Hay ciudades que sobreviven en los archivos. Otras sobreviven en las fotografías. El Tánger internacional, en cambio, sobrevivió sobre todo en una novela. Cuando Ángel Vázquez publicó La vida perra de Juanita Narboni en 1976, el mundo que describía ya estaba desapareciendo. Las familias europeas abandonaban lentamente la ciudad, las viejas tertulias cosmopolitas se apagaban y aquel extraño territorio suspendido entre Marruecos y Europa dejaba atrás décadas de convivencia caótica entre españoles, judíos sefardíes, franceses, británicos y marroquíes. Pero Vázquez había entendido algo antes que muchos otros escritores: Tánger no era solamente un decorado exótico frente al Mediterráneo. Era una forma de vida.
Nacido en Tánger en 1929, el escritor creció en plena época internacional de la ciudad, marcada por el estatuto especial que convirtió este enclave del norte marroquí en uno de los espacios más singulares del siglo XX. A diferencia de muchos autores extranjeros fascinados por la ciudad desde hoteles, cafés o estancias pasajeras, Vázquez escribía desde dentro. Conocía el habla popular de la medina, la mezcla de acentos, las tensiones sociales y la convivencia diaria entre comunidades que compartían calles, mercados y terrazas frente al Atlántico.
Y quiso conservar todo aquello en la literatura. «Si esta novela ha sido escrita en un castellano nada ortodoxo es porque [...] mi intención no ha sido otra que la de restituir [...] el lenguaje inmediato de unos muy concretos y característicos habitantes de la ciudad de Tánger», escribió el propio Vázquez en el prólogo de la novela.
Esa frase resume buena parte del proyecto literario de «La vida perra de Juanita Narboni».
La lengua viajera
Porque la gran protagonista del libro no es únicamente Juanita Narboni, esa mujer solitaria, irónica y atrapada en un mundo que se desmorona lentamente a su alrededor. La verdadera protagonista es la ciudad. Un Tánger mestizo donde convivían el español andaluz, la haketía sefardí, el francés y el árabe en una mezcla lingüística que Vázquez describía como profundamente auténtica. «Lengua viajera, lengua de emigrantes», escribió también el autor para describir ese castellano híbrido nacido del cruce entre pueblos y migraciones.
La novela funciona así como una especie de archivo sentimental del Tánger internacional. Sus cafés, sus carnavales, sus funerales, sus cines, sus terrazas y sus conversaciones aparecen atravesados constantemente por la sensación de que todo está a punto de desaparecer. Y, en realidad, eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
El Marruecos independiente avanzaba hacia una nueva etapa histórica y el viejo orden cosmopolita heredado del estatuto internacional comenzaba a diluirse. Muchos europeos abandonaron entonces la ciudad. Familias enteras partieron hacia España, Francia o América. Otras quedaron suspendidas entre dos mundos, incapaces de marcharse y también incapaces de reconocer completamente la nueva ciudad que emergía ante ellas. Esa fractura histórica atraviesa toda la novela.
Leer también : Mohamed Zafzaf y la literatura marroquí que España todavía no termina de descubrir
«Hoy la ciudad retorna a su pasado árabe y sería de incautos contradecir a la todopoderosa madre Historia», escribió Vázquez. La frase resulta clave porque muestra hasta qué punto el escritor evitó la nostalgia colonial simplista. Su mirada sobre Tánger está atravesada por la melancolía, pero también por la conciencia de que la historia avanzaba inevitablemente hacia otro lugar.
Mas allá de la nostalgia
Por eso La vida perra de Juanita Narboni sigue pareciendo hoy una obra extrañamente moderna. No idealiza el Tánger internacional ni lo convierte en una postal romántica. Muestra también sus prejuicios, sus jerarquías sociales y sus contradicciones coloniales. El propio personaje de Juanita Narboni oscila constantemente entre la nostalgia de un mundo desaparecido y la incapacidad de comprender plenamente el nuevo Marruecos que la rodea. Y quizá ahí reside precisamente la fuerza de la novela.
Mientras muchos escritores extranjeros transformaban Tánger en un mito exótico de espías, artistas malditos y aventureros occidentales, Vázquez quiso preservar algo mucho más íntimo, la verdad cotidiana de la ciudad. El tiempo terminó dándole la razón.
Aunque durante años el libro permaneció relativamente al margen de los grandes circuitos literarios españoles, terminó convirtiéndose en una obra de culto. La novela fue adaptada al cine en dos ocasiones y también llegó al teatro, ampliando todavía más la leyenda cultural de Juanita Narboni y del Tánger desaparecido que encarnaba.
Hoy, casi medio siglo después de su publicación, La vida perra de Juanita Narboni continúa siendo mucho más que una novela sobre Tánger. Es la memoria literaria de una ciudad que durante unas décadas creyó posible vivir entre varios mundos al mismo tiempo.
