Emilio Sanz de Soto, el espectador privilegiado del Tánger internacional

Emilio Sanz de Soto (abajo, a la izquierda), junto al artista y decorador Pepe Carleton, Truman Capote, Jane y Paul Bowles, en los jardines del extinto Hotel El Farhar de Tánger, en 1949.

El 28/06/2026 a las 11h00

Amigo de Paul Bowles, confidente de Carmen Laforet, compañero de tertulias de Tennessee Williams y testigo privilegiado de la transformación de Tánger durante la segunda mitad del siglo XX, Emilio Sanz de Soto ocupa un lugar singular en la historia cultural de la ciudad. Aunque nunca alcanzó la fama internacional de muchos de sus amigos ni escribió la gran novela que algunos esperaban de él, dedicó buena parte de su vida a preservar la memoria de un Tánger cosmopolita que desaparecía lentamente ante sus ojos. Su historia es también la de una ciudad que durante décadas atrajo a escritores, artistas y aventureros de todo el mundo.

«Soy un espectador privilegiado». Pocas frases resumen mejor la vida de Emilio Sanz de Soto. Escritor, crítico de arte, historiador del cine y figura imprescindible de la vida cultural tangerina, fue amigo de Paul y Jane Bowles, de Carmen Laforet, de Tennessee Williams, de Truman Capote y de muchos otros nombres que contribuyeron a convertir Tánger en uno de los grandes mitos culturales del siglo XX. Sin embargo, mientras los demás escribían novelas y memorias, él eligió observar. Y gracias a esa mirada privilegiada se convirtió en uno de los últimos guardianes de la memoria de una ciudad que ya no existe.

Pese a ello, nunca buscó ocupar el centro del escenario. Quizá por eso resulta tan fascinante. Porque mientras muchos de sus contemporáneos construyeron su leyenda a través de novelas, memorias o escándalos, Emilio Sanz de Soto eligió desempeñar un papel mucho más discreto: el de observador. Un observador atento, culto y extraordinariamente bien situado para comprender una época irrepetible.

Cuando Tánger era la capital de los encuentros improbables

Nacido en Málaga en 1924, Emilio Sanz de Soto llegó a Tánger siendo muy joven y acabó convirtiendo la ciudad en el eje de su vida. Durante décadas, el enclave marroquí fue mucho más que una dirección postal. Fue un laboratorio cultural donde convivían escritores estadounidenses, artistas europeos, diplomáticos, periodistas, aventureros y creadores marroquíes.

Aquella ciudad tenía poco que ver con los centros tradicionales de la cultura occidental. No era París, Londres ni Nueva York. Precisamente por eso atraía a quienes buscaban escapar de las convenciones. En Tánger, las fronteras parecían más flexibles. Los encuentros improbables eran cotidianos. Un escritor estadounidense podía compartir mesa con un aristócrata inglés, un periodista español y un narrador marroquí. Las conversaciones comenzaban en una lengua y terminaban en otra. Las tertulias se prolongaban hasta la madrugada y los cafés funcionaban como auténticas academias informales.

Emilio Sanz de Soto vivió todo aquello desde dentro. Y, a diferencia de muchos visitantes ilustres, decidió quedarse.

Paul Bowles, Jane Bowles y la ciudad que atraía a los inconformistas

Entre todas las amistades que marcaron su vida, ninguna fue tan importante como la que mantuvo con Paul y Jane Bowles.

Cuando el matrimonio estadounidense se instaló en Tánger, la ciudad comenzaba a consolidar su reputación como refugio de artistas y escritores. Emilio no tardó en integrarse en aquel círculo cosmopolita que acabaría alimentando buena parte del mito literario de la ciudad.

Con los años, se convertiría en uno de los mejores conocedores de los Bowles y de la comunidad artística que gravitaba a su alrededor. Sus recuerdos de aquella época ofrecen hoy un retrato excepcional de un mundo desaparecido. Recordando a Jane Bowles, por ejemplo, la describía como «una especie de fuegos artificiales continuos», una definición tan precisa como afectuosa de una de las figuras más enigmáticas de la literatura estadounidense.

