Aquí estamos de nuevo. Saquen las palomitas, pero guarden sus ilusiones. Preparada con meses de antelación, la campaña está minuciosamente orquestada. Un nuevo estallido mediático que aspiraba a convertirse en una explosión y que, al final, se parece más al ruido de un petardo mojado en un pasillo vacío. Volvemos a encontrarnos con el reparto habitual, sin ninguna renovación. En la producción aparece el colectivo Forbidden Stories, que coordina un consorcio de 16 redacciones internacionales. En la distribución francesa, el inevitable servicio público, con France Info, y, por supuesto, el autoproclamado aval moral de la prensa de referencia, Le Monde. Sensacionalista a más no poder, el tema «vende». Hay que recordar que, hasta la fecha, el caso Pegasus sigue siendo el único éxito mediático de Forbidden Stories desde su creación en París en 2017. Así que, ante la falta de novedades que llevarse a la boca, ¿por qué renunciar a un buen reciclaje? Nada mejor que resucitar el serial del verano de 2021 sobre el supuesto uso por parte de los servicios marroquíes del programa de espionaje israelí Pegasus para vigilar al mundo entero, desde los opositores locales hasta los teléfonos del Elíseo.
Al calor de unas supuestas «nuevas revelaciones», el viejo plato de 2021 se recalienta apresuradamente, se adereza con grandes expresiones como «pruebas irrefutables» y «más allá de toda duda posible» y se lanza a internet y las redes sociales. La maniobra es clásica, casi enternecedora por su regularidad. En vísperas de la Fiesta del Trono en Marruecos, hay que agitar algún sonajero para intentar aguar la celebración. Sin embargo, este año el puntal sobre el que descansa toda la arquitectura de esta «investigación» es tan frágil que se desmorona en cuanto se somete al primer examen.
Cuando la investigación coquetea con la serie B
Recordemos el núcleo del problema. En 2021, la gran ofensiva mediática contra Rabat terminó perdiendo fuelle ante un obstáculo considerable, la ausencia de pruebas materiales directas e irrefutables, disimulada bajo toneladas de conjeturas técnicas e informes de ONG con conclusiones muy sesgadas.
Para esta segunda entrega, Forbidden Stories y sus medios afines creían haber encontrado su baza ganadora, su «garganta profunda», un desertor de los servicios secretos marroquíes. Se trataría de un tal «Safir», presentado como antiguo oficial de la Dirección General de Vigilancia del Territorio (DGST). Protegido por un férreo anonimato que cabe imaginar cuidadosamente escenificado entre penumbras cinematográficas, este misterioso agente certifica y jura, con la mano en el corazón, que Marruecos es efectivamente el gran villano de la historia. ¿Documentos firmados? Ninguno. ¿Pruebas materiales tangibles? Vuelvan más tarde. ¿Detalles operativos inéditos? Nada que no pueda guionizarse después de ver una mala serie de espionaje en Netflix.
Por tanto, se exige al lector que crea sin más en la propia existencia de esta fuente y en la veracidad de sus afirmaciones. Así es la acrobacia del periodismo de investigación moderno, convertir un acto de fe en un principio deontológico.
Pero lo más jugoso está aún por llegar. Este agente providencial, «Safir», no fue interrogado directamente ni por el consorcio de medios agrupados en torno a Forbidden Stories ni, en este caso concreto, por Le Monde. Toda la solidez de este supuesto scoop mundial descansa, en realidad, en la palabra de un único intermediario, presentado pomposamente como «periodista», Hicham Mansouri.
Presentar a Hicham Mansouri como la piedra angular de una investigación internacional sobre ciberseguridad estatal responde bien a una inmensa ingenuidad, bien a un cinismo consumado. En el mundo real, Mansouri no tiene nada de periodista, mucho menos de periodista de investigación y aún menos de experto en inteligencia.
Si alguna vez ocupó los pupitres de unas «clases» de periodismo, fue dentro de un programa privado gestionado por Maâti Monjib, figura más que cuestionable y ampliamente sostenida por subvenciones europeas. En Marruecos, su producción editorial brilla por su inexistencia y se resume en unas pocas colaboraciones en publicaciones prácticamente desconocidas. Otro dato relevante es que nunca dispuso de una tarjeta profesional de prensa.
El verdadero punto de inflexión de su «carrera» no tuvo nada de político. Fue una condena por un delito común en 2015, por complicidad en adulterio flagrante, que le costó diez meses de cárcel. Tras abandonar Marruecos después de cumplir su pena, Mansouri adoptó rápidamente en Francia la cómoda pose de «periodista perseguido».
Un castillo de naipes retórico
Para garantizar su permanencia en territorio francés y justificar su estatus, sirve en bandeja de plata lo que algunas redacciones parisinas adoran escuchar. Una capa de «dictadura», una pizca de «mafia de Estado» y una buena dosis de «represión sistemática». Esta es su receta de supervivencia.
¿Su balance editorial después de diez años de exilio? Una quincena de artículos de opinión y panfletos virulentos publicados en su blog alojado por Mediapart o en la plataforma Orient XXI. Y es sobre los hombros de este perfil supuestamente objetivo y cualificado sobre los que Le Monde decide construir su «prueba absoluta». Se han visto cimientos más sólidos.
