En el marco de su teoría conocida como el "dulce comercio" (doux commerce), Montesquieu sostiene que el comercio tiende a civilizar a los individuos y las naciones, haciendo menos probable que recurran a comportamientos irracionales y violentos como la guerra. En su obra clásica Del espíritu de las leyes (1748), argumentó que el efecto natural del comercio es conducir a la paz, lo que significa que el intercambio económico crea una dependencia mutua entre las naciones y suaviza las costumbres, eliminando los prejuicios destructivos.
Esta idea parece resonar, aunque desde una perspectiva histórica distinta, en la reflexión que Zakia Daoud propone en su libro Marruecos-Francia: Mentiras y prejuicios. Su análisis, de tono a la vez retórico y casi filosófico, invita a interrogarse sobre la naturaleza profunda de las relaciones entre Marruecos y Francia a lo largo de la historia, y muy particularmente sobre la lección que cabe extraer de esta notable continuidad histórica, en la que el pasado parece iluminar constantemente el presente. En definitiva, afortunada o desafortunadamente, no seguirá siendo la economía más fuerte que el amor-odio?
Entre pasiones políticas e intereses económicos
La periodista y escritora franco-marroquí, observa que, a pesar de siglos de altibajos -fascinación y rechazo, atracción y resentimiento– de una relación ambivalente llena de pasiones contradictorias, la relación nunca se ha roto del todo. Siempre ha prevalecido un vínculo práctico y material. La pregunta de Zakia Daoud apunta a que el “amor-odio” representa las emociones, los prejuicios, las heridas coloniales, los orgullos nacionales, las crisis diplomáticas, las desconfianzas y los sentimientos ambivalentes que caracterizan la relación franco-marroquí. La economía representa los intereses concretos, el comercio, las inversiones, las migraciones, la cooperación práctica y las ventajas mutuas materiales.
Leer también : Una «cooperación reforzada» entre Rabat y París: Gérald Darmanin agradece a Marruecos tras la detención de 16 sospechosos
Cuando pregunta si “la economía sigue siendo más fuerte que el amor-odio”, está interrogándose (y nos interroga) sobre qué es lo que realmente sostiene y explica la continuidad de esa relación a lo largo del tiempo. Es más poderoso el cálculo de intereses económicos y estratégicos que los sentimientos, los rencores históricos o las pasiones políticas?
La economía parece prevalecer, afortunadamente, porque los intereses materiales permiten superar las crisis y mantener la relación, desafortunadamente, porque eso podría significar que los lazos más profundos (culturales, afectivos, históricos) son secundarios frente al pragmatismo económico. La pregunta no es una simple duda, es una constatación crítica. Zakia Daoud sugiere en su libro que, en la larga duración de las relaciones franco-marroquíes, el realismo económico y el interés mutuo han terminado imponiéndose siempre sobre las pasiones y los prejuicios.
Comercio paz y confianza política
Si, como sostenía Montesquieu, el comercio puede contribuir a suavizar las relaciones entre los pueblos y a hacer menos probable el recurso a la confrontación, ello no significa que los intercambios económicos puedan desarrollarse al margen de toda confianza. El comercio puede acercar a los Estados, crear intereses compartidos y hacer más costosa la ruptura, pero, para consolidarse y proyectarse en el tiempo, necesita un mínimo de previsibilidad y de seguridad en las intenciones del otro. En este sentido, el intercambio económico no solo puede ser un instrumento de pacificación, también puede convertirse en un indicador y, al mismo tiempo, en un producto de la confianza política.
La confianza política, especialmente en las relaciones internacionales, se basa en una dimensión intersubjetiva, que designa la convicción compartida de que la otra parte actuará de buena fe y de manera fiable, benévola o al menos no perjudicial, incluso en la incertidumbre, más concretamente, de que el socio no actuará en contra de nuestros intereses, aunque tenga la posibilidad de hacerlo. Entre Francia y Marruecos, tras años de tensiones, esta confianza ha sido efectivamente restaurada gracias a gestos políticos fuertes (el claro apoyo francés al plan de autonomía para el Sáhara bajo soberanía marroquí, la visita de Estado de Emmanuel Macron en 2024). Las declaraciones recientes que saludan una «excelente cooperación bilateral» y «una asociación de excepción» traducen esta dimensión intersubjetiva: ya no se habla únicamente de intereses, sino de una amistad renovada y de una confianza operativa.
La multiplicación de acuerdos firmados el 16 de julio de 2026 en Rabat, ilustra a la vez el retorno de una confianza política recuperada entre París y Rabat y una necesidad estratégica clara para Francia en un contexto fuertemente marcado por una refundación acelerada del orden geopolítico mundial. Estas dos dimensiones son indisociables y se refuerzan mutuamente, en la medida en que la confianza facilita el cálculo racional de los intereses. Esto significa que, sin la restauración de la confianza política, los acuerdos estratégicos permanecerían limitados o frágiles (riesgo de retención de información, desconfianza en el ámbito de la inteligencia, vacilaciones sobre las inversiones sensibles). La confianza permite «saltos cualitativos» que conciernen al intercambio de información sensible, a proyectos industriales integrados o a compromisos estratégicos a largo plazo.