Pero quizá la imagen más evocadora de aquellos años sea otra. Emilio recordaba las largas noches compartidas con escritores y artistas que parecían vivir al margen de cualquier disciplina. Sin embargo, al amanecer ocurría algo sorprendente. Mientras muchos imaginaban una existencia dominada por la bohemia y el exceso, él encontraba a sus amigos trabajando. Las máquinas de escribir resonaban en las habitaciones mientras Paul Bowles componía música al piano. Detrás del mito había trabajo. Y Emilio fue uno de los pocos que llegó a conocer ambas caras de la leyenda.

Carmen Laforet y la libertad de Tánger

La historia de Emilio Sanz de Soto se cruza también con la de Carmen Laforet, a quien acabamos de encontrar recorriendo las calles de Tánger a finales de los años cincuenta. La amistad entre ambos fue profunda y duradera. Emilio admiraba a la autora de Nada y entendía perfectamente lo que la ciudad representaba para ella: una forma de respirar lejos de la España franquista.

Una de las anécdotas más reveladoras ocurrió precisamente durante el homenaje organizado en su honor en 1959. Durante su intervención, Emilio elogió la importancia literaria de Laforet y el impacto que había tenido en toda una generación de lectores. Aquellas palabras provocaron la furiosa reacción de un periodista franquista presente en la sala, que abandonó el acto después de insultarlo públicamente.

La escena resume a la perfección lo que Tánger representaba entonces. Mientras la España de la época seguía marcada por la censura y el control ideológico, la ciudad marroquí conservaba espacios de libertad donde podían escucharse voces distintas. Emilio pertenecía a ese mundo.

El gran libro que nunca escribió

Existe una paradoja que atraviesa toda la vida de Emilio Sanz de Soto. Conoció a casi todos los protagonistas de una de las etapas más fascinantes de la historia cultural de Tánger. Conservó recuerdos, anécdotas y testimonios que hoy serían material suficiente para varias memorias extraordinarias. Sin embargo, nunca escribió el gran libro que muchos esperaban.

Amigos y admiradores insistieron durante años para que pusiera por escrito todo lo que había visto. Quienes tuvieron la suerte de escucharlo contar historias aseguraban que una simple conversación podía convertirse en una lección magistral sobre literatura, cine, arte o historia de Tánger. Pero Emilio parecía sentirse más cómodo en su papel de testigo que en el de protagonista. Y quizá ahí resida precisamente su singularidad. Porque en una época marcada por grandes egos y figuras legendarias, él eligió permanecer en segundo plano.

Cuando se recuerda hoy el Tánger cosmopolita del siglo XX suelen aparecer los nombres de Paul Bowles, Mohamed Chukri, Ángel Vázquez o Carmen Laforet. Todos ellos contribuyeron a construir el imaginario literario de la ciudad. Pero pocos observaron su evolución con tanta atención como Emilio Sanz de Soto. Vio llegar a escritores que acabarían siendo célebres. Vio cómo el estatuto internacional desaparecía y cómo Marruecos recuperaba plenamente su soberanía. Vio transformarse los cafés, las calles y los círculos culturales que habían dado fama a la ciudad. Y vio también cómo muchas de aquellas figuras abandonaban Tánger mientras otras permanecían.

Por eso su historia merece ser contada. No porque escribiera la novela más famosa ni porque protagonizara los grandes titulares de su tiempo, sino porque entendió algo que solo comprenden los mejores observadores: que las ciudades, igual que las personas, están hechas sobre todo de recuerdos. Y pocos hombres conservaron tantos recuerdos del Tánger del siglo XX como Emilio Sanz de Soto, el espectador privilegiado que vio desaparecer una de las ciudades más fascinantes del Mediterráneo.

Por Faiza Rhoul
El 28/06/2026 a las 11h00