Hacer deporte, comer menos, trabajar mejor, ahorrar más, leer más, desengancharnos por fin de nuestros teléfonos inteligentes… La vuelta a la rutina es tradicionalmente la época de los buenos propósitos.
Pero también es el momento en que la realidad recupera sus derechos. Y generalmente comienza con las facturas.
Después de unas vacaciones que ya han puesto a prueba el presupuesto familiar, llegan el material escolar, las mochilas, la ropa y el calzado. Cada año, la lista parece alargarse. Para las familias cuyos hijos cursan estudios en la enseñanza privada, la factura es aún más elevada.
Hay que encajar todos estos gastos en un presupuesto que, por su parte, no ha crecido durante el verano.
Para los hogares modestos, cada compra obliga a elegir. En el mundo rural, la situación suele ser todavía más difícil. La vuelta al colegio actúa así como un revelador de las desigualdades que atraviesan nuestra sociedad.
Y luego están quienes ya ni siquiera piden una mochila nueva, sino simplemente un futuro.
El drama de los menores en Sebta nos lo recuerda de manera brutal. Atraídos por la ilusión de un lugar mejor, alimentada por las imágenes que circulan en las redes sociales, miles de jóvenes se enfrentan a la espera, la incertidumbre y la vulnerabilidad.
Esta vuelta también es política.
Elecciones, programas, promesas y debates ocupan ya el espacio público. Pero una pregunta permanece: ¿cuántos ciudadanos acudirán a votar?
Muchos tenemos una opinión sobre la política, los precios, la escuela, la sanidad, el desempleo o el Gobierno. Sin embargo, entre quejarse alrededor de un café y ejercer el derecho al voto existe una distancia considerable.
La participación electoral dirá mucho sobre el estado de ánimo del país. ¿Aceptará la juventud ocupar su lugar en la vida pública o seguirá considerando la política como un asunto que se decide en otra parte y por otras personas? ¿Y qué lugar ocuparán las mujeres en estas elecciones?
Ese podría ser otro propósito para esta vuelta: participar más en la vida pública.
Otros asuntos esperan respuestas.
Está el Código de Familia, del que todavía esperamos los textos, las medidas concretas y el calendario. También está la justicia, con la huelga de los abogados y las sentencias dictadas pese a su ausencia. Detrás de estos asuntos, a veces complejos, la expectativa de los ciudadanos es, en última instancia, sencilla: que las instituciones funcionen y que los derechos estén garantizados.
Y luego está la vida cotidiana, de la que nadie escapa.
¿Bajará por fin el precio de la carne? ¿Hasta dónde llegará el de los carburantes, cuyas subidas repercuten en el transporte y, de forma sucesiva, en tantos otros productos?
Por mucho que intentemos ahorrar, cada vez resulta más difícil cuadrar el presupuesto. Nuestro propósito colectivo podría resumirse entonces en algo muy prosaico: vivir sin tener que calcular cada dírham.
Incluso las crisis que se desarrollan a miles de kilómetros terminan entrando en nuestros hogares. Una guerra lejana se convierte en un aumento del precio del petróleo, del transporte y del coste de la vida. La geopolítica siempre acaba llegando, de una forma u otra, hasta la cesta de la compra.
Así que, ya que estamos formulando deseos, pidamos otro: que las guerras terminen de una vez.
«Ofrecer a nuestros jóvenes verdaderas razones para creer en su futuro. Conseguir que la escuela les anime a quedarse, aprender y construir aquí. Que la justicia garantice a todos el derecho a ser escuchados. Que los precios dejen de asfixiar a las familias.»
— Soumaya Naamane Guessous
En Gaza, quisiéramos ver algo distinto de ruinas y rostros de niños aterrorizados. Ver a las familias recuperar una vida normal, a los niños seguros y a las escuelas reabrir. Ver el fin de la colonización, la violencia y los desplazamientos de población.
También quisiéramos que las grandes tensiones internacionales dejaran de pesar sobre nuestras vidas, que los mercados se calmaran y que el precio de la energía dejara de recordarnos que la paz no es únicamente una cuestión diplomática. También es una cuestión de poder adquisitivo.
¡Baraka!
Estamos cansados de despertarnos con una nueva amenaza, una nueva guerra, una nueva crisis.
Solo queremos vivir con normalidad. Trabajar. Criar a nuestros hijos. Hacer la compra. Irnos de vacaciones. Pagar nuestras facturas. Dormir sin preguntarnos qué catástrofe nos espera al día siguiente.
Y en Marruecos, con la vuelta, reaparece otra pregunta: ¿lloverá este año?
El agua se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro futuro. A pesar de los considerables esfuerzos realizados por el Estado para garantizar el abastecimiento, desalar agua de mar y reforzar las interconexiones hidráulicas, seguimos levantando la mirada hacia el cielo.
A estas grandes preocupaciones se suman asuntos más locales, pero igualmente reveladores. En Bouznika, las excavadoras debían derribar las viviendas del paseo marítimo, como ya ocurrió en otros lugares. La decisión fue suspendida. Lo que ocurrirá después sigue sin conocerse.
La vuelta se anuncia, por tanto, intensa.
Y, sin embargo, conserva algo maravilloso: esa sensación de que todo puede comenzar de nuevo. Después del verano, recuperamos algo de energía y, con ella, una dosis de optimismo.
Así que formulemos nuestros propósitos.
Los individuales, por supuesto: vivir mejor, trabajar mejor, cuidar de nosotros mismos y de quienes amamos.
Pero, sobre todo, los colectivos.
Ofrecer a nuestros jóvenes verdaderas razones para creer en su futuro. Conseguir que la escuela les anime a quedarse, aprender y construir aquí. Que la justicia garantice a todos el derecho a ser escuchados. Que los precios dejen de asfixiar a las familias. Que aprendamos a preservar mejor nuestra agua. Que las elecciones nos den un Parlamento del que podamos sentirnos orgullosos.
Y, sobre todo, deseemos que esta vuelta sea la de la paz.
Un año sin una nueva guerra, sin una nueva amenaza, sin una nueva catástrofe. Un año en el que ningún niño se vea obligado a arriesgar su vida para buscar en otro lugar el futuro que ya no cree posible en su propio país.
Después de todos estos años de angustia, ya hemos soportado bastante.
Solo queremos un año normal.
¿Y si ese fuera, al final, el más hermoso de todos nuestros propósitos?
