La Constitución marroquí consagra claramente el principio de igualdad entre hombres y mujeres y compromete al Estado a trabajar para alcanzar la paridad. Pero entre el texto y la realidad todavía queda un largo camino por recorrer.
¿Puede una mujer dedicarse a la política en las mismas condiciones que un hombre?
La política exige tiempo, desplazamientos, reuniones hasta tarde, encuentros, cenas y campañas electorales. También implica una gran disponibilidad y organización en torno a los hijos. ¿Aceptará el marido estas actividades?
No se trata de considerar la maternidad o la vida familiar como obstáculos naturales para la participación política. El problema está en la organización social y en la persistencia de un reparto desigual de las responsabilidades dentro de las parejas.
A las mujeres ya les cuesta conciliar trabajo y familia. ¿Cómo añadir a esa carga un compromiso político exigente?
La política todavía da miedo
También existe una barrera cultural. La política sigue percibiéndose como un mundo de hombres, de relaciones de poder y de confrontación.
Una mujer que decide entrar en este ámbito transgrede determinadas expectativas sociales. Puede escuchar preguntas como «¿Quién va a cuidar de tus hijos?» o «¿Vas a viajar sola?»…
La política da miedo. Estar politizada se percibe como una forma de exposición e incluso de puesta en peligro. Las mujeres serían demasiado frágiles para dedicarse a ella.
Hay que combatir este estereotipo. Una mujer comprometida con la vida pública no renuncia ni a su familia ni a su papel de madre. Está ejerciendo un derecho ciudadano.
Existe otra barrera: la financiación. El coste de una campaña no se mide únicamente en dinero, sino también en tiempo, visibilidad, capacidad para movilizar apoyos y acceso a los círculos donde se toman las decisiones. Una candidata puede contar con las competencias necesarias, pero carecer de apoyos, notoriedad o redes de contactos que no se construyen en vísperas de unas elecciones, sino a lo largo de los años, a menudo en espacios dominados por hombres, donde las mujeres siguen siendo minoría.
«Los partidos políticos tienen una responsabilidad considerable. Deben atraer a las mujeres, formarlas, acompañarlas y darles responsabilidades. También deben abrir espacio a los jóvenes, tanto hombres como mujeres.»
— Soumaya Naamane Guessous
Los partidos deberían precisamente contribuir a corregir esta desigualdad. Pero ¿lo hacen siempre?
Colocar a una mujer en una lista no es suficiente.
Este es probablemente uno de los principales problemas.
Una mujer puede ser militante, competente y estar comprometida desde hace años. Pero a la hora de elaborar las listas, puede quedar relegada a los últimos puestos. Una posición que le deja pocas posibilidades de resultar elegida.
Los partidos políticos tienen una responsabilidad considerable. Deben atraer a las mujeres, formarlas, acompañarlas y darles responsabilidades. También deben abrir espacio a los jóvenes, tanto hombres como mujeres. Demasiadas formaciones siguen dirigidas por responsables que llevan demasiado tiempo al frente.
Hoy, las mujeres no están ausentes de la competición electoral. En total, representan el 36,47% de todas las candidaturas registradas.
Más aún. 121 listas locales están encabezadas por mujeres. La cuestión, por tanto, no es únicamente la voluntad de las mujeres de participar, sino también su acceso real a puestos con posibilidades de elección y a la competición electoral en general.
¿Y las electoras? Si las mujeres votaran a mujeres, estaríamos cerca de la paridad, ya que representan el 46% de los electores inscritos, frente al 54% de los hombres.
Con demasiada frecuencia se espera hasta la víspera de las elecciones para lamentar la escasa representación femenina. Pero una ciudadana comprometida no se forma en unas pocas semanas.
El proceso comienza mucho antes de las elecciones, en la escuela, en las asociaciones, en los partidos y en los medios de comunicación.
Nuestro sistema educativo debe formar no solo a titulados, sino también a ciudadanos capaces de comprender las instituciones y participar en la vida pública. Resulta preocupante comprobar que muchos ciudadanos, incluidos aquellos con estudios superiores, conocen mal la diferencia entre las elecciones legislativas, comunales y regionales. La educación para la ciudadanía también debería permitir a las jóvenes imaginarse ocupando puestos de responsabilidad. Una adolescente debe poder imaginar que mañana será alcaldesa, parlamentaria, ministra o dirigente de un partido…
Los medios de comunicación también tienen un papel que desempeñar. Hay que dejar de presentar a las mujeres políticas en función de su apariencia, su vida familiar o su estado civil y preguntarles, ante todo, por sus ideas y sus competencias.
La infrarrepresentación de las mujeres, además, no es únicamente un problema de los países en desarrollo.
En 2026, las mujeres representan aproximadamente el 64% de la cámara baja de Ruanda, más del 50% en México y Bolivia, y cerca del 46% en Islandia. En Estados Unidos, apenas representan alrededor del 29% de la Cámara de Representantes.
Estas cifras muestran que la representación femenina no depende únicamente del nivel de desarrollo de un país. También depende de las reglas electorales, de la voluntad política, de los partidos, de la educación y de la evolución de las mentalidades.
La paridad se construye
No existe una fórmula mágica. Las cuotas son necesarias cuando persisten las desigualdades, pero por sí solas no bastan.
Hay que preparar a las mujeres mucho antes de las elecciones mediante la educación cívica, la formación, la participación asociativa, la capacidad de expresarse en público y el acceso progresivo a puestos de responsabilidad.
Y, sobre todo, los partidos deben estar dispuestos a darles un espacio real.
La paridad es una exigencia democrática. No consiste únicamente en abrir la puerta, sino en permitir que las mujeres entren, permanezcan, decidan y ejerzan plenamente su poder.
