La final del Mundial 2030 se ha convertido casi en una cuestión de vida o muerte en España. O más bien de honor, orgullo, prestigio nacional y de escudo que defender. Mientras el Gran Estadio Hassan II de Benslimane, futuro recinto de 115.000 espectadores y aspirante al título de estadio más grande del mundo, va tomando forma progresivamente, su ambición parece incomodar al otro lado del Estrecho. Para la opinión pública y mediática española, la final debería disputarse imperativamente en su territorio, ya sea en Madrid o en Barcelona, en el Santiago Bernabéu o en el Camp Nou.
Model of the Grand Hassan II Stadium in Benslimane.
El choque más trascendental del torneo irrumpe de lleno en el debate político. Prueba de ello es que, mientras España se dispone a investir próximamente a un nuevo presidente del Gobierno, las distintas formaciones políticas no dudan en integrar la Copa del Mundo 2030 en sus discusiones. El último en pronunciarse ha sido Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular (PP) y candidato a la jefatura del Ejecutivo, quien ha oficializado una postura taxativa: la final en España, o nada.
Sus palabras no dejan lugar a la ambigüedad. Para el dirigente popular, el choque decisivo debe jugarse «donde es justo, oportuno e indiscutible: en España». Su argumentación se cimenta en tres ejes. En primer lugar, sostiene que España ha demostrado sobradamente su capacidad para organizar grandes acontecimientos. Asimismo, recuerda que la candidatura marroquí se incorporó en una fase posterior a la propuesta conjunta: «Posteriormente se invitó a Marruecos». Por último, esgrime el estatus de España como campeona del mundo como un aval adicional en favor de su país.
Feijóo no se anda con rodeos: «España tiene que organizar la final del Mundial. Y si no la organiza, desde mi punto de vista, no debería participar en la organización del Mundial». Se trata de una declaración de notable alcance que conviene, no obstante, contextualizar: Marruecos, España y Portugal son los tres países anfitriones, pero ninguno de ellos decide de manera unilateral la sede del encuentro definitivo. Dicha facultad corresponde en exclusiva a la FIFA.
Las tres naciones firmaron acuerdos y defendieron un dossier conjunto para convertir esta edición en un hito histórico a caballo entre dos continentes, con la ambición de garantizar un éxito rotundo. Sin embargo, será la FIFA la que determine el escenario del duelo más esperado tras completar sus correspondientes visitas de inspección. El máximo organismo futbolístico se encuentra actualmente en España evaluando las infraestructuras y las sedes propuestas por los países organizadores, por lo que la última palabra será suya.
La toma de posición de Feijóo encuentra un claro eco en las tertulias televisivas españolas. A raíz de sus declaraciones, El Chiringuito, espacio caracterizado por sus encendidos debates deportivos, dedicó un segmento monográfico a la cuestión. Uno de sus contertulios, el periodista Juanma Rodríguez, recogió el guante de las manifestaciones del líder político para situar de igual modo la discusión en el terreno del honor, la restitución de la imagen y el orgullo nacional.
«Dentro de las cosas que tenemos que reconstruir está el orgullo nacional. Porque España es una gran nación, formada por gente fenomenal. Hemos hecho grandes cosas a lo largo de nuestra historia», afirmó de forma categórica. Una intervención que ilustra la magnitud alcanzada por el debate de la final en la agenda pública española. Quizá Juanma Rodríguez responda al arraigado deseo de ver a su país albergar el partido cumbre; o tal vez la perspectiva de que Marruecos y su ambicioso Gran Estadio Hassan II se adjudiquen la cita no resulte fácil de asimilar. En cualquier caso, el tono de las declaraciones no deja indiferente a nadie.
«Hay que elegir el honor», insistió el periodista antes de añadir: «Lo que me llama la atención es que hayamos tenido que esperar a que el candidato del Partido Popular (PP) a la presidencia del Gobierno se pronuncie con tanta claridad sobre algo que parece obvio: en un Mundial que organizamos nosotros, en el que participamos desde el origen, ¿de verdad se puede plantear que vayamos a jugar ese Mundial si la final se disputara en Marruecos?».
Detrás de la pugna por albergar la final del Mundial 2030, España no solo pone en juego una decisión organizativa, sino también su prestigio, su cuota de influencia y su propio orgullo nacional.









