La fotografía oficial del 29 de septiembre de 2026 muestra claramente que el desafío no consiste simplemente en mostrar a una mujer convirtiéndose en jefa de gobierno, sino en mostrar cómo un hecho histórico puede ser estéticamente y simbólicamente domesticado por los códigos de la continuidad institucional. El nombramiento es histórico por su contenido; la imagen lo es también por el trabajo de representación que realiza sobre ese acontecimiento.
Inscribir el cambio en la continuidad
Puede considerarse razonablemente que la publicación, por parte de la agencia de prensa oficial MAP, de esta fotografía del Rey Mohamed VI y de la jefa de gobierno recién nombrada, se inscribe en una estrategia de comunicación visual a la vez establecida y cuidadosamente controlada. Tal afirmación exige, no obstante, una distinción esencial: si bien puede demostrarse la existencia de una verdadera gramática visual del poder institucional, hecha de códigos, encuadres y formas de representación recurrentes, resultaría más delicado pretender conocer la intención precisa que presidió la elección de esta fotografía particular.
Una intención de ese tipo no puede establecerse con certeza sin disponer de los elementos que guiaron la elección editorial de la MAP. Es posible, en cambio, captar su lógica a partir de las prácticas de representación en las que esta imagen se inscribe. La MAP no produce aquí una imagen aislada. Se inscribe en una práctica antigua y regular de representación fotográfica del poder Real, especialmente con ocasión de las audiencias, los nombramientos y los actos solemnes de la vida institucional. Es precisamente esta recurrencia la que permite hablar, no de una intención puntual necesariamente demostrable, sino de una verdadera gramática visual del poder, de la que esta fotografía constituye una nueva ocurrencia.
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La fotografía aparece así como uno de los elementos de un dispositivo de visibilidad del poder ya constituido, no se limita a registrar la escena, sino que la inscribe en una tradición visual, reproduce sus códigos y, simultáneamente, les da una actualización a la medida del acontecimiento representado. Tampoco es un simple acompañamiento de la información, la MAP acompaña desde hace tiempo los anuncios de nombramientos reales con fotografías que muestran al Rey con las personalidades concernidas. Existe, por tanto, una pericia visual del poder: el texto anuncia, la fotografía autentifica y da una forma visible al acto. Pero la fotografía del 29 de septiembre de 2026 posee una particularidad considerable, interviene en un acontecimiento que es en sí mismo inédito. No se trata, pues, simplemente de la repetición de una fotografía de nombramiento. Es una forma visual conocida aplicada a una situación históricamente nueva.
Es precisamente ahí donde la fotografía se vuelve interesante. El texto del comunicado transmitido por la MAP anunciando el nombramiento de Fatima Ezzahra El Mansouri no habría bastado para establecer el hecho. La imagen añade algo que el texto no puede producir, muestra a la primera mujer que accede a esta función en el mismo espacio simbólico que quienes la han precedido. Inscribe, por tanto, la excepción en la continuidad.
Se trata casi de una forma de domesticación visual de la novedad, entendida aquí en sentido analítico como una puesta en orden y una normalización de lo inédito. La novedad sigue siendo, sin embargo, considerable, por primera vez, una mujer es llamada a formar el gobierno. Pero lejos de buscar traducir esta ruptura histórica mediante una ruptura estética, la escena la inscribe en los códigos familiares del protocolo real: sobriedad de la composición, dominio de las distancias, contención de los gestos y legibilidad de la jerarquía institucional. La novedad no es, pues, ni borrada ni espectacularizada; es integrada, con mesura, en una representación visual de la continuidad del poder. La imagen realiza así tres operaciones simultáneas:
- La autentificación. La fotografía da un rostro y un cuerpo a la decisión. Transforma una información institucional en acontecimiento visible.
- La inscripción. La nueva jefa de gobierno es inmediatamente inscrita en el marco simbólico de la institución monárquica. La novedad no aparece, por tanto, fuera de contexto, es representada en el interior de una continuidad institucional.
- La normalización. Es probablemente la dimensión más interesante. La fotografía hace visible algo históricamente inédito sin necesidad de dramatizarlo visualmente. Dicho de otro modo, la imagen puede hacer aparecer a la primera mujer jefa de gobierno como una novedad lo suficientemente importante para ser mostrada, pero lo suficientemente integrada para ser representada según los códigos ordinarios del poder.
La publicación por la MAP de la fotografía de la audiencia Real no constituye, pues, un simple acompañamiento visual del anuncio del nombramiento. Se inscribe en una gramática fotográfica institucional ya establecida, en la que los actos de nombramiento y las ceremonias oficiales se dan a ver regularmente a través de imágenes del Rey rodeado de las personalidades recién investidas. La fotografía contribuye así a autentificar y materializar el acontecimiento, transforma la información en escena.
Pero, en el caso presente, esta gramática visual ordinaria se aplica a un acontecimiento que no lo es. Por primera vez, una mujer en el Reino Jerifiano es llamada a formar el gobierno. La imagen no se limita, pues, a mostrar un nombramiento, da una forma visible a una novedad histórica. Ahora bien, esta novedad no se representa en el modo de la ruptura. Es inscrita en un marco protocolario, sobrio y profundamente institucional. La fotografía hace así coexistir dos dimensiones que podrían parecer contradictorias: lo inédito de la persona nombrada y la continuidad del marco en el que este nombramiento es consagrado.
