La escena habría resultado cómica si no fuera tan grave. Los dirigentes de la extrema derecha de dos antiguas potencias coloniales desembarcaron este lunes en una ciudad situada en suelo africano para lamentarse por la presencia de familias marroquíes y explicar, desde allí, dónde empiezan y terminan Europa y su «civilización».
Santiago Abascal y Jordan Bardella desembarcaron en Sebta tras cruzar el Estrecho en ferry. Por segundo año consecutivo, el líder de Vox dio plantón al desfile militar y a la recepción ofrecida por los Reyes con motivo de la Fiesta Nacional. Su particular manera de celebrar España comenzó, por tanto, despreciando sus principales actos institucionales. Abascal lo justificó asegurando que no quería compartir una tribuna «llena de traidores» y que, ante la supuesta «invasión», su obligación era estar en Sebta.
Para reafirmar la soberanía española, el presidente de Vox necesitó, curiosamente, llevar consigo a un político francés. La españolidad que presenta como indiscutible parecía requerir un certificado de autenticidad expedido por Jordan Bardella.
Demasiados marroquíes para el gusto de Vox
Antes de comparecer ante los medios, ambos recorrieron diferentes puntos de la ciudad acompañados por dirigentes locales de Vox. En uno de los barrios, la visita adquirió tintes de elegía colonial. La comitiva evocó que durante los años setenta allí vivían únicamente familias españolas y lamentó que ahora predominen las marroquíes.
Alguien terminó aclarando que muchos de esos habitantes poseen también la nacionalidad marroquí. La conversación se esforzó en presentar la cuestión como un problema de nacionalidades para evitar decir abiertamente lo que todos estaban señalando, el origen y la confesión musulmana de los vecinos.
El problema lógico es bastante sencillo. Si esas personas son ciudadanos españoles, su presencia no puede utilizarse como prueba de una «ocupación». Si Vox no las considera verdaderamente españolas por ser marroquíes o musulmanas, entonces el problema nunca fue jurídico ni territorial. Es simplemente identitario.
La extrema derecha española y francesa estuvo así a punto de derramar una lágrima ante el intolerable espectáculo de familias marroquíes viviendo en una ciudad africana. La misma formación que dice defender a «todos los ceutíes» comenzó su visita decidiendo cuáles de ellos merecían realmente ese nombre.
Abascal lo dejó todavía más claro durante su intervención. «Nuestros compatriotas ceutíes viven asediados. No son ellos los que hoy ocupan las calles», afirmó. Minutos después añadió: «Lo que no vemos por las calles de Ceuta es a los ceutíes. Solo veíamos a los invasores deambulando».
O la población entera había desaparecido durante su visita o Abascal solo vio aquello que había viajado para grabar. En ambos casos, los habitantes de origen marroquí quedaron excluidos de su definición de «ceutíes», con independencia de sus documentos, de su lugar de nacimiento o de los años que lleven viviendo en la ciudad.
Una acusación presentada como sentencia
El líder de Vox calificó la entrada masiva de los días 30 y 31 de julio como una «invasión patrocinada por Marruecos y permitida» por el Gobierno de Pedro Sánchez. Presentó de ese modo como una verdad establecida una acusación que continúa sin haber sido demostrada.
El informe policial español no acreditó que la operación hubiera sido ordenada por el Estado marroquí. El Gobierno español ha reiterado que no dispone de «pruebas sólidas» contra Marruecos, mientras las autoridades del Reino han rechazado las acusaciones y han recordado la actuación de sus fuerzas de seguridad para impedir las entradas.
Tampoco la resolución aprobada por el Parlamento Europeo el 17 de septiembre identificó formalmente a Marruecos como autor de una «guerra híbrida». Denunció la instrumentalización de la inmigración y reafirmó la posición española sobre Sebta y Melilla, pero se abstuvo de atribuir directamente la operación al Reino.
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Abascal resolvió todas esas precauciones con una frase. No aportó una nueva prueba, un documento desconocido ni una decisión judicial. Le bastó con declarar culpable a Marruecos ante unas cámaras y pasar inmediatamente a anunciar el castigo.
«Todos los invasores deben ser expulsados de la ciudad, deben ser expulsados de tierra española, todos y cada uno de ellos», exigió. También reclamó que la frontera sea «militarizada y reforzada estructuralmente» para evitar que algo semejante vuelva a producirse.
El dirigente llamó además «milicias de Sánchez» a los migrantes que permanecen en la ciudad. El término no es inocente. Una persona que migra puede reclamar derechos, asistencia y protección jurídica. Una «milicia», en cambio, permite fabricar la imagen de un enemigo contra el que estaría justificada una respuesta militar.
La humanidad de quienes cruzaron la frontera desapareció así del discurso. No hubo menores, solicitantes de asilo, personas que murieron durante la travesía ni familias que buscan el regreso de sus hijos. Solo una masa presentada como ejército invasor para que la solución de Vox —expulsiones y soldados— parezca inevitable.
Bardella descubre Europa desde África
Jordan Bardella tomó después la palabra para anunciar que había viajado hasta Sebta con el objetivo de constatar «un peligro existencial que acecha a todo el continente europeo». También reafirmó «la seguridad de los españoles y la soberanía de España».
El dirigente francés elevó el número de entradas a exactamente 86.800, sin indicar de dónde procedía esa precisión. Las estimaciones difundidas hasta ahora oscilan entre las 70.000 recogidas por Reuters y las cerca de 80.000 manejadas por el Gobierno español. Bardella añadió varios miles más y un decimal imaginario de exactitud para que la profecía sonara todavía más apocalíptica.
