Desde hace más de año y medio, Francia y Argelia atraviesan la mayor crisis diplomática de su historia reciente y la etapa más deteriorada de sus relaciones. Amenazas apenas veladas, llamadas a consultas de embajadores, congelación de la cooperación y campañas mediáticas agresivas: todos los ingredientes de una ruptura están sobre la mesa. Sin embargo, en medio de esta tormenta, una paradoja salta a la vista. El tema que constituye, según el régimen de Argel, el principal factor de ruptura —el reconocimiento por parte de Francia de la soberanía de Marruecos sobre sus provincias del sur— casi ha desaparecido del discurso oficial y mediático argelino, en favor de una acumulación de quejas periféricas, mediáticas y relacionadas con la memoria histórica.
La reciente etapa abierta tras la emisión, el 22 de enero, del programa “Complément d’enquête” en France 2 —dedicado a los rumores y juegos sucios que alimentan la guerra secreta entre Argelia y Francia— sirvió de detonante para un nuevo estallido verbal. En una publicación perfectamente sincronizada, y repitiendo el mismo argumentario facilitado por la presidencia argelina, dos periódicos afines al régimen (El Khabar y Le Soir d’Algérie) han advertido lo peor a Francia, evocando explícitamente un «punto de no retorno».
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Reproches, amenazas apenas disimuladas y acusaciones de provocaciones deliberadas: la retórica es ya la de una ruptura asumida. Y, sin embargo, el punto de discordia más estructurante, aquel que hizo que la relación cayera en una crisis profunda, se evita cuidadosamente. El reconocimiento francés de la soberanía marroquí sobre el Sáhara —un hecho ya establecido e identificado por el documental de France 2 como el detonante del malestar argelino— ha pasado a un segundo plano.
Los artículos de El Khabar y Le Soir d’Algérie detallan un inventario de las quejas dirigidas a París que permite comprender la estrategia discursiva argelina. El primer motivo de reproche es, naturalmente, la provocación mémorielle. Se acusa a responsables franceses de cuestionar la existencia misma de Argelia como Estado antes de 1830 (lo cual, por lo demás, es un hecho real y documentado). Este cuestionamiento se presenta como una agresión simbólica mayor, asimilada a una pervivencia del léxico colonial. El tono es violento y busca colocar a Francia en una posición de falta moral permanente.
El segundo reproche: se acusa a París de practicar una reconciliación selectiva, multiplicando los gestos simbólicos sin reconocer nunca plenamente los crímenes coloniales. El tercero es la duplicidad diplomática. El régimen insiste en la dualidad del discurso francés: una fachada de asociación estratégica frente a la hostilidad y las provocaciones en privado; todo ello para mantener a Argelia bajo presión sin asumir una ruptura oficial.
El uso de la migración y los visados como arma se erige en el cuarto agravio. La reducción unilateral de visados se presenta como una sanción colectiva. A esto se añade la acogida en Francia de opositores argelinos y la “provocación mediática”, convertida ya en método.
Un silencio calculado
Este catálogo de quejas, por detallado que sea, comparte un punto común impactante: la ausencia total de cualquier alusión a la cuestión del Sáhara. Y esta omisión no puede ser fortuita.
El documental de France 2, objeto de todas las iras y ataques recientes en Argelia, analiza explícitamente el reconocimiento por parte de Francia de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara, el verdadero punto de inflexión que llevó la crispación del régimen argelino a su punto culminante. Es ahí donde se sitúa la línea roja estratégica, ideológica y regional para Argel.
Chems-Eddine Hafiz, rector de la Gran Mezquita de París y embajador de facto de Argelia en Francia, ocupa una posición singular en el ecosistema diplomático franco-argelino. Cercano al presidente Abdelmadjid Tebboune, quien lo consulta regularmente y de quien transmite la palabra de manera oficiosa pero asumida, se ha convertido con los años en el verdadero portavoz del régimen argelino en el país galo. Su testimonio, ofrecido en el marco del mismo documental, no tiene nada de trivial: constituye una fuente autorizada, validada al más alto nivel del Estado argelino.
