Tras las elecciones legislativas del 23 de septiembre de 2026, cuyos resultados provisionales fueron oficializados por el Ministerio del Interior, el panorama político marroquí se prepara para experimentar un cambio importante.
Con una participación del 38 %, claramente inferior al 50,88 % de 2021 y al 42,27 % de 2016, los comicios confirmaron una recomposición del equilibrio de fuerzas en la Cámara de Representantes. Aunque cerca de seis millones de los 15,8 millones de electores inscritos acudieron a las urnas, la verdadera sacudida reside en el rechazo al balance de la mayoría saliente y en el regreso de actores que parecían relegados a un segundo plano.
Para la Agrupación Nacional de Independientes (RNI) y su líder, Aziz Akhannouch, el 23 de septiembre de 2026 quedará marcado como el día de la gran sanción electoral. El partido terminó segundo con 66 escaños, a una distancia considerable de la formación ganadora. La caída resulta vertiginosa si se compara con los 102 diputados obtenidos en su triunfo de 2021.
El fracaso es aún más doloroso porque la maquinaria electoral del RNI se puso en marcha desde el comienzo de la campaña, combinando una actividad sobre el terreno sin precedentes con una presencia agresiva en internet. Convencida de sus posibilidades, la dirección del partido confiaba en renovar a sus élites.
Sin embargo, el desastroso balance del quinquenio 2021-2026 terminó pesando en las urnas: una inflación desbocada, un desempleo superior al 13 %, grandes proyectos sociales atrapados en la tecnocracia y profundas dificultades en sectores como la sanidad y la educación.
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Dentro de la coalición gubernamental saliente, el PAM constituye la excepción. Con un avance notable, la formación conquista el primer puesto con 97 escaños, frente a los 87 obtenidos en 2021. Impulsado por una estrategia sobre el terreno cuidadosamente diseñada y por un Fouzi Lekjaa especialmente activo, el partido logró distanciarse de los errores de sus socios de Gobierno.
El otro pilar de la mayoría, el Partido del Istiqlal, paga en cambio el elevado precio de una campaña discreta y sin relieve. Aunque limita las pérdidas al conseguir 65 escaños, frente a los 81 de 2021, la «marea electoral» que esperaba su dirección nunca llegó. El resultado confirma el agotamiento de una vieja guardia incapaz de renovarse.
La otra gran enseñanza de estas elecciones es el espectacular regreso del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD). Tras el terremoto electoral de 2021, cuando quedó reducido a 13 escaños después de haber dirigido el Ejecutivo, el partido islamista resurge bajo el liderazgo de su carismático tribuno, Abdelilah Benkirane.
Con una meritoria cuarta posición y 54 escaños, el PJD se beneficia de la caída del RNI y, sobre todo, del apoyo decidido del Movimiento Unicidad y Reforma (MUR), su brazo ideológico, que le había faltado cinco años antes. Con este capital político, el partido se garantiza un papel influyente, ya sea dentro de una nueva coalición o, más probablemente, como principal fuerza de una oposición combativa.
En el otro extremo, la gran perdedora de la izquierda institucional es la Unión Socialista de Fuerzas Populares (USFP). El partido de Driss Lachgar paga su ambiguo posicionamiento como apéndice aplicado de la mayoría saliente y del RNI, y cae hasta los 26 escaños, frente a los 34 de 2021. Su gestión anacrónica y su negativa persistente a emprender una renovación política han terminado por marginarlo.
Una participación real del 22,5 %
El retroceso de la USFP beneficia a otras fuerzas progresistas. El Partido del Progreso y el Socialismo (PPS) resiste razonablemente con 19 escaños, frente a los 22 de 2021.
La verdadera sorpresa positiva procede, sin embargo, de la Alianza de la Izquierda, que logra un avance histórico con ocho diputados, frente al único escaño que obtuvieron sus componentes por separado en 2021. Con una campaña limpia, moderna, muy viral y conectada con las aspiraciones juveniles, la Alianza demuestra que es posible otra forma de hacer política.
El panorama político marroquí se dispone a pasar una página decisiva, pero el problema es mucho más profundo. Detrás de la recomposición, una cifra resuena como una señal de alarma. Con una participación de apenas el 38,02 %, oficializada posteriormente en el 38,08 %, los comicios confirman un rechazo generalizado y una abstención abismal, frente al 50,88 % de 2021 y el 42,27 % de 2016.
Este nivel de participación, el más bajo en cerca de veinte años, refleja una realidad implacable: la enorme abstención muestra el escaso crédito que los marroquíes conceden a la política.
De acuerdo con las cifras oficiales, cerca de seis millones de los 15,8 millones de electores inscritos acudieron a las urnas. Pero si el cálculo se realiza sobre una población adulta con derecho a voto estimada en 26,7 millones de personas, la participación real cae hasta aproximadamente el 22,5 %.
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El análisis sociológico resulta alarmante. El electorado sufre una profunda fractura generacional. Los jóvenes de entre 18 y 24 años representan apenas el 4 % de los inscritos. Si se amplía la franja hasta los 34 años, el porcentaje apenas llega al 19 %, pese a que las personas de entre 15 y 30 años constituyen un tercio de la población marroquí.
En el extremo opuesto, los mayores de 60 años representan más del 29 % de los inscritos, una muestra del enorme desinterés de los jóvenes por las urnas.
Esta apatía quedó especialmente patente en los grandes centros urbanos y económicos. La región de Casablanca-Settat, por ejemplo, registró una participación de apenas el 34,60 %.
Este alejamiento urbano contrasta con el mundo rural, donde tradicionalmente se vota en mayor proporción, a menudo por consideraciones tribales o intereses inmediatos y personales, lo que oculta la profunda ausencia de un verdadero debate programático.
La monarquía como último recurso
Este abismo cívico es consecuencia directa de la actuación o, mejor dicho, de la inacción del Gobierno saliente. La propia campaña electoral resultó profundamente inquietante y poco movilizadora. Lejos de ofrecer perspectivas de futuro alentadoras, los únicos asuntos que monopolizaron el espacio público fueron los escándalos y los fracasos del Ejecutivo saliente.
La conclusión es clara: los partidos, los cargos electos y el aparato gubernamental en su conjunto ya no son percibidos como fuerzas capaces de impulsar un cambio real.
Este profundo vacío de credibilidad política refuerza una constante estructural de la vida institucional marroquí. Ante cualquier dificultad, los ciudadanos vuelven la mirada hacia la monarquía y el rey Mohammed VI.
Frente a unos partidos percibidos como oportunistas, desconectados de la realidad socioeconómica y atrapados en sus disputas internas, los marroquíes depositan en el Soberano sus legítimas aspiraciones de reflexión, acción y soluciones concretas para sus problemas cotidianos.
Las elecciones del 23 de septiembre de 2026 redibujan el mapa del hemiciclo con el avance del PAM, la resistencia del Istiqlal con 65 escaños, el regreso triunfal del PJD de Benkirane, la caída de la USFP hasta los 26 diputados y el buen resultado de la Alianza de la Izquierda con ocho.
Pero también envían un mensaje inequívoco a las élites. La democracia marroquí consigue renovar sus instituciones con calma, aunque avanza sobre una sola pierna. Sin una recuperación urgente de la confianza ciudadana y una rendición de cuentas rigurosa, las urnas continuarán sonando vacías.