«Lo que hemos visto esta mañana en el enclave de Sebta es el futuro de Europa si no recuperamos urgentemente el control de nuestras fronteras», declaró.
Bardella describió Sebta como un territorio «español y europeo» destinado a seguir siéndolo durante siglos y vinculó su defensa con «nuestra identidad» y «nuestros valores de civilización». La geografía, sin embargo, tiene la mala costumbre de no obedecer los discursos electorales, Sebta continúa encontrándose en África por muchas veces que el presidente de Agrupación Nacional pronuncie la palabra Europa.
El dirigente prometió que, si su partido gobierna Francia, exigirá que la libre circulación en el espacio Schengen quede reservada exclusivamente a ciudadanos de la Unión Europea. También defendió centros de internamiento fuera de la UE y sostuvo que Frontex debe dedicarse a «proteger y rechazar», en lugar de «acoger y repartir» migrantes.
Su visita fue presentada como un gesto de solidaridad con los habitantes de Sebta, pero Bardella dedicó buena parte de la comparecencia a su propia campaña. Respondió a preguntas sobre el precio de los carburantes, la violencia en las escuelas francesas y las informaciones de Mediapart que lo relacionan con antiguos mensajes antisemitas publicados en Facebook.
Sebta terminó convertida en un decorado extranjero desde el que un candidato francés pudo hablar a sus electores y Abascal, en figurante de lujo de la campaña presidencial de su invitado.
Lecciones de civilización desde la extrema derecha
La insistencia de Bardella en los «valores de civilización» adquiere un significado particular cuando se recuerda la historia de su formación. Agrupación Nacional es la heredera directa del Frente Nacional fundado en 1972 por Jean-Marie Le Pen y diferentes corrientes de la extrema derecha francesa.
Entre sus fundadores y primer tesorero figuró Pierre Bousquet, antiguo combatiente de la división Charlemagne de las Waffen-SS. En el partido confluyeron también nostálgicos de la Argelia francesa, antiguos colaboracionistas y militantes procedentes de organizaciones neofascistas.
El cambio de nombre y la operación de normalización impulsada por Marine Le Pen no modifican esa genealogía. Bardella, heredero político de un partido fundado con la participación de un antiguo Waffen-SS, viajó a África para explicar a los marroquíes qué significa la civilización europea. La ironía se escribe sola.
Vox tiene una historia más reciente, aunque su relación selectiva con las fronteras también merece ser recordada. La formación nació en 2013 de una escisión del Partido Popular encabezada, entre otros, por Alejo Vidal-Quadras, Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara.
En 2014, dirigentes vinculados al partido participaron en la extracción de un bloque de hormigón instalado en aguas próximas a Gibraltar. Dos años después, militantes de Vox entraron en el Peñón y desplegaron una bandera española de 18 por 11 metros. El presidente de Vox Madrid fue detenido y Abascal celebró la operación con un entusiasta «misión cumplida».
La doctrina fronteriza de Vox es, por tanto, fácil de comprender. Cuando sus militantes entran en Gibraltar para colocar una bandera y reivindicar un territorio administrado por otro país, se trata de patriotismo. Cuando otras personas cruzan hacia Sebta, se convierte inmediatamente en una invasión y una guerra híbrida. Las fronteras son sagradas, salvo cuando Vox decide atravesarlas.
El invitado extranjero que debía certificar la soberanía
La presencia de Bardella no fue una simple visita entre aliados europeos. Abascal llevó deliberadamente a un dirigente extranjero hasta un territorio cuya soberanía Marruecos reclama, precisamente el 12 de octubre, para que respaldara públicamente la posición española.
El gesto resulta difícil de conciliar con su propio discurso. Vox asegura que la soberanía de Sebta no admite opiniones exteriores, pero invita a un político francés para que opine sobre ella. Rechaza cualquier intervención de Marruecos por considerarla una cuestión estrictamente española, pero internacionaliza el asunto cuando cree que puede obtener una fotografía electoral.
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Marruecos considera Sebta y Melilla vestigios de la ocupación colonial y ha reiterado su voluntad de abordar la cuestión mediante el diálogo. España rechaza cualquier negociación y sostiene que ambas ciudades forman parte integral de su territorio. Esa divergencia existe y no desaparece porque Abascal la sustituya por una ofrenda floral, un discurso sobre la «grandeza» y una petición de soldados.
La propia fecha elegida añadió otra dosis de ironía. El 12 de octubre conmemora el inicio de la expansión española en América. Abascal lo celebró en África junto al dirigente de un partido francés cuyos orígenes están ligados a los defensores de la Argelia colonial. Después, ambos presentaron a las familias marroquíes como una amenaza para la identidad de una ciudad africana.
No fue una defensa de la convivencia ni de todos los habitantes de Sebta. Fue una exhibición de nostalgia colonial revestida de seguridad fronteriza.
Abascal y Bardella no viajaron para defender a la población, sino para decidir qué parte de ella merece ser reconocida como población. No ofrecieron respuestas a una emergencia humana, sino expulsiones, centros de internamiento y una frontera militarizada. No hablaron con los vecinos de origen marroquí, sino sobre ellos y contra ellos.
Al final, la visita dejó una imagen bastante menos gloriosa de la que ambos pretendían. Dos dirigentes de extrema derecha, instalados en una ciudad africana, repartiendo certificados de pertenencia y lamentando que haya demasiados marroquíes a su alrededor. Más que una demostración de firmeza, fue la confesión de un nacionalismo asustado por la geografía, por la historia y, sobre todo, por sus propios vecinos.
