El primer aviso se produjo el martes 6 de octubre. Ese día, según el servicio de seguimiento Polish Military Radar y el medio especializado Defence24, un Lockheed C-130H-30 Hercules de la Fuerza Aérea argelina, con matrícula 7T-WHL, despegó de la base de Boufarik, al sur de Argel. Sobrevoló Italia, Croacia, Hungría y Eslovaquia, entró en Polonia por el sur y salió hacia Bielorrusia cerca de Hajnówka, antes de aterrizar en Vnúkovo, uno de los aeropuertos de Moscú. Unos días después, el canal Polsat News informó de un vuelo en sentido inverso, de Moscú a Argelia, a través de Bielorrusia y Polonia. El 22 de octubre, Defence24 describió el paso de otra aeronave, esta vez un C-130J-30, que cruzó el país desde Żywiec hasta la frontera bielorrusa, sobrevolando Cracovia, Kielce y Radom.
Tres vuelos documentados en un mes y una prensa polaca que ya habla de conexiones «regulares». Según Forsal, en las últimas semanas se han visto otros aparatos, Il-76MD y LM-100J, en trayectos similares. El patrón es siempre el mismo: aviones militares de un país que no pertenece a la OTAN utilizan el territorio de la Alianza para llegar a la capital de un país en guerra con Ucrania, pasando por Bielorrusia, su aliada.
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En declaraciones al portal WP, el portavoz del Mando Operativo de las Fuerzas Armadas polacas, el teniente coronel Jacek Goryszewski, dio la única respuesta oficial disponible: la parte argelina «no había declarado materiales peligrosos». La solicitud de sobrevuelo fue presentada por la representación diplomática argelina y la autorización se concedió sobre esa base. En otras palabras, Polonia permitió el paso del avión basándose en una declaración que no tenía forma de verificar. Según Defence24, algunos vuelos militares argelinos están exentos, en virtud de mecanismos de cooperación bilateral, de la obligación de detallar la naturaleza y la cantidad de la carga.
En Varsovia, la cuestión ya es política. Aleksander Olech, redactor jefe de Defence24 y profesor del Baltic Defence College, pidió en Rzeczpospolita que se dejen de conceder estas autorizaciones, en coordinación con los demás países de la OTAN. Su argumento se resume en una frase: Polonia «no tiene la obligación» de abrir su espacio aéreo a estos vuelos. Y, al desconocerse el contenido de las bodegas, no se puede descartar, sostiene, que los equipos que regresan a Rusia se utilicen después contra Ucrania.
La respuesta de Argel llegó el 28 de octubre, tres semanas después del primer aviso. La Embajada de Argelia en Varsovia publicó un comunicado en inglés y polaco. Tacha de «falsas» las informaciones sobre aviones argelinos que transportan armas sobre Polonia, afirma que los vuelos cumplen el derecho internacional y cuentan con todas las autorizaciones, y asegura que a bordo no había «ningún material peligroso». Por último, insta a «verificar la información» y recurrir a las «fuentes oficiales».
La agencia oficial argelina APS fue aún más lejos. Presentó el asunto como una desmentida de las «Fuerzas Armadas polacas». Sin embargo, el Mando polaco no desmintió nada. Se limitó a señalar lo que le había comunicado Argel, es decir, nada. Transformar un «no se declaró ningún material peligroso» en «el Ejército polaco lo desmiente» es una práctica habitual de la prensa oficial argelina: atribuir a otros declaraciones que nunca hicieron.
Estos vuelos no tienen nada de sorprendente. Son la manifestación más visible de una antigua relación militar. Argelia es desde hace tiempo el principal cliente africano de armamento ruso, según los datos del SIPRI. Sus cazas, sistemas de defensa aérea, carros de combate y submarinos son rusos, y necesitan mantenimiento, reparaciones y recambios.
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Lo sorprendente es la contradicción. La misma Argelia que hace transitar su logística militar hacia Moscú por el espacio aéreo de la OTAN pide gas a Europa, corteja a Washington, se presenta como socio para la estabilidad en el Sahel y acaba de enviar soldados a una antigua base francesa en Níger. Exige a París que respete su soberanía y que presente disculpas por el pasado colonial, pero pide a Varsovia que deje pasar sus aviones sin hacer preguntas.
Polonia, fronteriza con Ucrania y Bielorrusia, no puede permitirse ser ingenua. Cada semana informa de la presencia de drones, globos y aeronaves rusas en sus fronteras. No debería sorprender que mire con recelo a los aviones militares que la atraviesan rumbo a Moscú sin declarar qué transportan.
Los polacos tienen, además, otros motivos para inquietarse. No solo suscita dudas el contenido de las bodegas, sino también el estado de los aparatos y la pericia de sus tripulaciones. La Fuerza Aérea argelina arrastra uno de los historiales de accidentes más graves del mundo. En febrero de 2014, un C-130 Hercules —el mismo tipo de avión que hoy sobrevuela Polonia— se estrelló en la región de Oum El Bouaghi. Murieron 77 personas y solo hubo un superviviente. En abril de 2018, un Il-76 se estrelló poco después de despegar de Boufarik, la base desde la que parten estos vuelos hacia Moscú. El balance fue de 257 muertos. Es la peor catástrofe aérea de la historia del país. Desde entonces, no han dejado de producirse accidentes de cazas y aviones de entrenamiento.
Argel pide a los polacos que verifiquen la información. Varsovia querría saber, sobre todo, dos cosas: qué hay en las bodegas y quién está al mando.
