José Tapiró, el pintor español que hizo de Tánger su hogar

Un retrato de José Tapiró.

El 16/08/2026 a las 11h00

Fue amigo de infancia de Mariano Fortuny, se formó junto a él y compartió su fascinación por Marruecos. Pero José Tapiró fue mucho más lejos. En 1877 dejó atrás Roma y se instaló definitivamente en Tánger, donde convirtió un antiguo teatro de la medina en su estudio y dedicó más de tres décadas a retratar a los habitantes de la ciudad. Considerado por algunos especialistas como el primer pintor español establecido de manera permanente en Marruecos, encontró en el Reino no solo el gran tema de su obra, sino el lugar en el que decidió vivir hasta su muerte.

Hay artistas que viajan buscando paisajes, personajes o colores que después reconstruyen en sus estudios. José Tapiró hizo exactamente lo contrario. Llegó a Marruecos, regresó a Europa y, cuando pudo elegir dónde continuar su carrera, decidió volver para quedarse.

Tenía detrás una sólida trayectoria europea. Había nacido en Reus en 1836, estudiado Bellas Artes en Barcelona y Madrid y pasado largos años en Roma, uno de los grandes centros de formación y encuentro de los artistas europeos del siglo XIX. Allí consolidó además una amistad que venía prácticamente de la infancia con Mariano Fortuny, dos años menor que él y destinado a convertirse en uno de los grandes nombres de la pintura española.

Sus vidas avanzaron durante años casi en paralelo. Se formaron juntos, compartieron maestros, coincidieron en Roma y viajaron a Marruecos. Sin embargo, el país terminaría ocupando un lugar muy diferente en la trayectoria de cada uno. Fortuny encontró en Marruecos una fuente decisiva de inspiración. Tapiró acabó encontrando su hogar.

El viaje que lo cambió todo

Las fuentes no coinciden completamente sobre la cronología de sus primeras visitas. La Enciclopedia del Museo del Prado sitúa un primer viaje junto a Fortuny en 1860, mientras que la reconstrucción biográfica del Museu Nacional d’Art de Catalunya destaca especialmente la estancia que ambos realizaron en 1871. Lo que sí está ampliamente documentado es que aquel contacto con Marruecos transformó profundamente la trayectoria de Tapiró.

En 1871 volvió a cruzar el Estrecho acompañado por Fortuny y el pintor Bernardo Ferrándiz. Recorrieron Tánger y Tétouan y Tapiró comenzó a observar un universo humano y visual que acabaría ocupando prácticamente toda su producción posterior. La luz, los tejidos, los interiores, las ceremonias y, sobre todo, los habitantes del país fueron desplazando los temas que había cultivado durante su etapa europea.

Pero todavía regresó a Roma. El acontecimiento que alteró definitivamente su vida fue la muerte inesperada de Fortuny en 1874, con apenas 36 años. Tapiró perdió a su amigo de infancia y compañero artístico. Poco después comenzó a pasar temporadas cada vez más largas en Tánger hasta tomar una decisión poco habitual entre los pintores orientalistas europeos de su generación. No quería seguir observando Marruecos desde la distancia. Quería vivir allí.

El pintor que decidió quedarse

En 1877, después de cerca de quince años vinculado a Roma, Tapiró se instaló definitivamente en Tánger. El MNAC considera esa decisión fundamental para entender su obra y contrapone su trayectoria a la de muchos artistas orientalistas que visitaban la ciudad durante unas semanas o unos meses antes de regresar a Europa. Mientras estos producían a menudo imágenes construidas a partir de los códigos y estereotipos del orientalismo europeo, Tapiró adquirió, en palabras del museo, un verdadero «compromiso vital» con la realidad que quería representar.

Algunos estudios sobre la pintura española en Marruecos van incluso más lejos y lo presentan como el primer pintor español establecido en Marruecos, precisamente por el carácter permanente de aquella instalación y por el contacto continuado que mantuvo con la sociedad marroquí. Más que convertir esa denominación en una primacía indiscutible, su trayectoria permite afirmar que fue uno de los primeros grandes artistas españoles en hacer del Reino su residencia y el centro prácticamente exclusivo de su producción.

Y no eligió un barrio europeo apartado de la ciudad. Se instaló en plena medina de Tánger. Allí compró un edificio que había funcionado como teatro y lo transformó en su estudio y museo particular. El lugar fue llenándose de libros, obras de arte, objetos, tejidos y prendas marroquíes que utilizaba también durante las sesiones con sus modelos. El Museo del Prado confirma que aquel antiguo teatro se convirtió en su estudio permanente y en el lugar desde el que desarrolló buena parte de su carrera internacional.

Con el tiempo, el taller se convirtió en una pequeña institución de la ciudad. La fama de Tapiró llegó a ser tal que los viajeros interesados por el arte acudían a visitarlo cuando pasaban por Tánger. Una investigación reciente recuerda que la visita a su estudio llegó a considerarse casi obligatoria para determinados viajeros y turistas, mientras que la calle donde trabajaba terminó siendo conocida como Estudio Tapiró. El extranjero que había llegado para pintar Marruecos se había convertido en uno de los personajes reconocibles de Tánger.

Los rostros de una ciudad

Es precisamente ahí donde aparece la principal diferencia entre Tapiró y buena parte de los orientalistas de su época.

El orientalismo europeo del siglo XIX construyó con frecuencia un Marruecos imaginado desde París, Londres, Madrid o Roma. Escenas de harenes, guerreros, mercados y fantasías orientales alimentaban un género destinado a un público europeo fascinado por lo que consideraba lejano y exótico.

Tapiró tampoco escapó completamente a las convenciones de su tiempo. Sería anacrónico pretenderlo. Sus obras estaban destinadas en buena medida al mercado europeo y respondían también al gusto orientalista de sus compradores.

