Hay varias lecturas de lo ocurrido la noche del viernes al sábado ante el Consejo de Seguridad de la ONU. La mía es la siguiente:
- En primer lugar, este veto no cambia nada frente a los once votos favorables al proyecto estadounidense, lo que pone de manifiesto el aislamiento diplomático de Argelia.
- En segundo lugar, con este veto, Rusia no ha hecho más que agradecer a un «cliente» que, después de haber tenido «malos modales» con ella, regresó cabizbajo a la casa del amo.
En los últimos años, Argelia, como una especie de barco diplomático sin timón, había olvidado que en política internacional hay que saber elegir a los amigos y, sobre todo, no jugar a dos bandas con ellos. Rusia le hizo entender esta regla elemental a Argelia, que, tragándose el orgullo, volvió a la alianza rusa y, al hacerlo, abandonó y traicionó a sus «amigos» del Sahel, en particular a los tuareg. Ahora bien, el precio de esa traición se pagó «al contado» con el veto ruso del viernes 30 de octubre de 2026 ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
Cabe recordar que, un año antes, ante la misma cuestión, el 31 de octubre de 2025, Rusia se había abstenido y había dejado así a su aliado histórico argelino completamente aislado. ¿Qué ocurrió para que Moscú cambiara por completo el sentido de su voto? Para responder a esta pregunta hay que remontarse en el tiempo.
Hay que tener en cuenta que la entrada en escena de Rusia en el Sahel alteró por completo el juego regional de Argelia. Tradicionalmente, este consistía en prestar un apoyo más o menos intenso y más o menos directo, según el momento, a los movimientos tuareg, lo que generaba tensiones con los regímenes del sur que se oponían al separatismo. Sin embargo, por falta de perspectiva y al no advertir que el contexto había cambiado, Argelia quedó atrapada en las «dinámicas» sahelianas que ya no controla. Además, Argel no entendió que, en el marco de la redefinición del gran juego mediterráneo-sahariano-saheliano que Moscú intenta impulsar, el acercamiento entre Mali y Argelia —sus dos aliados enfrentados— era un requisito previo. El problema era que Argelia no había visto que, al mantener su política saheliana, chocaba de frente con la de su aliado histórico ruso, que además es su proveedor militar casi exclusivo. Rusia apoya, en efecto, a las juntas gobernantes del sur frente a las rebeliones del norte, mientras que Argelia respaldaba precisamente a esas mismas rebeliones.
El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, hizo entonces entender a Argel que había llegado la hora de «volver al redil». La «persuasión» se produjo en dos etapas:
- Al rechazar la entrada de Argelia en los BRICS. Serguéi Lavrov fue entonces muy claro al subrayar que la «convergencia de puntos de vista» era un criterio de pertenencia y que Rusia daba prioridad a los Estados que compartían una «visión común del orden internacional».
- El 31 de octubre de 2025, durante la votación de la resolución 2797 del Consejo de Seguridad sobre la cuestión del Sáhara llamado «Occidental», Rusia se abstuvo. Al no ejercer su derecho de veto, dejó a Argelia frente a su soledad diplomática.
Tras comprender bien esta doble advertencia, Argelia abandonó a los tuareg antes de acudir en ayuda militar del régimen de Níger. Trato hecho, Rusia se lo agradeció utilizando esta vez su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora, Argelia, que fue a «Canossa», ya no tiene más autonomía diplomática regional que la que Rusia le imponga o le permita. Sin embargo, Serguéi Lavrov, el ministro ruso de Exteriores y artífice del viraje argelino, conoce demasiado bien las realidades regionales como para confundir la cuestión del Sahel con la del Sáhara llamado «Occidental», cuya resolución mediante el plan de autonomía marroquí cuenta con un amplio respaldo internacional. Rusia no tiene interés en abrir un frente diplomático sobre este asunto, pero se enfrenta a un problema de envergadura: encontrar la manera de que Argelia pueda salvar la cara.
