El estudio de la Fundación Konrad-Adenauer subraya que el país ha sabido convertir sus limitaciones, como la ausencia de recursos fósiles, en una ventaja geopolítica, apoyándose en su posición geográfica, su estabilidad institucional y una estrategia basada en infraestructuras energéticas. Marruecos busca así integrarse en las cadenas de suministro europeas de energía descarbonizada, en un contexto marcado por la ruptura de los equilibrios energéticos tradicionales tras la guerra en Ucrania.
Uno de los principales activos del Reino reside en su potencial en energías renovables. El sur del país cuenta con niveles de radiación solar entre los más altos del mundo, mientras que zonas como Tánger o Tarfaya presentan condiciones óptimas para la energía eólica, lo que permite reducir los costes de producción eléctrica y del hidrógeno verde.
A ello se suma una base de infraestructuras poco común en África: interconexiones eléctricas con España, grandes puertos como Tánger Med y una red gasística reutilizada en sentido inverso para importar gas natural licuado desde Europa. Esta combinación convierte a Marruecos en un puente energético natural entre África y Europa.
Hidrógeno, gas y liderazgo regional
El informe destaca especialmente la ambición del Reino en el desarrollo del hidrógeno verde. A través de la iniciativa «Offre Maroc», el país moviliza cerca de 30.000 millones de dólares en proyectos que combinan energías renovables con producción de hidrógeno y amoníaco, en colaboración con socios internacionales.
En paralelo, Marruecos impulsa grandes proyectos como el gasoducto Nigeria-Marruecos, concebido como un corredor energético de más de 6.000 kilómetros que podría suministrar gas tanto a África como a Europa, reforzando su papel como nodo regional.
Sin embargo, el estudio advierte de importantes contradicciones. A pesar de sus ambiciones verdes, Marruecos sigue dependiendo fuertemente del carbón, que representaba más del 60% de su producción eléctrica en 2023.
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El país se ha comprometido a eliminar el carbón de aquí a 2040, pero este objetivo dependerá del ritmo de desarrollo de nuevas infraestructuras energéticas. Al mismo tiempo, la normativa europea, como el mecanismo de ajuste de carbono en frontera (CBAM), presiona al Reino para acelerar su descarbonización si quiere mantener su competitividad industrial en el mercado europeo.
El mayor interrogante gira en torno al hidrógeno verde, considerado uno de los pilares de la estrategia marroquí. El informe advierte de que su rentabilidad sigue siendo incierta, con una demanda aún limitada y costes que no han bajado al ritmo esperado.
En este contexto, existe el riesgo de que Marruecos invierta masivamente en infraestructuras cuya rentabilidad dependa de un mercado todavía inmaduro.
Pese a estos desafíos, el estudio concluye que Marruecos dispone de ventajas estructurales sólidas: su cercanía a Europa, su capacidad de atraer inversiones internacionales y su papel como plataforma de integración energética regional. La clave estará en la ejecución. Si logra cumplir sus objetivos, el Reino podría consolidarse como uno de los principales socios energéticos de Europa en la próxima década.