Cuando uno se sumerge en la prosa de Le Monde en busca de la sustancia de este spin-off, comprueba hasta qué punto el ejercicio se parece a un truco de prestidigitación lingüística. Veamos cómo se presentan los hechos.
Le Monde se entusiasma con un documento procedente de un juicio estadounidense que menciona a un cliente de NSO Group llamado «Morgan». ¿Cuál es la explicación propuesta? En NSO, cada cliente correspondería a una marca de automóvil que comenzaría por la misma letra que su país. La «M» de Marruecos correspondería, por tanto, a Morgan.
Sí, pero más allá de que esta asociación sea una especulación geográfico-automovilística digna de un juego de mesa infantil, conviene recordar educadamente que la «M» también podría designar a Mónaco, México, Malasia, Mauritania o Madagascar. Sin embargo, para el consorcio, el diccionario parece detenerse en las fronteras del Reino.
El artículo insiste en que la ANSSI, la agencia francesa de seguridad, había encontrado direcciones de correo electrónico idénticas, utilizadas como servidores de mando, en los teléfonos de ministros franceses y opositores marroquíes. Se nos explica solemnemente que la infraestructura técnica es «propia de cada cliente».
Sin embargo, esta afirmación se basa precisamente en los postulados de la investigación de 2021 llevada a cabo por el mismo consorcio. Dicho de otro modo, «demostramos que Marruecos es culpable hoy utilizando los esquemas interpretativos no demostrados que nosotros mismos elaboramos hace tres años». Es lo que se llama un espléndido movimiento perpetuo de autovalidación.
Furia, pérdida de lucidez y fiasco algorítmico
La gran prueba material, el pretexto que justificaría recalentar un plato de hace cinco años, sigue siendo, no obstante, las «revelaciones» obtenidas por un periodista que nunca tuvo tarjeta de prensa a través de un fantasmagórico oficial de la DGST. Le Monde reconoce que esta es la prueba definitiva del uso de Pegasus por parte de Marruecos. «Es, sobre todo, el testimonio de Safir, seudónimo de un denunciante procedente del servicio de inteligencia interior marroquí, recogido por el periodista Hicham Mansouri, el que demuestra más allá de toda duda posible que Marruecos utilizó Pegasus».
¿«Más allá de toda duda posible»? ¿De verdad? Le Monde concede, por tanto, una fe inquebrantable al relato de un «periodista» desconocido, con una producción tan escasa como menguante y conocido por su hostilidad enfermiza hacia Marruecos, que constituye además su único capital para subsistir.
La prueba exhibida como si fuera el Santo Grial salió, por tanto, de la boca de Mansouri. En este punto, no solo cabe la duda, sino también serios interrogantes sobre la ingenuidad de quienes difunden sus afirmaciones. Cabe imaginar fácilmente que Laurent Richard, fundador de Forbidden Stories, ofreció todas las garantías morales sobre Mansouri para vender su mediocre remake a los medios.
Que Laurent Richard blanquee a Mansouri resulta comprensible. Vive de los réditos del lanzamiento del caso Pegasus en 2021 y, desde entonces, intenta laboriosamente repetir aquel éxito. En vano. Está tan empeñado en producir un remake que no solo es capaz de agarrarse a cualquier rama, por fina que sea, sino incluso de fabricarla desde cero.
No existe ningún elemento que permita poner rostro o perfil a ese famoso Safir. Aceptemos el seudónimo, pero ¿qué edad tiene? ¿Qué aspecto presenta? ¿Cuál es su rango? ¿Por qué servicios pasó? ¿Cómo terminó exiliado en Francia? Y, si vive exiliado, ¿por qué teme identificarse? Nada sabremos sobre este fantasma que toma cuerpo a través de Hicham Mansouri.
Al final, este remake resulta de una calidad técnica muy inferior a la del original de 2021. Todo el relato, que pretende ser explosivo, descansa en realidad sobre un castillo de naipes. Un supuesto denunciante sin rostro, cuya propia existencia es imposible de verificar, confía sus memorias a un agitador sin credibilidad para alimentar a unas redacciones necesitadas de audiencia durante el verano.
Lo que llama la atención al leer esta enésima ofensiva es una especie de furia obsesiva que favorece la pérdida de lucidez. Para el diario Le Monde, señalar sistemáticamente a Marruecos cuando se aproximan sus grandes fechas nacionales, en este caso la Fiesta del Trono, ya no es información, sino un ritual folclórico. Pero el público empieza a cansarse del recalentado. El veredicto, además, ya llegó allí donde las redacciones no pueden hacer trampas, en las redes sociales. Las publicaciones apenas se comparten, las interacciones son prácticamente inexistentes y la indiferencia general resulta glacial. Se puede intentar orientar a la opinión pública con grandes titulares misteriosos, pero no se puede engañar a los algoritmos ni al sentido común de los lectores. Para Le Monde y Forbidden Stories, esta «temporada 2» del caso Pegasus no es únicamente un mal spin-off. Desde el punto de vista periodístico, es el fiasco industrial del año.