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Chems-Eddine Hafiz recuerda, los «buenos viejos tiempos» de las relaciones entre Macron y Tebboune, hoy relegados a la categoría de recuerdo casi irreal debido a la profundidad de la ruptura. Describe una relación personal, directa, casi fraterna entre los dos jefes de Estado, alejada de las rigideces protocolarias habituales. «Hay una verdadera relación personal entre ambos hombres. Emmanuel Macron, cuando me habla de su homólogo argelino, me dice: ‘mi hermano Abdelmadjid, mi hermano mayor Abdelmadjid’. Me repite a menudo que siente mucha admiración y afecto por el presidente argelino. Y el presidente Tebboune, cuando se dirige a él, lo llama Emmanuel; se tutean. A pesar de la diferencia de edad, estos dos hombres se aprecian enormemente en el plano personal», relata. Pero eso fue antes.

Esta etapa, resaltada durante años por la comunicación argelina, pretendía asentar la idea de una relación privilegiada, casi exclusiva, entre París y Argel. Pero, como subraya implícitamente Hafiz, esta cercanía no resistió la prueba de la realidad geopolítica. El rector relata confidencias directas del propio presidente Tebboune, hechas públicas, evidentemente, con su aval. Y es categórico: el punto de inflexión, el momento preciso de la ruptura, es —sin lugar a dudas— la cuestión del Sáhara.
La escena transcurre el jueves 14 de junio de 2024 en Bari, Italia. Al margen de la Cumbre del G7, a la que asiste por invitación de la presidenta del consejo italiano, Giorgia Meloni, el presidente Abdelmadjid Tebboune recibe a Emmanuel Macron en su residencia de Masseria San Francesco. Un entorno íntimo, discreto, propicio para los intercambios francos. Es allí donde, según Hafiz, se decide todo.
«El presidente Tebboune me dijo que, cuando llegó a Bari, Emmanuel Macron fue a su casa, a su residencia, donde pasaron un rato hablando. Fue allí donde Macron le dijo lo que pensaba hacer con el rey de Marruecos», relata. Emmanuel Macron informa a Abdelmadjid Tebboune de la intención de Francia de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara. En otras palabras, París señala a Argel que se ha roto el equilibrio estratégico y que Francia elige alinearse claramente con Rabat.
La respuesta argelina es inmediata. «El presidente Tebboune le respondió muy directamente, como siempre lo habían hecho en su relación. Le dijo: si lo haces, se acabó entre nosotros. Y eso es lo que ocurrió, efectivamente. En cuanto se hizo la declaración, el embajador de Argelia fue llamado a consultas en Argel», testifica quien susurra al oído del jefe de Estado argelino.
Para el régimen argelino, no se trata de un simple desacuerdo diplomático, sino de una traición estratégica. Una ruptura irreversible, tanto más dolorosa cuanto que llega tras años de una cercanía personal y política cuidadosamente escenificada.
Lo dicho en Bari se llevó, efectivamente, a la práctica. El 30 de julio de 2024, en un mensaje dirigido al rey Mohamed VI, Emmanuel Macron oficializó la posición francesa. En él afirma sin rodeos que «considera que el presente y el futuro del Sáhara Occidental se inscriben en el marco de la soberanía marroquí». Precisa, además, que el plan de autonomía «constituye, desde ahora, la única base para alcanzar una solución política justa, duradera y negociada».
Desde entonces, nada ha cambiado en el lado francés y nada cambiará. La ruptura con Argel ha sido asimilada, anticipada y digerida; formaba parte del cálculo. Citado también en el documental de France 2, Stéphane Romatet, embajador de Francia en Argelia, despeja cualquier ambigüedad sobre la mentalidad de París: «Esta decisión fue madurada profundamente. Lejos de haber sido decidida sobre la marcha, todo esto se gestó durante semanas y semanas. La decisión se tomó de manera consciente, asumiendo la totalidad de las consecuencias, tanto en la relación con Marruecos como con Argelia. Por lo tanto, no nos pilló por sorpresa», explica el diplomático desde París.