Pero su método era diferente. Vivía entre aquello que pintaba. Durante más de tres décadas retrató a personas que encontraba en Tánger y construyó un extraordinario catálogo de rostros, vestimentas y personajes de la sociedad marroquí de finales del siglo XIX y comienzos del XX. El Institut d’Estudis Catalans destaca la «rigurosa verosimilitud» de esas imágenes y explica que su trabajo llegó a considerarse una manifestación del llamado realismo etnográfico. El MNAC habla incluso de un realismo «casi científico».

Esa precisión exigía tiempo. Tapiró trabajaba fundamentalmente con acuarela, una técnica especialmente difícil porque permite muy pocas correcciones. Sin embargo, consiguió desarrollar un virtuosismo extraordinario en la reproducción de tejidos, joyas, bordados, pieles y expresiones faciales.

También tuvo que enfrentarse a una dificultad muy concreta. Encontrar modelos no siempre era fácil y, según documentación de la época recuperada por investigadores, resultaba especialmente complicado conseguir que determinadas mujeres musulmanas posaran para él. Ya en 1876 la prensa de Reus explicaba que el artista había reunido una colección de vestimentas marroquíes que podía utilizar para componer sus cuadros cuando no encontraba modelos dispuestos a posar con determinadas prendas.

Su estudio se convirtió así también en un enorme archivo visual. Entre sus obras aparecen músicos, figuras religiosas, mujeres, comerciantes y personajes procedentes de diferentes comunidades y regiones del Reino. Dos de sus acuarelas más conocidas, hoy conservadas en el Museo del Prado, son Parache, el bailador y Santón Darkawía, realizadas hacia finales del siglo XIX.

Más allá de los títulos que la historiografía europea fue atribuyendo a aquellos retratos, lo que permanece son los rostros. Tapiró consiguió algo que explica buena parte de la fascinación actual por su obra. Más de un siglo después, sus acuarelas permiten mirar directamente a hombres y mujeres que vivieron en el Marruecos de finales del siglo XIX.

Pintaba en Tánger y conquistaba Londres

Instalarse en Marruecos no significó desaparecer de los grandes circuitos artísticos europeos. Ocurrió prácticamente lo contrario. Tapiró convirtió Tánger en su base de trabajo y desde allí construyó una importante carrera internacional. Sus acuarelas circularon por Europa y fueron especialmente apreciadas en el mercado británico. Participó en grandes exposiciones internacionales, entre ellas la Exposición Universal de París de 1889 y la de Chicago de 1893, y viajaba a Europa para presentar y comercializar sus trabajos. El Prado recuerda también sus exposiciones en Barcelona, aunque sus regresos a España fueron cada vez más esporádicos.

Su caso resulta particularmente singular para la época. El centro de su carrera ya no estaba en Roma, Barcelona o Madrid. Estaba en Tánger. Desde una casa-estudio escondida entre las calles de la medina, producía acuarelas destinadas a coleccionistas situados a miles de kilómetros. Marruecos había dejado de ser el destino de un viaje artístico para convertirse en el lugar desde el que Tapiró se relacionaba con el mundo. Y allí permaneció.

Tánger hasta el final

Con los años, su salud comenzó a deteriorarse. Viajó a España y pasó una temporada en Madrid entre 1907 y 1908, pero volvió una vez más a Tánger. Allí murió el 4 de octubre de 1913, después de haber pasado más de tres décadas instalado en la ciudad.

Su muerte tuvo repercusión en la prensa tangerina. No desaparecía simplemente un pintor extranjero que había residido en Marruecos, sino una figura integrada desde hacía décadas en la vida de la ciudad.

Su estudio tampoco desapareció inmediatamente con él. Investigaciones posteriores sobre su legado muestran que su viuda, Maria Vallerega, mantuvo abierto aquel espacio y continuó enseñándolo a los visitantes. En la sala principal conservó una selección de acuarelas del pintor, prolongando durante años la memoria de Tapiró en el mismo lugar donde había trabajado.

Pero el tiempo terminó haciendo su trabajo. A comienzos del siglo XXI, cuando el historiador del arte Jordi À. Carbonell empezó a reconstruir en profundidad su trayectoria para la gran exposición que años después le dedicaría el MNAC, se encontró con una paradoja sorprendente. El pintor que había vivido casi cuarenta años en Tánger y cuyo taller había llegado a ser una referencia de la ciudad estaba prácticamente olvidado.

Encontrar aquel estudio se convirtió, según recuerda el propio investigador, en «una verdadera odisea». Para reconstruir su vida hubo que seguir pistas y localizar documentación dispersa entre Tánger, Tétouan, Reus, Barcelona, Madrid y Londres.

La investigación permitió recuperar poco a poco la verdadera dimensión de su obra. Y también comprender hasta qué punto Marruecos había sido esencial en ella.

Tapiró no fue simplemente otro integrante de aquella generación de artistas europeos fascinados por Oriente. Durante décadas observó la sociedad tangerina desde una proximidad que pocos de sus contemporáneos pudieron alcanzar. Hizo de la medina su lugar de trabajo, de sus habitantes los protagonistas de su pintura y de Tánger el centro desde el que construyó una carrera internacional.

Mariano Fortuny había sido su amigo, compañero de formación y compañero de viaje. Los dos encontraron en Marruecos una luz y unos temas que transformaron profundamente su pintura.

Pero Tapiró dio un paso más. Llegó como artista y acabó como vecino. Murió en Tánger en 1913, en la misma ciudad que había elegido décadas antes para pintar, vivir y quedarse.

Por Faiza Rhoul
El 16/08/2026 a las 11h00