Los resultados estratégicos refuerzan la confianza, en la medida en que los éxitos operativos comunes y los beneficios económicos validan la fiabilidad del otro. Cada victoria concreta alimenta el sentimiento subjetivo de una asociación duradera.
La confianza no se opone al realismo; es el lubricante indispensable que permite que el cálculo racional produzca efectos profundos y duraderos. Es lo que distingue esta relación de otras asociaciones más transaccionales. Esta dinámica debería continuar con la perspectiva de la visita de Estado de Su Majestad el Rey Mohamed VI a Francia y la finalización del tratado, consolidando un eje estable en un entorno geopolítico volátil. En definitiva, las firmas de Rabat consagran así una confianza política recuperada que permite hoy asumir plenamente una necesidad estratégica compartida. Es el signo de una relación bilateral madura, capaz de superar las crisis para afrontar mejor los desafíos comunes.
Simple reajuste diplomático o verdadero reposicionamiento estratégico?
El cambio de dinámica observado en la política francesa hacia Marruecos parece ir mucho más allá de un simple reajuste diplomático tras años de tensiones. Refleja una evolución estratégica profunda. Marruecos se impone hoy como un socio ineludible para Francia en sus tres espacios prioritarios: el Mediterráneo, África y el Sahel. Esta toma de conciencia responde a una recomposición geopolítica acelerada en la que París debe repensar sus alianzas para preservar su influencia y su seguridad.
Marruecos, por su estabilidad institucional, su control eficaz de las fronteras y su cooperación en materia de seguridad ejemplar (lucha antiterrorista, narcotráfico, inmigración irregular), se convierte en un pilar de estabilidad. Los éxitos operativos recientes destacados durante la 15.ª Reunión de Alto Nivel ilustran una confianza operativa recuperada y profundizada. El Reino Jerifiano ya no es, por tanto, un simple socio bilateral, sino un multiplicador de influencia que permite a Francia seguir siendo competitiva sin aparecer como una potencia neocolonial. Los acuerdos económicos firmados en Rabat (industria, energía, defensa) se inscriben directamente en esta lógica.
Leer también : Marruecos-Francia: «La Asociación de Excepción entra en su fase de plena aplicación»
Se trata, por tanto, de un reposicionamiento que no es únicamente reactivo (tras la crisis). Es proactivo y estructural. Francia integra a Marruecos como un elemento central de su estrategia ampliada, mediterránea y africana. El tratado bilateral en preparación y la densidad de la delegación francesa en Rabat el 16 de julio de 2026 son sus manifestaciones concretas. Marruecos ya no es, pues, un socio más entre otros: se convierte, a ojos de París, en un actor indispensable para navegar en un entorno internacional más competitivo e incierto. Esta nueva etapa se basa en una convergencia de intereses maduros, que debería traducirse en una cooperación aún más estrecha en los años venideros.
Mensajes estratégicos más allá de textos firmados
Al mostrar un acercamiento tan fuerte con Marruecos, Francia busca enviar varios mensajes estratégicos y simbólicos fuertes a sus distintos socios europeos, africanos y mediterráneos. A los socios europeos les transmite un mensaje de liderazgo, pragmatismo y modelo a seguir, proponiendo una cooperación «ganar-ganar» y «de igual a igual» que contrasta con los debates a menudo ideológicos o burocráticos en el seno de la UE. A los socios africanos, el mensaje se centra en una nueva manera de relacionarse con África: asociaciones respetuosas de la soberanía y fundadas en intereses mutuos concretos, y no en posturas poscoloniales o moralizadoras. Al apoyar claramente la posición marroquí sobre el Sáhara, Francia señala que adapta su diplomacia a las realidades regionales y que elige a sus socios en función de su estabilidad, su fiabilidad y su visión de futuro, más que de una neutralidad de fachada. Por último, a los actores mediterráneos les envía un mensaje de estabilidad, seguridad y alianzas pragmáticas.
En conjunto, Francia comunica que asume una diplomacia de potencia flexible y selectiva en un mundo multipolar. Ya no apuesta únicamente por marcos multilaterales frágiles, sino que invierte en relaciones bilaterales densas con «hubs» regionales como Marruecos. Al exhibir con fuerza este acercamiento (delegación ministerial masiva, perspectiva de un tratado histórico, visita Real), París transforma una reconciliación bilateral en una señal geopolítica, está de vuelta en el juego con una visión clara, pragmática y orientada a la acción, una visión en la que Marruecos no es solo un amigo recuperado, sino más bien una palanca estratégica central de la política exterior francesa.