Esta declaración es trascendental. Confirma que la reacción epidérmica de Argel —las llamadas a consultas, la escalada verbal y la crisis diplomática— no solo era previsible, sino que estaba integrada en la ecuación francesa. Dicho de otro modo: Francia tomó una decisión estratégica clara, con pleno conocimiento de causa. Y sin arrepentimiento ni posibilidad de marcha atrás.
Omitir para no admitir
Todo partió de la cuestión del Sáhara y, sin embargo, el tema se evita ahora cuidadosamente. Ha desaparecido súbitamente de la lista de quejas enumeradas por Argel. Porque volver a ello sería reconocer que la crisis actual no es primordialmente un asunto de memoria, de visados o de provocaciones mediáticas, sino el resultado de un fracaso geopolítico mayor para Argelia. El Sáhara no está ausente del conflicto franco-argelino: es su corazón latente. Si se ha convertido en algo que no se menciona, es precisamente porque es el punto de no retorno.
¿Por qué, entonces, este silencio?
La desaparición repentina de toda referencia al Sáhara en los ataques contra Francia no es un olvido, sino una elección política deliberada. Es reveladora de un malestar estratégico profundo y puede explicarse mediante varias hipótesis.
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Primero, asumir públicamente que la crisis con París está vinculada fundamentalmente al Sáhara equivaldría a reconocer el fracaso de la estrategia argelina en este expediente. Segundo, poner el Sáhara en el centro del debate expondría al régimen a una lectura menos movilizadora a nivel interno. Argel intenta recentrar la crisis en un terreno moral e histórico, donde Francia se encuentra estructuralmente en una posición defensiva y donde el pulso simbólico le resulta más favorable.
La segunda hipótesis, la más cruda pero también la más verosímil, es la de una toma de conciencia tardía sobre la magnitud del error cometido. Al convertir el reconocimiento francés de la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara en un motivo de guerra diplomático, Argelia activó una espiral de represalias y una escalada de tensión sin medir la relación de fuerzas real. Sin embargo, la decisión francesa es una medida soberana que responde a una elección estratégica plenamente asumida por París. Es más, dicha postura ha sido respaldada por el conjunto de la Unión Europea. Sobre todo cuando París no ha dudado en hacer pagar a Argel el coste político de la crisis, aplicando medidas de represalia graduales. En este escenario, Argelia se perfila como la gran perdedora de una crisis que ella misma provocó, sin lograr torcer el brazo a la diplomacia francesa. Por ello, el silencio actual sobre el Sáhara se ha convertido en una estrategia de repliegue.
La tercera hipótesis apunta a una carencia más estructural: la falta de visión diplomática y de planes de salida. En diplomacia, desatar una crisis sin dominar sus posibles desenlaces constituye un error capital. Argelia abrió un frente de conflicto mayor con su principal socio europeo sin diseñar previamente una hoja de ruta para cerrarlo. Durante casi dos años, Argel apostó a que el reconocimiento francés del Sáhara podría ser solo un arrebato, una maniobra reversible. Esa apuesta resultó ser un error de cálculo. Ahora, el régimen argelino se dedica a evaluar los daños: aislamiento diplomático, pérdida de influencia tanto en París como en otros foros, debilitamiento de su capacidad de presión en el dossier sahariano y una tensión innecesaria con un socio clave. Incapaz de rectificar sin quedar en evidencia, e incapaz de ir más allá sin exponerse a riesgos mayores, Argel opta por la evasiva.
Es en este contexto donde encaja el refugio en figuras francesas marginales pero simbólicamente útiles, como Ségolène Royal. El viaje de la presidenta de la Asociación Francia-Argelia y su defensa del entendimiento responden claramente a esta lógica. No se trata de una mediación oficial, ni mucho menos de un canal con capacidad de decisión, sino de un llamamiento indirecto a la opinión pública francesa —y quizás a un sector de la izquierda política— para intentar regenerar un clima más favorable. Este recurso a una diplomacia paralela, emocional y basada en la memoria histórica, delata sobre todo un callejón sin salida: Argelia ya no sabe cómo salir de una crisis que ella misma gestó, una vez constatado que París no dará marcha atrás en el Sáhara.
