Cuando se examinan una por una, el relato resulta mucho menos evidente. Algunas corresponden a verdaderas decisiones políticas españolas, perfectamente discutibles. Otras son mecanismos europeos transformados abusivamente en regalos de Madrid. Otras, en fin, son simples negociaciones, hipótesis o asuntos no resueltos presentados como renuncias ya consumadas.
1. El Sáhara: la «gran concesión»
Es el argumento central. En marzo de 2022, Pedro Sánchez consideró la iniciativa marroquí de autonomía como la base «más seria, creíble y realista» para alcanzar una solución al diferendo del Sáhara Occidental.
Se puede criticar esta decisión. Se pueden discutir sus motivaciones, la manera en que fue anunciada o sus consecuencias diplomáticas. Pero hablar de «concesión territorial» plantea un problema fundamental: ¿qué cedió España?
«Ningún territorio español. Ningún derecho de soberanía español. Ningún kilómetro cuadrado perteneciente a España.»
— Lahcen Haddad
El Sáhara Occidental era una colonia española cuya descolonización se había iniciado cuando España se retiró de allí en 1975-1976. Presentar hoy una modificación de la posición diplomática española como un «regalo» territorial equivale casi a considerar que Madrid seguiría disponiendo del Sáhara como de un bien que pudiera atribuir a alguien.
Madrid cambió de doctrina política; no transfirió una soberanía española. El Gobierno español, además, ha seguido inscribiendo la búsqueda de una solución en el marco de Naciones Unidas
2. Los cientos de millones entregados a Marruecos para la inmigración
Segundo argumento: «España paga a Marruecos para retener a los migrantes».
«Una vez más, hay que distinguir los niveles institucionales. Una gran parte de los cientos de millones citados regularmente en la prensa y en las redes sociales corresponde a financiación de la Unión Europea, no a un cheque entregado por Pedro Sánchez a Rabat.»
— Lahcen Haddad
Entre 2015 y 2021, el Fondo Fiduciario de Emergencia de la UE ya había comprometido 234 millones de euros en Marruecos en materia migratoria. Los programas posteriores financian, en particular, la gestión de fronteras, la lucha contra las redes criminales, la protección de los migrantes y la cooperación migratoria.
Naturalmente, se puede debatir esta política. Pero una política europea de cooperación migratoria no se convierte en una «concesión española a Marruecos» simplemente porque España se beneficie directamente de ella.
3. Las aduanas de Ceuta y Melilla
El tercer argumento resulta especialmente revelador de las contradicciones del relato.
Se reprocha a Madrid haber «concedido demasiado» a Marruecos al mismo tiempo que se le reprocha no haber obtenido suficiente a cambio, especialmente en lo relativo a las aduanas comerciales de Ceuta y Melilla.
Ahora bien, la hoja de ruta de 2022 preveía precisamente el establecimiento de un comercio regular, regulado y transparente, así como la cuestión aduanera. Pedro Sánchez lo había presentado explícitamente ante el Congreso. (La Moncloa)
Que su aplicación haya sido lenta, conflictiva o insuficiente puede constituir perfectamente una crítica a la negociación española. Pero una contrapartida que tarda en materializarse no convierte automáticamente la posición española inicial en una capitulación.
4. Pegasus: de la interrogación al relato del chantaje
El cuarto elemento es Pegasus.
La infección de los teléfonos de Pedro Sánchez y de varios responsables españoles es un hecho extremadamente grave. Pero en una parte del debate público, el razonamiento pasa a ser el siguiente: Pegasus espió a Sánchez; Marruecos estaba detrás de Pegasus; unos meses más tarde Sánchez cambió su posición sobre el Sáhara; por tanto, Marruecos lo chantajeó.
El primer hecho no demuestra automáticamente los dos siguientes.
En el propio Parlamento español, Pegasus y el Sáhara han sido relacionados políticamente de manera recurrente. (Congreso de los Diputados) Pero ninguna demostración pública concluyente establece hasta hoy la cadena: Marruecos → espionaje de Sánchez → chantaje → cambio de política sobre el Sáhara.
Una hipótesis puede justificar una investigación. No puede transformarse en un hecho simplemente porque se repita con suficiente frecuencia.
5. El espacio aéreo del Sáhara
Quinta «concesión»: Madrid habría entregado a Marruecos el control del espacio aéreo del Sáhara Occidental, actualmente gestionado técnicamente desde Canarias.
Pero cuando se consultan los debates parlamentarios españoles, el vocabulario utilizado resulta revelador: se evoca la posibilidad de que Marruecos «termine asumiendo» esa gestión, se advierte contra una eventual «cesión», se pide al Gobierno que garantice que no se produzca. (Congreso de los Diputados)
Dicho de otro modo, lo que en determinados discursos se presenta como una concesión consumada aparece en los documentos institucionales como una eventualidad debatida o temida.
