La respuesta reside, ante todo, en la fuerza de la imagen. Una frontera colonial es una línea en un mapa, pero también un dispositivo de poder: separa, administra y pretende fijar la pertenencia de un territorio. Al cruzarla colectivamente, los marchantes transformaron esa línea abstracta en un escenario político. El desierto, descrito y gobernado durante largo tiempo desde fuera, se convirtió en el lugar de una presencia visible. La multitud encarnó una reivindicación que hasta entonces la diplomacia expresaba mediante memorias, mapas y argumentos jurídicos.
Ahí reside el interés de la Marcha Verde para una lectura poscolonial. Los relatos de la descolonización suelen privilegiar la lucha armada y las figuras del guerrillero o del revolucionario. Sin embargo, el poder anticolonial también puede ejercerse mediante la ocupación simbólica del espacio, la disciplina colectiva y la capacidad de hacer imposible que una reivindicación pase inadvertida. Los marchantes no llevaban armas; su número, su desplazamiento y los símbolos que enarbolaban constituían el lenguaje político del acontecimiento. La movilización convirtió la presencia popular en argumento.
Esa presencia tenía una gramática simbólica precisa. La bandera marroquí inscribía el movimiento en una historia nacional; el Corán le otorgaba una dimensión espiritual y moral. En una sociedad donde lo religioso, lo político y lo nacional no siempre pueden separarse según las categorías europeas, esos símbolos no eran un simple decorado. Expresaban una concepción propia de la comunidad y de la liberación. La Marcha invita así a la teoría poscolonial a mirar más allá de los modelos secularistas o marxistas que durante mucho tiempo dominaron el estudio de las resistencias anticoloniales.
«La Marcha reunió movilización popular y estrategia de Estado. Contribuyó a proyectar una imagen de unidad nacional, al tiempo que reforzaba la legitimidad del soberano como artífice de la reunificación.»
— Lahcen Haddad
El acontecimiento fue organizado por la monarquía y convocado por Hassan II. No fue una insurrección espontánea ni un movimiento sin dirección política. Esta realidad no reduce su magnitud; ayuda a comprender su forma. La Marcha reunió movilización popular y estrategia de Estado. Contribuyó a proyectar una imagen de unidad nacional, al tiempo que reforzaba la legitimidad del soberano como artífice de la reunificación. Como ha mostrado la historiadora Marguerite Rollinde, la Marcha se convirtió en un símbolo fundacional del nacionalismo monárquico marroquí. El análisis poscolonial gana profundidad cuando examina conjuntamente la participación popular, la puesta en escena política y la construcción de la memoria.
La precisión histórica es indispensable. La propia Marcha fue una movilización civil desarmada y de una magnitud extraordinaria. El 14 de noviembre, España, Marruecos y Mauritania firmaron en Madrid una declaración que organizaba el fin de la presencia española. Los avances diplomáticos que siguieron fueron uno de los resultados positivos de la Marcha, que había transformado profundamente el contexto político.
También conviene recordar que el relato nacional marroquí se apoya en la opinión consultiva de la Corte Internacional de Justicia. En su dictamen del 16 de octubre de 1975, la Corte señaló la existencia de vínculos de lealtad entre el sultán de Marruecos y los tribus del territorio. Este reconocimiento constituye un hito en la historia de la descolonización e ilumina el fundamento histórico de la reivindicación marroquí.
La dimensión épica de la Marcha reside en una forma de poder político pocas veces representada en los relatos clásicos: la de civiles que avanzan juntos y convierten su presencia en un acontecimiento mundial. Sigue siendo un momento central del imaginario anticolonial marroquí y una experiencia singular de movilización sin armas. Recuerda que, en una lucha de descolonización, el territorio no es solo una superficie que conquistar: es también un espacio que nombrar, habitar e inscribir en una memoria colectiva.