Es en esto en lo que la imagen añade algo al hecho. El texto informa de que una mujer ha sido nombrada, la imagen muestra cómo esta novedad entra en la representación oficial del poder. No documenta, por tanto, solamente un acto político, participa en su puesta en escena simbólica. La novedad se hace visible, pero lo es con mesura, se señala sin ser teatralizada, se consagra sin ser presentada como una ruptura. La fotografía parece así inscribir el cambio en la continuidad más que oponer lo nuevo a lo antiguo.
Ser y parecer entre protocolo y comunicación
Conviene, sin embargo, no confundir los dos momentos (ser – parecer) que se suceden en este proceso, a saber, la fabricación protocolaria de la escena y su representación mediática como imagen. No se trata de dos realidades separadas, sino de dos niveles de construcción del mismo acontecimiento.
En el primer nivel, el del ser, el protocolo configura la escena. Antes incluso de que la fotografía exista, hay una escena que es instituida por las normas protocolarias. El protocolo de la Casa Real no se limita a organizar materialmente un encuentro, determina las condiciones en las que este debe desarrollarse. Lugar, disposición de los cuerpos, distancia, postura, saludo, vestimenta, gestos, orden de entrada y de salida, presencia o ausencia de ciertos signos, todo ello constituye una gramática del acontecimiento.
El protocolo produce, pues, una primera representación, pero una representación que pertenece todavía al ser institucional, he aquí cómo una persona recién nombrada entra en su relación oficial con Su Majestad el Rey y con la institución monárquica. Dicho de otro modo, antes de ser fotografiada, la escena está ya codificada. El protocolo no dice solamente cómo hay que comportarse, dice implícitamente qué relación institucional debe hacerse visible. En este sentido, el protocolo es una tecnología de puesta en orden del poder. Distribuye los lugares, regula las distancias e inscribe a los individuos en una jerarquía y una continuidad institucionales.
En el segundo nivel, relativo al parecer, la comunicación selecciona la escena. Pero esta escena, tal como fue efectivamente vivida, no es todavía la imagen pública del acontecimiento. Interviene entonces un segundo operador, la comunicación institucional, aquí el departamento de medios y de comunicación del Gabinete Real. La escena Real es potencialmente mucho más rica que lo que mostrará la fotografía. Existe una infinidad de puntos de vista posibles, de momentos posibles, de encuadres posibles. El fotógrafo podría mostrar más el decorado, más a los protagonistas, una inclinación, un besamanos, una postura, una mirada, una distancia, etc.
La imagen resulta, pues, de una selección. La comunicación opera un segundo trabajo de configuración, elige lo que será retenido de lo real, lo que será mostrado y, por consiguiente, lo que será memorizado. La fotografía no es solamente un registro del presente, transforma un momento fugaz en huella durable y reproducible.
El protocolo Real configura la escena que tiene lugar, la comunicación, por su parte, configura la escena que permanecerá. «Ser» y «parecer» no deben, por tanto, ser aprehendidos como dos realidades opuestas. El parecer mediático no crea necesariamente una realidad distinta: determina más bien la forma bajo la cual una realidad institucional se vuelve pública, visible y memorable. Se trata así de captar el ser como una escena previamente configurada por la institución, para que pueda luego acceder al parecer bajo la forma de una escena seleccionada, encuadrada y puesta en visibilidad por la comunicación.
Los dos parámetros protocolario y comunicacional se convierten así en dos «gramáticas» sucesivas del poder. La primera es una gramática corporal y espacial: quién se sitúa dónde? a qué distancia? en qué postura? según qué orden? con qué gestos? La segunda es una gramática visual y mediática: qué momento elegir? qué ángulo? qué encuadre? qué distancia fotográfica? qué parte del decorado conservar? qué imagen difundir? Así, el protocolo organiza el poder en el espacio, la comunicación configura el poder en la mirada.
Dos operaciones que se complementan sin confundirse. La primera organiza la escena del ser institucional, la segunda organiza las condiciones de su parecer público. Entre ambas se establece menos una oposición entre realidad y apariencia que un proceso de traducción, lo que es primero instituido y vivido según los códigos del poder es luego seleccionado, encuadrado y dado a ver según los códigos de la comunicación.
Esta distinción adquiere un alcance particular cuando la escena acoge una novedad histórica, el nombramiento, por primera vez, de una mujer a la cabeza del gobierno. El protocolo debe integrar esta novedad en una gramática institucional preexistente, la comunicación debe luego hacerla visible sin romper necesariamente con esa gramática. La imagen se convierte entonces en el lugar donde se negocia visualmente la relación entre novedad y continuidad, da a ver el cambio, pero en las formas reconocidas del poder. El paso del ser al parecer no es, pues, un simple paso de la escena a su fotografía. Es el paso del acontecimiento a su representación, de la presencia a la visibilidad y, finalmente, de la escena vivida a la escena llamada a permanecer. El protocolo organiza lo que ocurre, la comunicación contribuye a determinar lo que permanecerá de lo que ha ocurrido.
No hace falta recordar que, en Maquiavelo, el parecer constituye una de las condiciones de la conservación del poder. El protocolo ritualiza sus formas, ordena las posiciones, codifica los gestos y dispone los espacios a través de los cuales la autoridad da a ver su orden, su jerarquía y su continuidad. Con la comunicación moderna, y más particularmente la visual, este parecer cambia, sin embargo, de escala y de naturaleza, se vuelve mediatizado, reproducible y accesible mucho más allá del círculo de los testigos presentes. La escena del Rey Mohamed VI nombrando a la primera mujer a la cabeza del gobierno marroquí, ya no se da solamente a ver a quienes asisten a ella, es también seleccionada, encuadrada y ampliamente difundida, transformando un acto institucional en una representación pública inteligente y controlada del poder.
