noche del 26 al 27 de diciembre de 1775, La Louise, un barco de Nantes que se dirigía a Angola para participar en el tráfico de esclavos, naufragó en la región del cabo Bojador. El capitán y una veintena de marineros lograron llegar a la costa, pero las tribus locales los capturaron y vendieron como esclavos. Al conocer su situación, el encargado de negocios francés Louis Chénier solicitó la intervención del sultán Sidi Mohammed ben Abdallah, conforme a lo estipulado en el tratado franco-marroquí de 1767 sobre la suerte de los náufragos.

De este modo, Francia reconocía implícitamente la jurisdicción del soberano marroquí sobre esa región, así como su capacidad para intervenir en ella.

El sultán logró liberar a los cautivos y envió a Versalles, ante Luis XVI, a su embajador Tahar Fennich, encargado, entre otras cosas, de negociar la liberación de marroquíes retenidos en las galeras de Malta.

El caso de La Louise no fue aislado. En 1863, tras el naufragio de la Esmeralda, ocurrido a 180 millas al sur del cabo Noun, los marineros españoles supervivientes fueron capturados y su liberación quedó condicionada al pago de un rescate. Madrid se dirigió entonces al sultán Sidi Mohammed ben Abderrahmane e invocó el artículo 38 del tratado del 20 de noviembre de 1861.

Sin embargo, los peligros en el mar no tardarían en dejar de ser la principal fuente de turbulencias diplomáticas en estas costas, objeto de rivalidad entre las potencias europeas. Francia avanzaba desde Argelia y Senegal; España buscaba crear una zona de amortiguación para proteger las Canarias, sin olvidar a Gran Bretaña y Alemania, también inmersas en esa «carrera por África».

Mientras tanto, sobre el terreno, los vínculos entre Marruecos y los territorios saharianos no se reducían a los intercambios diplomáticos. Se manifestaban en las lealtades juradas al sultán, los sermones del viernes pronunciados en su nombre, los gobernadores nombrados por el poder central, la circulación monetaria, las alianzas y la movilidad de las personas.

Eran realidades políticas, jurídicas, económicas y socioculturales que las fronteras trazadas más tarde en las cancillerías europeas no podían borrar de un plumazo.

Como las zonas de pesca y los puestos comerciales solían abrir paso a las ambiciones imperialistas, el comerciante escocés Donald Mackenzie emprendió, a finales de la década de 1870, la instalación de un puesto comercial en Tarfaya, con el apoyo de intereses comerciales británicos. Se lo conocía como Casa del Mar o Port Victoria.

El objetivo de aquel asentamiento, perdido entre el Atlántico y las dunas, era captar el comercio transahariano y, quién sabe, hacer realidad el sueño algo descabellado de crear un mar interior en el corazón del Sáhara para llegar a los mercados del África interior.

Aquello despertó la desconfianza, muy real, de franceses y españoles, aunque no convenció a todos en Londres, en particular en el Foreign Office.

Por su parte, Moulay Hassan I no pensaba quedarse de brazos cruzados ante aquella instalación extranjera. Multiplicó las gestiones diplomáticas para lograr su evacuación y encargó a Mohamed Guebbas una misión ante el cuerpo diplomático en Tánger.

Hubo que esperar hasta 1895 para que el asunto se resolviera, después de casi dos décadas de tensiones, negociaciones y cambiantes relaciones de fuerza.

En virtud del acuerdo del 13 de marzo, Gran Bretaña aceptó vender a Marruecos el puesto comercial de Tarfaya por 50.000 libras esterlinas. El texto precisaba que ninguna potencia podía reclamar los territorios comprendidos entre el río Draa y el cabo Bojador, ni sus zonas interiores, «porque esos territorios pertenecen a Marruecos».

Al mismo tiempo, más al sur, las ambiciones españolas se concretaban en torno a la bahía de Dakhla. En noviembre de 1884, el joven geógrafo y arabista Emilio Bonelli encabezó allí una expedición por encargo de la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas.

Una coincidencia simbólica. La Conferencia de Berlín, inaugurada ese mismo mes, se convertiría en uno de los principales símbolos del reparto colonial de África.

Mientras las capitales europeas negociaban sus zonas de influencia, el sultán Moulay Hassan ordenó a su ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed ben Larbi Torres, enviar una circular a los representantes de las potencias extranjeras en Tánger para protestar por sus incursiones en las costas saharianas.

Tres años después, en una carta del 29 de mayo de 1889 dirigida al jefe de la diplomacia francesa, el representante de Francia en Tánger, el señor Patenôtre, informaba de que «el sultán nunca consentiría de buen grado en ceder la menor parcela de su territorio».

Pero la maquinaria colonial, que aplastaba a los pueblos y redibujaba los mapas a escala planetaria, seguía avanzando inexorablemente. Marruecos sufriría también su violencia y heredaría fronteras trazadas por otros, cuyas consecuencias perdurarían.

Desde entonces, las potencias han cambiado, al igual que las relaciones de fuerza; las pretensiones de dividir el territorio han encontrado nuevos aliados.

En este tablero, Marruecos sigue jugando con paciencia una partida que comenzó hace siglos, en el largo camino de la diplomacia.

Por Mouna Hachim
El 07/11/2026 a las 12h00