Una hipótesis no es una transferencia de soberanía.
6. Las aguas territoriales y Canarias
El mismo procedimiento aparece en relación con la delimitación marítima entre Marruecos y España.
Las negociaciones sobre los espacios marítimos próximos a Canarias se describen a veces como si Madrid se dispusiera necesariamente a «dar» aguas a Marruecos.
Pero cuando dos Estados vecinos disponen de proyecciones marítimas susceptibles de superponerse, negociar una delimitación no es una concesión: es precisamente el procedimiento normal del derecho internacional.
Se puede cuestionar la línea defendida por uno u otro Estado. Se puede pedir al Gobierno español que defienda firmemente sus intereses. Pero negociar no significa ni reconocer todas las reivindicaciones del otro ni transferir automáticamente una soberanía.
7. Agricultura, pesca, comercio y ayudas económicas
Después viene un amplio cajón de sastre: tomates marroquíes, acuerdos agrícolas, pesca, inversiones, comercio, fondos europeos…
Todo se convierte en «concesión a Rabat».
Sin embargo, una gran parte de estas relaciones depende de la política comercial de la Unión Europea, del Acuerdo de Asociación UE-Marruecos o de negociaciones europeas en las que España no actúa sola.
Estos mecanismos implican, además, intereses recíprocos: acceso a los mercados, inversiones europeas en Marruecos, comercio industrial, cadenas de valor comunes, energía, transporte o cooperación económica.
Se puede considerar que algunos acuerdos son perjudiciales para determinados sectores españoles —la agricultura en particular—. Es un debate legítimo. Pero un acuerdo comercial que produce ganadores y perdedores no es, por definición, una «concesión de Sánchez a Marruecos».
8. Ceuta y Melilla: el «silencio» presentado como concesión
Queda la acusación más difusa: Madrid se habría vuelto tan prudente frente a Rabat que casi habría aceptado implícitamente las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.
«La realidad es más matizada. La soberanía sobre las dos ciudades es objeto de posiciones opuestas: España afirma su soberanía, mientras que Marruecos mantiene su reivindicación. Pero ni Madrid ni Rabat optan por convertir esta cuestión, de manera permanente, en el centro de la relación bilateral. Y eso es, sin duda, una forma de sabiduría diplomática.»
— Lahcen Haddad
El Gobierno español nunca ha transferido, negociado ni reconocido la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. Por su parte, Marruecos no ha renunciado a su posición histórica. Ambos países saben, sin embargo, que tienen interés en preservar un espacio de cooperación sobre cuestiones inmediatas y concretas, sin transformar cada desacuerdo de soberanía en una crisis política.
Siempre se puede desear una mayor firmeza de un lado o del otro. Pero la contención diplomática no significa ni renuncia ni reconocimiento implícito de la tesis contraria. También puede expresar la decisión de gestionar un antiguo desacuerdo sin permitir que contamine el conjunto de la relación.
El problema no es criticar, sino llamar correctamente a las cosas
Nada de esto significa que las decisiones adoptadas por España en su relación con Marruecos queden fuera del debate. Como en toda relación bilateral compleja, determinadas decisiones pueden suscitar interrogantes, ciertas expectativas pueden diferir de una parte a otra y algunas medidas pueden ser objeto de valoraciones divergentes. Pero estos debates legítimos no eximen de distinguir claramente entre desacuerdo político, negociación, compromiso y verdadera concesión.
Pero precisamente porque la relación es importante y compleja, merece algo mejor que la palabra comodín «concesiones».
Habría que plantear, cada vez, cuatro preguntas sencillas: ¿qué poseía España? ¿A qué renunció? ¿Mediante qué acto jurídico o político? ¿Y en beneficio de quién?
Aplicado seriamente, este criterio hace desaparecer buena parte de la lista.
El Sáhara pasa a ser un cambio de posición diplomática sobre una antigua colonia, no un territorio español ofrecido a Marruecos. Los «500 millones» pasan a ser esencialmente programas europeos. Una negociación marítima vuelve a ser una negociación. Una eventualidad relativa al espacio aéreo deja de ser un hecho consumado. La cooperación migratoria deja de ser un tributo. Y la prudencia diplomática hacia un vecino no se convierte automáticamente en sumisión.
Criticar la política española hacia Marruecos es perfectamente legítimo.
Transformar toda cooperación con Marruecos en concesión y toda supuesta concesión en humillación española pertenece, en cambio, menos al análisis que a un relato político.
