Marruecos, un país con una profunda vocación agrícola, se enfrenta a una pluviometría cada vez más irregular, marcada por episodios alternos de sequía e inundaciones. Ante este escenario, Younes Mrabet describe unos suelos cuya calidad se ha degradado de forma alarmante hasta quedar, en sus propias palabras, estériles: sin el aporte de fertilizantes químicos u orgánicos, una semilla sembrada ya no logra germinar.
Frente a esta realidad, Mrabet defiende la necesidad urgente de rehabilitar las tierras de cultivo y transmitir a los agricultores prácticas de compostaje que actualmente no dominan.
Esta convicción lo llevó a realizar una gira de nueve meses por el Medio Atlas, comenzando en Aïn Leuh y recorriendo zocos y pueblos, donde convivió con agricultores y pastores. De aquella experiencia constató que, pese a la imperiosa necesidad existente, los pequeños productores desconocen cómo elaborar biofertilizantes para su propio consumo. Ese diagnóstico es el que hoy estructura su proyecto en Benslimane.
Veterinario de formación y profesión, Younes Mrabet ejerció durante años en Casablanca atendiendo a pequeños animales. Recuerda que en su propia consulta mantenía una cámara de germinación de semillas a la que dedicaba tiempo entre consulta y consulta. Hace siete años, ese interés por lo vegetal cobró una dimensión profesional: empezó con la multiplicación de plantas mediante esquejes y germinación hasta tropezar con el problema del sustrato. Tras diversos ensayos, decidió fabricar el suyo propio, lo que lo condujo de forma natural a la producción de biofertilizantes, compost y vermicompost.
En la actualidad gestiona dos instalaciones: una finca lombricola en Had Soualem y su centro de Benslimane, donde reside desde hace nueve meses. Abandonó la práctica veterinaria al sentir que ya no disponía de la energía necesaria para continuar, una decisión que define no como una huida del estrés, sino como la evolución lógica de su antigua fascinación por la naturaleza y los bosques.
Innovación en el compostaje: el método ASP
Una parte fundamental del proceso de compostaje que promueve se realiza directamente en las cuadras antes del transporte del estiércol a la finca. Mrabet ilustra la importancia económica y ambiental de este paso: el flete de un camión para un trayecto de entre 30 y 50 kilómetros cuesta al menos 1.500 dirhams, mientras que un precompostaje en el lugar de origen permite reducir el número de viajes necesarios de diez a tan solo uno, optimizando el gasto y reduciendo el consumo de combustible.
Este método de precompostaje, conocido como ASP (Aerated Static Pile o pila estática aireada), se utiliza en el extranjero pero apenas está implantado entre los compostadores marroquíes. Mrabet aclara que no se trata de una invención propia, sino de una técnica adaptada tras investigarla en el exterior. Su principal ventaja radica en que no requiere voltear mecánicamente la masa de estiércol, a diferencia del método tradicional, que exige el uso de un tractor con volteadora dos veces por semana o de una retroexcavadora. La pila simplemente se hidrata y se airea mediante inyección de aire impulsada por energía solar. Esta ausencia de remoción mecánica preserva las redes de hongos responsables de transformar el estiércol, que de otro modo se romperían con la maquinaria.
Tras una fase de maduración de dos a tres meses, el material se tamiza y se enriquece con la incorporación de lombrices. Posteriormente, pasa por un recinto con gallinas que consumen los residuos y aportan sus deyecciones, dando lugar al vermicompost final.
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En su hectárea de Benslimane, Mrabet cultiva hortalizas y aromáticas como tomates, patatas y menta sin recurrir a ningún tipo de insecticida o fungicida desde hace más de quince años. En esta finca actúa tanto de productor como de experimentador, buscando deliberadamente condiciones complejas, como cultivar en suelos con escasez de agua o directamente sobre hormigón, para desarrollar soluciones aplicables en otros entornos.
Las labores de la finca son asumidas en gran medida por voluntarios reclutados a través de redes sociales e internet, la mayoría sin experiencia previa en el campo. La instalación puede acoger hasta diez personas para estancias que van desde un día hasta una semana. Las jornadas laborales se limitan a cuatro horas diarias y se complementan con actividades culturales, yoga o ejercicios de estiramiento. Mrabet pasa allí entre el 90 % y el 95 % de su tiempo.
Si bien su gira por el Medio Atlas no logró convencer a los agricultores locales de dar el paso hacia la agricultura ecológica, Mrabet atribuye esta resistencia a un temor visceral hacia los insectos. Los productores tradicionales han aprendido a cultivar eliminando las plagas en lugar de convivir con ellas, por lo que la sustitución de los insecticidas por biofertilizantes choca con un hábito muy arraigado. A ello se suma la precaria situación económica de estos agricultores, para quienes la cosecha representa un recurso de subsistencia directa que deja muy poco margen al riesgo o al ensayo.
Para Mrabet, los medios materiales para llevar a cabo esta transición están disponibles en el propio territorio y la verdadera carencia es la falta de información. Considera que la única vía para convencer es dar ejemplo, y ese es el propósito de su proyecto en Benslimane, donde planea evolucionar hacia una producción más intensiva en alianza con colaboradores interesados en la agricultura sobre suelo vivo
