Madrid volvió a ser escenario de un ataque contra los símbolos nacionales de Marruecos. En esta ocasión, el fútbol sirvió de telón de fondo. Antes del partido de Liga de Campeones disputado el martes 8 de septiembre entre el Real Madrid y el Inter de Milán, individuos identificados como miembros de Ultras Sur quemaron una bandera marroquí y carteles con la imagen del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.
Las imágenes, difundidas por distintas cuentas especializadas en movimientos ultras, muestran al grupo reunido en los alrededores del Santiago Bernabéu mientras las banderas y los carteles son consumidos por las llamas. La acción fue presentada por sus propios autores como una demostración de apoyo a Sebta.
Sin embargo, respaldar una posición política o expresar solidaridad con una ciudad no puede confundirse con prender fuego a los símbolos oficiales de un país vecino. La primera conducta pertenece al debate político, la segunda convierte ese debate en una provocación xenófoba dirigida contra Marruecos y contra los sentimientos de millones de marroquíes.
Una frontera que algunos decidieron cruzar
Dentro del Bernabéu, miles de aficionados desplegaron banderas de Sebta y de España y corearon «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende». También se distribuyeron cartulinas con el mensaje «Todos con Ceuta», según informó el diario AS.
Ese gesto formaba parte de una campaña que ya había llegado a otros campos españoles. En Son Moix, la afición del Mallorca mostró banderas españolas durante el partido contra la AD Ceuta, el Cádiz y el Valladolid saltaron al césped con camisetas de apoyo, el Betis exhibió las banderas de España y Sebta en La Cartuja, y el Nuevo Mirador de Algeciras acogió una pancarta con el mensaje «Fuerza Ceuta».
Pero en las inmediaciones del Bernabéu, Ultras Sur llevó esa movilización a otro terreno. La quema de banderas marroquíes dejó de ser una expresión de respaldo a Sebta para convertirse en un ataque deliberado contra Marruecos.
También conviene subrayar que Ultras Sur fue apartado del Santiago Bernabéu por el Real Madrid hace más de una década debido a su historial de violencia, racismo y simbología neonazi. El grupo no representa oficialmente al club ni al conjunto de su afición. El propio Real Madrid actuó en febrero de 2026 contra un socio que realizó el saludo nazi dentro del estadio, ordenando su expulsión inmediata y condenando cualquier expresión que incitara «a la violencia y al odio en el deporte y en la sociedad».
El segundo ataque en menos de una semana
El episodio adquiere mayor gravedad porque no constituye un hecho aislado. El pasado 2 de septiembre, Pedro Chaparro y Gonzalo Martín, presidente y vicepresidente de la formación de extrema derecha Democracia Nacional, rasgaron una bandera marroquí frente al Congreso de los Diputados durante una concentración relacionada con la situación en Sebta.
Aquella profanación fue condenada con firmeza por el secretario general del Partido del Progreso y del Socialismo, Mohamed Nabil Benabdellah, quien la calificó de «provocación» y advirtió de que buscaba sembrar «la división, la tensión y el malestar entre los pueblos español y marroquí».
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Seis días después, otra bandera del Reino fue atacada públicamente en Madrid. La repetición empieza a dibujar algo más preocupante que una simple sucesión de exabruptos. Los símbolos marroquíes están siendo convertidos en objetivo por grupos ultras que aprovechan el clima político creado alrededor de Sebta para normalizar expresiones cada vez más abiertas de hostilidad contra Marruecos.
El racismo que el fútbol español no consigue desterrar
Esa misma noche, un sector de la grada coreó «Judío que veo, judío que pateo» y «España cristiana y no musulmana». El primer cántico amenaza directamente con agredir a una persona por ser judía, el segundo pretende excluir de España a toda una comunidad por su religión. Las imágenes, difundidas incluso por el diario mexicano Récord, ya circulan fuera del país. No son simples excesos de una afición ni consignas pronunciadas al calor de un partido, sino expresiones inequívocas de antisemitismo, islamofobia e incitación a la violencia, lanzadas ante las cámaras de todo el mundo.
El escenario tampoco es irrelevante. El fútbol español arrastra desde hace años un grave problema de racismo e intolerancia. Los insultos sufridos por Vinícius Júnior en diferentes estadios obligaron a intervenir a los tribunales. En 2024 se dictó la primera condena en España por insultos racistas en un campo de fútbol, tras los ataques contra el jugador brasileño en Mestalla. En mayo de 2025, cinco aficionados fueron condenados por un delito de odio por los insultos proferidos contra él en Valladolid, según LaLiga.
Más recientemente, durante el amistoso entre España y Egipto disputado en abril de 2026 en el RCDE Stadium de Cornellà, una parte de la grada coreó «musulmán el que no bote» y abucheó el himno egipcio. El episodio provocó una fuerte condena política y reabrió el debate sobre la incapacidad de las instituciones deportivas españolas para erradicar comportamientos racistas e islamófobos.
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Ahora, la hostilidad amplía sus objetivos. A los gravísimos ataques contra futbolistas por el color de su piel y contra selecciones o aficionados por su religión se suma la ofensiva contra un país vecino, su bandera y, por extensión, la numerosa comunidad marroquí residente en España.
La escena resulta especialmente inquietante cuando España y Marruecos se preparan para organizar conjuntamente, junto a Portugal, el Mundial de 2030. Un acontecimiento que pretende presentarse como símbolo de encuentro entre continentes no puede convivir con la permisividad ante grupos que utilizan los estadios y sus alrededores como escaparate del odio.
Hasta el momento, ni las autoridades españolas ni la Comisión Antiviolencia han anunciado públicamente medidas por lo ocurrido. Ese silencio resulta aún más difícil de explicar después de que dos ataques contra la bandera marroquí se hayan sucedido en Madrid en menos de una semana.
