Nacida en Beni Chiker, una pequeña localidad del norte de Marruecos, Najat Vallaud-Belkacem ascendió hasta ocupar algunas de las más altas responsabilidades del Estado francés, especialmente como ministra de Educación Nacional, Enseñanza Superior e Investigación entre 2014 y 2017. Desde entonces, ha mantenido un fuerte compromiso público en torno a grandes cuestiones de nuestro tiempo, como la educación, los derechos fundamentales o las migraciones. En ese marco participó en los Premios de los Marroquíes del Mundo, ceremonia anual que celebra la excelencia de los marroquíes establecidos en distintos países del mundo.
Le360: Marruecos invierte masivamente en la formación de sus élites. ¿Cómo explicar que muchos de esos perfiles opten después por desarrollar su carrera en el extranjero?
Najat Vallaud-Belkacem: Hay en el ADN marroquí un gusto por la aventura, una inclinación natural a abrir camino en territorios desconocidos, un estado de ánimo muy valioso en el mundo actual. Evidentemente, algunas salidas siguen explicándose por la falta de oportunidades económicas. Pero hoy incluso perfiles que sí encuentran perspectivas profesionales en Marruecos se proyectan con facilidad hacia el exterior, más que en otras culturas. Y eso, para mí, es una riqueza extraordinaria: Marruecos capitaliza experiencias acumuladas en los cuatro rincones del mundo por hombres y mujeres impulsados por una notable voluntad de éxito. Y cuando son familias enteras las que emigran, la energía que invierten en el éxito escolar de la segunda generación dice mucho de ese espíritu.
¿Se puede seguir hablando únicamente de fuga de cerebros o hemos entrado ya en una lógica de competencia permanente por atraer talento?
Este debate toca una convicción profunda. La mayoría de las discusiones sobre movilidad humana me parecen hoy anacrónicas. Ya hemos entrado en un mundo de competencia global para atraer talento, ya sea por cuestiones demográficas, de innovación o de creatividad. Cada vez más países competirán por esos perfiles. La verdadera cuestión ya no es cómo limitar o regular esos flujos, sino cómo aprovecharlos plenamente. Porque, si nosotros no lo hacemos, nuestros vecinos sí lo harán.
¿Cuáles son, a su juicio, los principales factores que empujan a los jóvenes titulados marroquíes a marcharse?
Lo que les impulsa a irse es, ante todo, el gusto por la aventura y una ambición de escala mundial, más que nacional. Y considero que eso es positivo: refleja el alcance y la ambición que caracterizan a toda una generación.
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En esta competición internacional, ¿qué riesgos corre un país como Marruecos si no logra retener sus competencias estratégicas?
La respuesta no pasa por retener el talento a cualquier precio, sino por formar masivamente al conjunto de la población, tanto en zonas urbanas como rurales y en todas las clases sociales. Si una parte de las competencias se marcha, otras permanecen. En realidad, la única estrategia verdaderamente sostenible reside en invertir en una educación ambiciosa, inclusiva y accesible para todos, sin excepción.
Por el contrario, ¿cómo podría Marruecos transformar esa movilidad en una oportunidad, especialmente a través de su diáspora?
Lo que pone de relieve una ceremonia como los Premios de los Marroquíes del Mundo es la magnitud de la excelencia marroquí repartida por todo el planeta y que sigue vinculada, de una manera u otra, a Marruecos. El país tiene además la ventaja de no partir de cero: el Conseil de la communauté des Marocains à l’étranger (CCME) es una herramienta de la que muchos otros países ni siquiera disponen. Pero, más allá de las estructuras institucionales, creo que no conviene formalizarlo todo en exceso. El mejor vínculo con la diáspora es un vínculo afectivo, no opresivo, que dé ganas de aportar, de volver, de cruzar inversiones y experiencias. De hecho, cada vez más perfiles eligen pasar algunos años en Marruecos antes de volver a marcharse.
¿Qué explica ese regreso, aunque sea parcial, al país de origen?
Cuando se pregunta a esas personas, la respuesta suele ser siempre la misma: el vínculo emocional. Llega un momento en el que Marruecos vuelve a imponerse en su mente y en su corazón, incluso cuando creían haber echado raíces definitivas en otro lugar. Y ese reencuentro emocional Marruecos puede alimentarlo brillando en el plano económico, geopolítico y también social. Porque si el país proyecta una imagen fuerte en el exterior mientras mantiene desigualdades sin resolver o libertades públicas insuficientemente garantizadas en el interior, sencillamente no despertará ganas de regresar. La verdadera cuestión es esta: ¿cómo logra Marruecos hacerse deseable para quienes tienen la opción de marcharse?
En un mundo en el que el talento puede trabajar para empresas internacionales sin abandonar su país, ¿qué carta puede jugar Marruecos para seguir siendo competitivo?
Lo que hace que la gente quiera vivir aquí es, por supuesto, un ecosistema económico sólido, servicios públicos eficaces e infraestructuras que funcionen. Pero también, cada vez más, un auténtico bienestar social. La reforma en curso de la Moudawana es un ejemplo muy concreto. El día en que cuestiones como la autoridad parental en caso de separación, entre otros asuntos, se resuelvan en favor del bienestar tanto de las mujeres como de los hombres, muchos perfiles femeninos brillantes tendrán más ganas de quedarse, en lugar de buscar en el extranjero una libertad que no encuentran aquí. En un mundo en el que ya se puede trabajar para una empresa extranjera desde el propio país, la calidad de vida se convierte en el principal criterio para retener talento. Y esa calidad de vida no se reduce únicamente al poder adquisitivo o a unas buenas infraestructuras: también tiene que ver con derechos, libertades y un entorno vital satisfactorio. Eso es lo que hace que un país sea verdaderamente deseable.
