Las sucesivas olas de calor que han golpeado España desde comienzos de junio habrían provocado 4.458 muertes hasta el pasado 19 de agosto, de acuerdo con las estimaciones del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), gestionado por el Instituto de Salud Carlos III.
La cifra supera ampliamente los 3.073 fallecimientos atribuidos a las altas temperaturas durante el mismo periodo de 2025 y los 1.890 registrados en 2024. El balance actual se sitúa a solo 62 muertes del alcanzado en 2022, cuando se estimaron 4.520 fallecimientos entre el 1 de junio y el 19 de agosto.
En términos porcentuales, la mortalidad atribuible al calor ha aumentado alrededor de un 45% respecto al verano pasado y se ha más que duplicado en comparación con 2024.
Las cifras de MoMo no representan un registro de personas cuyo certificado de defunción indique directamente el calor como causa de la muerte. El propio Instituto de Salud Carlos III precisa que se trata de una estimación estadística del exceso de mortalidad atribuible a las temperaturas elevadas.
El sistema compara las defunciones observadas cada día con las que cabría esperar a partir de las series históricas. Para realizar sus cálculos utiliza datos de mortalidad de los últimos diez años, las temperaturas registradas por la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) y la evolución de la población por edad, sexo y provincia.
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El elevado balance coincide con un verano especialmente extremo. Junio de 2026 fue el segundo más cálido y el tercero más seco registrado en España desde el comienzo de la serie histórica en 1961. La temperatura media peninsular alcanzó los 23,3 grados, 3,2 grados por encima del promedio del periodo 1991-2020.
Julio agravó todavía más la situación. Con una temperatura media de 25,7 grados, fue, empatado con julio de 2022, el mes más cálido registrado en España, no solo entre los meses de julio, sino entre todos los meses del año desde 1961.
También fue el julio más seco de toda la serie histórica. Las precipitaciones apenas alcanzaron el 26% de su valor habitual, unas condiciones que, combinadas con las temperaturas extremas y la sequedad de la vegetación, favorecieron la propagación de numerosos incendios forestales.
El balance vuelve a situar el impacto sanitario del calor en el centro del debate climático en España, donde los episodios con temperaturas superiores a los 40 grados son cada vez más frecuentes, intensos y prolongados.
