El sol aún no había salido sobre la comuna de Aourir, una pequeña localidad costera situada al norte de Agadir, cuando un impresionante convoy de vehículos blindados y unidades de élite irrumpió en sus calles en un silencio absoluto.
El objetivo era claro y de máxima prioridad: neutralizar a un individuo extremadamente peligroso, un extremista radicalizado que había jurado lealtad a la organización terrorista Estado Islámico (Daesh). Basándose en información de inteligencia de una precisión milimétrica facilitada por la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST), los hombres de la Fuerza Especial lanzaron el asalto. La puerta fue derribada y el sospechoso reducido en cuestión de segundos.
El registro llevado a cabo por los agentes de la Oficina Central de Investigaciones Judiciales (BCIJ), dependiente de la DGST, confirmó la urgencia de la intervención. El detenido ya había pasado de la radicalización ideológica a la fase operativa. En su poder se encontraron armas blancas y material táctico de combate. Al despertar, los vecinos de Aourir descubrieron el amplio dispositivo de seguridad, entre la conmoción de haber convivido con un terrorista y el alivio de que la amenaza hubiera sido neutralizada a tiempo.
El laboratorio secreto
A pocos kilómetros al sur, en la zona industrial de Inezgane, la operación adquirió una dimensión aún más dramática. En un almacén del barrio de Traast El Jorf se ocultaba el elemento más inquietante de toda la célula.
Al acceder al hangar, los investigadores descubrieron un auténtico laboratorio logístico destinado a fabricar la muerte. En el centro del recinto había un vehículo todoterreno. La inspección mecánica reveló que su depósito original había sido modificado clandestinamente para funcionar con gas butano. El objetivo de esta transformación artesanal era maximizar el efecto térmico y la onda expansiva durante un atentado suicida o un ataque con vehículo contra infraestructuras estratégicas del Reino.
Ante el riesgo inminente de explosión, el BCIJ activó de inmediato un protocolo de emergencia que incluyó la evacuación de los vecinos de la zona, el despliegue de una unidad de desactivación de explosivos de la Dirección General de Seguridad Nacional (DGSN) y el uso de robots teledirigidos y sensores de alta tecnología para inspeccionar el vehículo sin poner en peligro vidas humanas.
Una vez asegurado el lugar, el inventario del almacén resultó estremecedor: bombonas de gas, ollas a presión preparadas para convertirse en artefactos explosivos y ya rellenadas con cientos de clavos a modo de metralla, cables eléctricos, detonadores, un equipo de soldadura y grandes cantidades de productos químicos sólidos y líquidos.
Una operación simultánea a escala nacional
Aunque el núcleo operativo de la célula se encontraba en la región de Souss, sus ramificaciones se extendían por todo el Reino. Para evitar que la detención de Aourir alertara al resto de los integrantes, la Fuerza Especial de la DGST actuó de forma perfectamente sincronizada en siete ciudades: Agadir, Taroudant, Casablanca, El Hajeb, Tétouan, Fquih Ben Salah y Safi.
Esta operación de gran envergadura permitió detener a diez extremistas. Entre ellos figuraba un menor de 17 años, lo que evidencia el reclutamiento de jóvenes por parte de las organizaciones terroristas, así como un antiguo preso condenado anteriormente por delitos de terrorismo, poniendo de relieve el desafío que representa la reincidencia.
En los domicilios de los sospechosos, con el apoyo de unidades caninas, los agentes hallaron un importante arsenal material y digital: uniformes militares, manuscritos con esquemas detallados para fabricar explosivos artesanales y soportes digitales que contenían dos vídeos. En uno de ellos aparecía el juramento formal de lealtad de los miembros de la célula al «califa» de Daesh; en el otro lanzaban amenazas explícitas de llevar a cabo actos de sabotaje a escala nacional.
La conexión con el Sahel
La investigación preliminar ha puesto de manifiesto la evolución de la amenaza terrorista en la región. Los integrantes de la célula recibían órdenes y apoyo logístico directo de dirigentes de la rama de Daesh en el Sahel. La consigna transmitida desde esa región era clara: no desplazarse a los campamentos de África subsahariana, sino permanecer en Marruecos para cometer atentados desde el interior del país.
Para ejecutar este plan, el jefe de la célula había implantado una estructura de tipo militar altamente compartimentada para evitar filtraciones. Existía un equipo de reconocimiento encargado de estudiar, vigilar y validar los objetivos sensibles; un equipo logístico responsable de adquirir discretamente productos químicos, equipos de soldadura y vehículos; y un equipo técnico, concentrado en Inezgane, dedicado a las modificaciones mecánicas y al montaje de los explosivos.
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La vigilancia y la rápida actuación de la DGST y del BCIJ permitieron desactivar una auténtica bomba de relojería antes de que fuera demasiado tarde. Los nueve sospechosos mayores de edad fueron puestos bajo custodia policial, mientras que el menor quedó bajo un régimen específico de vigilancia, bajo la supervisión directa de la Fiscalía competente en materia de terrorismo.
Mientras la calma ha regresado a Aourir e Inezgane, los ingenieros y analistas del BCIJ trabajan ahora en el análisis de los teléfonos móviles y discos duros incautados. El objetivo es reconstruir las comunicaciones cifradas mantenidas con el Sahel y asegurarse de que no exista ninguna otra amenaza latente oculta en las sombras.









